La Mentira Más Hermosa

79. Volviste

Después de esa noche, la ausencia volvió a sentirse demasiado grande, Aldrick comenzaba a odiar eso.

Odiaba depender del sonido de unos pasos en el pasillo.
Odiaba mirar automáticamente hacia la puerta esperando verla entrar gritando alguna estupidez.
Odiaba que la mansión se sintiera incompleta sin ella.

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Tres días más pasaron así.

Avie apareció sólo unos minutos para desayunar con Leonard antes de desaparecer otra vez.

Avery… seguía sin aparecer.

Aldrick ya empezaba a desesperarse realmente.

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Esa noche terminó entrando otra vez a la habitación de ella, oscura, silenciosa, vacía aparentemente, pero sabía que ella seguía ahí, tenía que estarlo.

Se sentó lentamente al borde de la cama soltando el aire cansadamente.

—Esto ya no es gracioso pequeño huracán.

Silencio. Ni una respuesta. Aldrick pasó lentamente una mano por su rostro. Nunca había tenido que luchar por mantener a alguien cerca. La gente normalmente:

* lo necesitaba,
* lo obedecía,
* o terminaba alejándose sola.

Pero Avery… Avery era distinta, porque incluso rota seguía haciendo que él fuera quien la buscara.

—No sé cómo traerte de vuelta.

La confesión salió bajita, honesta, demasiado honesta para alguien como Aldrick Castell.

Miró el espacio vacío sobre la almohada varios segundos antes de continuar:

—Pero tampoco pienso dejarte desaparecer así.

Después de unos segundos más, algo se movió apenas del otro lado de la cama, muy leve.
Aldrick levantó inmediatamente la mirada y ahí estaba ella, hecha bolita contra la pared entre las sombras, cubierta por la manta como si hubiera intentado esconderse completamente.

Avery.

Sus ojos estaban rojos y claramente había estado despierta todo el tiempo.

El pecho de Aldrick se tensó inmediatamente.

—¿Cuánto llevas ahí?

Ella no respondió, sólo lo observó en silencio.

Pequeña.

Agotada.

Como si emocionalmente estuviera demasiado cansada incluso para pelear. Eso dolía muchísimo más que sus gritos.

Aldrick se movió lentamente hacia ella, con cuidado, como si acercarse demasiado rápido pudiera hacerla huir otra vez.

—Pequeña…

La manera suave en que lo dijo hizo que Avery desviara apenas la mirada, sus ojos volvieron a humedecerse inmediatamente.

—No me digas así.

La voz le salió rota y Aldrick sintió algo hundirse dentro del pecho.

—¿Por qué?

Ella soltó una pequeña risa temblorosa.

—Porque haces parecer que sí te importo.

Aldrick la observó unos segundos, después levantó lentamente una mano hacia su rostro. Esta vez Avery no se apartó, ni siquiera cuando él acarició suavemente su mejilla.

—Avery… claro que me importas.

Ella cerró inmediatamente los ojos, como si escuchar eso doliera.

—No digas cosas que no sientes.

—Las siento.

—No.

Las lágrimas comenzaron a caer otra vez, silenciosas, agotadas.

—Sólo te sientes culpable.

Victoria otra vez, maldita Victoria.

Aldrick sostuvo suavemente su rostro obligándola a mirarlo.

—Escúchame bien.

Avery respiró temblorosamente.

—Si todo esto fuera culpa… me habría ido hace mucho tiempo.

Silencio.

—Tú me vuelves loco diariamente, destruyes mi paciencia y conviertes mi casa en un desastre.

Una pequeña pausa y después, más bajo:

—Y aun así sigo aquí.

Las lágrimas de Avery siguieron cayendo mientras lo observaba, porque parte de ella quería creerle desesperadamente, pero también tenía miedo, muchísimo miedo.

Aldrick apoyó lentamente su frente contra la de ella.

—No vuelvas a irte pequeño huracán.

Y esa vez… Avery finalmente se quebró entre sus brazos.




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