La Mentira Más Hermosa

75. Avie

La mansión llevaba días sintiéndose vacía, no silenciosa, vacía, como si algo importante hubiera desaparecido de entre las paredes y nadie quisiera mencionarlo directamente.

Aldrick ya empezaba a odiar ese sentimiento.

Esa tarde encontró a una de ellas sentada en el invernadero pequeño del lado oeste de la casa, con las piernas dobladas sobre el sillón y un libro abierto sobre el regazo. Levantó la mirada apenas él entró y sonrió pequeñito.

—Hola.

Dios. Incluso después de todo… ella seguía saludándolo como si él no hubiera roto nada.

Aldrick se quedó observándola unos segundos antes de acercarse, ya podía diferenciarlas.

La suavidad de sus movimientos.
La manera tranquila de sostener el libro.
La expresión tímida.

No era Avery, mucho menos Astrid.

Pero esa vez… ella habló antes.

Cerró lentamente el libro contra su pecho y bajó apenas la mirada.

—Soy Avie.

La frase fue pequeña, simple, pero hizo que algo extraño se tensara dentro de Aldrick, porque era la primera vez que una de ellas se presentaba realmente ante él.

No como Avery, no escondiéndose detrás del mismo nombre.

Avie levantó apenas la mirada otra vez.

—Creo que… ya era justo decirlo.

La manera tímida en que sonrió después le revolvió algo incómodo dentro del pecho, como si finalmente ella también dejara de esconderse frente a él.

Aldrick tomó asiento frente a ella.

—¿Qué haces aquí sola?

Ella bajó apenas la mirada hacia el libro.

—Es tranquilo.

La luz de la tarde atravesaba los ventanales iluminando suavemente el lugar, demasiado tranquilo, demasiado diferente a lo que normalmente era Avery o Astrid.

Avie jugueteó distraídamente con la manga del suéter antes de preguntar bajito:

—¿Sigues molesto?

La pregunta tomó a Aldrick desprevenido.

—¿Contigo?

Ella asintió apenas, como si genuinamente creyera que podía odiarla.

Aldrick soltó lentamente el aire.

—No estoy molesto contigo, Avie.

Ella pareció relajarse un poco con eso, pero sólo un poco, porque algo seguía triste en sus ojos, muy triste.

Aldrick la observó unos segundos antes de finalmente preguntar:

—¿Cómo está Avery?

El silencio volvió inmediatamente. Avie bajó la mirada hacia sus manos, eso ya era mala señal.

—Está cansada…

La respuesta salió tan bajita que casi se perdió entre el ruido suave del viento afuera.

—¿Por mi culpa?

Avie levantó inmediatamente la mirada hacia él, sorprendida, como si no esperara escuchar algo así de Aldrick Castell.
Ella dudó apenas antes de responder:

—Avery ya estaba triste desde antes.

La frase golpeó extraño, porque sí, él lo sabía, Avery llevaba demasiado tiempo rota antes de llegar a esa casa, pero aun así…

—Victoria empeoró todo.

Avie abrazó un poco más el libro contra su pecho.

—Ella creyó que finalmente alguien se había quedado por ella.

Aldrick sintió inmediatamente esa presión incómoda otra vez dentro del pecho.

Avie desvió la mirada hacia el jardín.

—Avery siempre piensa que la gente terminará cansándose de ella.

Pequeña pausa.

—Y cuando empieza a confiar… se asusta mucho.

La manera suave en que hablaba hacía que todo doliera peor, porque Avie no sonaba acusadora, sólo honesta.

Aldrick apoyó lentamente los brazos sobre las rodillas.

—No sé cómo arreglar esto.

Avie lo observó en silencio unos segundos y entonces preguntó algo que lo dejó completamente quieto:

—¿De verdad quieres hacerlo?

Él levantó lentamente la mirada hacia ella. Avie sostuvo su mirada tímidamente.

—Porque Avery cree que sólo la soportas por obligación.

Maldita sea, otra vez eso. Aldrick cerró lentamente los ojos un segundo antes de responder:

—No la soporto por obligación.

Avie lo observó atentamente, como si intentara decidir si creerle, Aldrick ya no quería seguir escondiéndolo tampoco.

—Ella me importa.

La frase salió baja, simple, pero completamente real.

Avie abrió ligeramente los ojos y por primera vez en días… sonrió de verdad, pequeñito, suave, como si esa respuesta fuera algo que llevaba mucho tiempo esperando escuchar.

—Entonces díselo cuando vuelva.




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