La Mentira Más Hermosa

72. Demasiado tiempo

Aldrick regresó a la mansión la tarde siguiente completamente agotado. La reunión fuera de la ciudad había sido eterno, lo único que quería era silencio.

Pero apenas entró a la casa notó algo extraño, demasiado orden, demasiada calma.

Nadie corriendo detrás de Avery.
Ningún empleado aterrorizado.
Ningún grito desde el segundo piso.

Silencio absoluto, eso ya era sospechoso.

—¿Dónde está Avery? —preguntó dejando las llaves sobre la mesa.

Una empleada dudó apenas.

—Ha estado… tranquila, señor.

Aldrick frunció levemente el ceño, tranquila nunca era una palabra normal relacionada con Avery.

Subió las escaleras inmediatamente y la encontró en el despacho, sentada elegantemente en uno de los sillones mientras leía uno de sus libros como si perteneciera ahí.

Astrid.

Él lo supo apenas levantó la mirada.

—Volviste —dijo ella cerrando el libro lentamente.

La voz.
La postura.
La calma inquietante.

Sí.

Definitivamente Astrid.

Y honestamente ya no le sorprendía reconocerlas tan rápido.

Aldrick aflojó ligeramente la corbata mientras la observaba.

—¿Dónde está Avery?

Astrid sostuvo su mirada unos segundos antes de responder:

—Descansando.

Algo en la respuesta le desagradó.

—¿Y Avie?

—También.

Silencio. Aldrick avanzó lentamente dentro del despacho.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

La sonrisa de Astrid fue apenas perceptible.

—¿Te preocupa?

—Te hice una pregunta.

Ella apoyó tranquilamente el brazo sobre el sillón.

—Desde ayer.

Eso hizo que Aldrick levantara inmediatamente la mirada hacia ella, porque no era normal, incluso él comenzaba a entenderlo, los cambios entre ellas eran frecuentes, inestables, pero Astrid llevaba demasiado tiempo al frente y eso no le gustó en absoluto.

—Eso es mucho tiempo.

Astrid desvió apenas la mirada hacia la ventana.

—Sí.

—¿Qué pasó?

Silencio, muy breve, pero suficiente para que Aldrick entendiera algo inmediatamente, algo había ocurrido mientras él no estaba y Astrid estaba evitando responder.

—Astrid.

Ella volvió a mirarlo y por primera vez desde que la conocía… parecía cansada de verdad, no elegante, no provocadora, sólo cansada.

—Victoria vino ayer.

La mandíbula de Aldrick se tensó inmediatamente.

—¿Qué hizo?

Astrid soltó una pequeña risa seca, pero no tenía humor.

—Lo que las mujeres heridas suelen hacer.

—Intentó destruir algo.

Aldrick sintió inmediatamente una presión incómoda en el pecho.

—¿Qué le dijo a Avery?

Astrid lo observó unos segundos antes de responder:

—Que la mantienes aquí por culpa.

El ambiente se congeló. Aldrick pasó lentamente una mano por su rostro.

—¿Y Avery le creyó?

Astrid no respondió enseguida y eso fue peor.

—Astrid.

Ella sostuvo su mirada fijamente.

—Avery quería creer que tú te quedaste porque le importaba a alguien.

La frase golpeó brutalmente, directo, sin defensa posible. Astrid bajó apenas la mirada esta vez.

—Y ahora cree que todo fue una mentira.

Silencio, pesado, asfixiante, Aldrick sintió algo hundirse lentamente dentro de él, porque de todas las cosas que podían romper a Avery… esa probablemente era la peor.

Astrid volvió a reclinarse lentamente en el sillón, pero ahora parecía más fría que tranquila.

—Así que sí —murmuró suavemente—. Llevo aquí demasiado tiempo.

Y por la manera en que lo dijo… Aldrick entendió algo aterrador: Astrid estaba sosteniendo los pedazos de Avery para que no terminara de romperse por completo.




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