Esa noche, Aldrick seguía en el despacho revisando documentos cuando alguien abrió la puerta sin tocar.
Avery.
O al menos parecía Avery.
Entró con tranquilidad sosteniendo el teléfono en la mano.
—Ya te transferí el dinero de la biblioteca.
Aldrick levantó lentamente la mirada.
—¿Qué?
Ella se dejó caer sobre el sofá como si nada.
—Los daños. El estante. Todo eso.
Él tomó el teléfono al escuchar la notificación bancaria y efectivamente, la transferencia ya estaba hecha, completa, ridículamente alta.
Leonard, sentado cerca revisando unos planos, soltó una pequeña risa incrédula.
—Dios mío. La adolescente millonaria volvió a atacar.
Avery rodó los ojos.
—No soy millonaria.
Leonard levantó lentamente una ceja.
—Ashbourne, acabas de transferir una cantidad absurda como si compraras café.
Ella simplemente se encogió de hombros y Aldrick volvió a recordar algo importante: Avery seguía teniendo dinero propio, mucho dinero, aunque desde que vivía con él casi no lo utilizaba, seguía creciendo solo, inversiones, fondos, novimientos financieros impecables.
Astrid. Definitivamente Astrid.
Aldrick dejó lentamente el teléfono sobre el escritorio.
—No necesitabas pagar eso.
—Sí necesitaba.
—Puedo manejarlo.
Avery soltó una pequeña risa seca.
—Lo sé. Te encanta resolver todo con dinero y amenazas legales.
Leonard volvió a reír bajito. Demasiado entretenido viendo discutir a esos dos. Aldrick ignoró el comentario.
—Aun así no debiste hacer la transferencia.
Ella cruzó los brazos recargándose más en el sofá.
—Consideralo mi parte de responsabilidad social.
—Eso no cambia que actuaste como una salvaje.
Avery levantó inmediatamente la mirada.
—Ese estudiante era un débil.
Leonard dejó lentamente los planos sobre la mesa. Porque sí, eso definitivamente sonaba como Avery o quizá Astrid. Con ellas ya era imposible saberlo rápido.
—¿Débil? —repitió Aldrick.
—Casi llora porque le cayó un estante encima.
—Avery.
Ella soltó una pequeña risa incrédula.
—Castell, yo sobreviví a un accidente automovilístico desangrándome en plena carretera y aun así seguí insultándote.
El ambiente se congeló apenas, porque los tres recordaban perfectamente aquel día, la sangre, el auto destruido, la manera aterradora en que Avery seguía riéndose mientras se estaba muriendo.
Leonard desvió lentamente la mirada, incluso él sabía esa historia, seguía sonando perturbadora.
Avery apoyó distraídamente la cabeza contra el sofá.
—Así que perdóname si no me impresiona alguien que necesita asistencia psicológica porque le cayó una repisa encima.
Aldrick la observó fijamente, porque detrás del sarcasmo había algo más, algo mucho más oscuro, normalización. Avery hablaba de su propio accidente como si hubiera sido algo menor, como si casi morir fuera irrelevante y eso no era normal.
—No deberías comparar heridas así —dijo él finalmente.
Ella levantó apenas una ceja.
—¿Por qué no?
—Porque sobrevivir no significa que no te destruyó.
La frase golpeó raro, muy raro. Avery dejó de sonreír apenas un segundo, sólo uno.
Ella desvió rápidamente la mirada antes de volver a recuperar esa arrogancia habitual.
—Qué profundo te pusiste de repente Castell.
Pero esa vez… la burla sonó un poco menos segura.