La lluvia golpeaba suavemente los ventanales del despacho mientras Aldrick revisaba documentos por tercera vez sin realmente prestar atención, porque Astrid estaba ahí otra vez, sentada sobre el borde del escritorio como si perteneciera al lugar, como si perteneciera a él.
—Te distraes demasiado fácil últimamente —murmuró ella jugando distraídamente con el vaso de whisky de Aldrick.
Él levantó apenas la mirada. Astrid llevaba uno de los vestidos negros ajustados de ella, no de Avery. Cabello perfectamente acomodado. Piernas cruzadas lentamente. Provocándolo a propósito y ambos lo sabían.
—¿No tienes otra cosa que hacer? —preguntó él secamente.
Astrid sonrió apenas.
—Podría preguntarte lo mismo.
Ella bajó lentamente del escritorio acercándose hasta quedar frente a él. Demasiado cerca.
—Aunque honestamente… —murmuró suavemente— empiezas a disfrutar que sea yo la que esté aquí.
Aldrick sostuvo su mirada sin moverse. Astrid alzó una mano acomodándole apenas el cuello de camisa.
Lento.
Deliberado.
—Astrid.
—¿Sí?
—No hagas eso.
Ella sonrió apenas más.
—¿Por qué? Antes no te molestaba.
Porque antes no entendía nada, porque antes podía fingir que todas eran Avery, ahora no, ahora sabía distinguirlas y eso cambiaba todo.
Astrid notó inmediatamente el cambio en su expresión.
—Ah… —susurró divertida— finalmente entendiste el problema.
Aldrick sujetó suavemente su muñeca apartándola de él, no brusco, pero firme.
—No voy a confundirte con Avery.
La sonrisa de Astrid desapareció apenas, muy poquito.
—¿Confundirme?
—Sé quién eres.
Ella sostuvo su mirada varios segundos y después soltó una pequeña risa seca.
—Qué decepción.
—Astrid.
—¿Qué? —Se alejó apenas cruzándose de brazos—. ¿Se supone que debo sentirme especial porque finalmente aprendiste nuestros nombres?
Aldrick se levantó lentamente de la silla.
—No juegues conmigo.
Astrid inclinó apenas la cabeza observándolo, demasiado tranquila.
—¿Y si quiero hacerlo?
Ella se acercó otra vez, más despacio esta vez.
—Avery te besaría llorando.
La frase golpeó raro.
—Avie se sonrojaría si la miras demasiado tiempo.
Otra pausa.
—Pero yo sí sé exactamente cómo volverte loco.
Aldrick sostuvo su mirada fijamente y maldita sea, ella tenía razón. Astrid era peligrosa precisamente porque entendía demasiado bien a las personas.
A él especialmente.
—No eres tú a quien estoy esperando.
Silencio absoluto. Eso sí logró atravesar la calma de Astrid, muy leve, pero él lo vio. Ella soltó una pequeña risa amarga desviando apenas la mirada.
—Claro.
Después volvió a mirarlo y esta vez su voz sonó más fría, más cruel.
—Esa chica es tan frágil que termina alejando a todos.
Aldrick frunció inmediatamente el ceño.
—No hables así de ella.
Astrid ignoró completamente la advertencia.
—Llora por cualquier cosa, se aferra demasiado rápido, cree cualquier mínima muestra de cariño.
Cada palabra sonaba peor, más personal, como si intentara convencerse a sí misma de algo.
—Por eso nadie la quiere realmente.
Aldrick la observó unos segundos y entonces habló más bajo:
—Tú tampoco crees eso.
Astrid se quedó quieta.
—Astrid… llevas tres semanas sosteniendo todo porque Avery está rota.
La mandíbula de ella se tensó apenas.
—Eso no significa...
—Significa que te importa.
Silencio, incómodo. Astrid apartó la mirada inmediatamente. Aldrick se acercó lentamente.
—Dile algo de mi parte cuando la veas.
Astrid soltó una pequeña risa seca.
—¿Y qué exactamente?
Él guardó silencio apenas un segundo antes de responder:
—Que vuelva.
Pequeña pausa.
—La extraño.
Astrid cerró lentamente los ojos, como si esa frase hubiera dolido más de lo esperado y cuando volvió a abrirlos… la arrogancia ya no estaba tan firme.
—Qué mala idea encariñarse contigo, Aldrick.
Pero esa vez… ya no sonó como burla.