Seguían abrazados. Lo más extraño era que ya no se sentía raro.
Avery estaba medio recostada sobre el pecho de Aldrick, todavía con los ojos algo hinchados por llorar, mientras él le acariciaba distraídamente la espalda.
Silencio, tranquilo, peligrosamente cómodo.
Avery jamás había sido buena con el silencio, siempre necesitaba ruido, movimiento, caos, pero con él… no. Con él podía quedarse quieta sin sentir que el mundo iba a tragársela, eso era nuevo y Aaterrador.
—Castell…
—Hm.
Ella dudó unos segundos. Algo raro en Avery.
—Creo que… ya sabía.
Aldrick bajó la mirada hacia ella.
—¿Qué cosa?
Avery jugueteó lentamente con los dedos de él antes de responder:
—Que viven más personas dentro de mí.
El pecho de Aldrick se tensó apenas, pero no la interrumpió.
—Sólo… nunca quise pensarlo demasiado.
Su voz sonaba extrañamente pequeña ahora. Muy distinta a la chica que amenazaba personas y destruía autos meses atrás.
—¿Cuántas? —preguntó finalmente.
Aldrick respiró lento.
—No estoy completamente seguro.
Ella levantó apenas la cabeza para mirarlo y por primera vez… no parecía aterrada, parecía cansada, como alguien que llevaba años sospechando una verdad horrible.
—Explícame.
Silencio corto. Luego Aldrick acomodó un mechón rubio detrás de su oreja antes de hablar:
—La primera que conocí fuiste tú.
—Qué honor.
—Avery.
Ella suspiró.
—Perdón. Continúa.
Él sostuvo su mirada unos segundos más.
—Luego apareció la otra.
—¿Astrid?
Aldrick se sorprendió apenas.
—Así que sí sabes de ella.
Avery soltó una risa pequeña.
—A veces encuentro su nombre escrito.
Eso hizo que algo incómodo atravesara el pecho de Aldrick, porque ella lo decía con demasiada normalidad, como si estuviera acostumbrada a vivir perseguida por sí misma.
—Astrid es distinta —dijo él finalmente—. Mucho más fría.
Avery hizo una mueca.
—Sí. Ella me odia.
—No creo que te odie.
—Créeme. Lo hace.
Silencio otra vez.
—¿Y la tercera? —preguntó Avery más bajito.
Aldrick dudó, porque esa era la parte complicada, la parte que más le preocupaba.
—Avie.
Avery cerró lentamente los ojos.
—La niña…
Él asintió apenas. Ella empezó a entender cosas, se notó inmediatamente en su expresión, como piezas cayendo finalmente en su lugar.
—Por eso… —susurró—. Por eso a veces despierto hablando idiomas que no recuerdo haber aprendido.
Aldrick asintió.
—Astrid habla francés y japonés perfectamente.
Avery soltó una pequeña risa incrédula.
—Y yo apenas pasé aleman avanzado.
—También explica por qué tus cosas cambian de lugar.
Ella se quedó completamente quieta.
—No era yo.
—No siempre.
Avery empezó a respirar un poco más rápido.
—Las notas…
—Astrid.
—Los peluches que aparecen en mi cama…
Aldrick dudó apenas.
—Avie.
Avery se cubrió lentamente el rostro con una mano, abrumada.
—Dios…
Aldrick la abrazó un poco más cerca inmediatamente.
—Ey. Mírame.
Ella negó apenas.
—No estoy loca.
La frase salió rota, temblorosa y Aldrick sintió el corazón destrozársele un poco.
—No —dijo firmemente—. No estás loca.
Avery finalmente levantó la mirada, sus ojos estaban otra vez llenándose de lágrimas.
—Entonces ¿qué soy?
Aldrick sostuvo suavemente su rostro entre las manos y respondió con una calma que casi hizo que ella volviera a romperse:
—Alguien que sobrevivió de la única manera que pudo.