La habitación volvió a quedar en silencio.
Avery seguía entre los brazos de Aldrick, pero ahora parecía distinta, más quieta, como si algo dentro de ella acabara de romperse… o acomodarse. No estaba segura cuál de las dos.
~Alguien que sobrevivió de la única manera que pudo~
La frase seguía repitiéndose en su cabeza. Sobrevivió, no loca, no defectuosa. Sobrevivió. Eso daba más miedo, porque significaba que algo sí tuvo que destruirla primero.
Avery bajó lentamente la mirada hacia las manos de ambos entrelazadas.
—Creo que sé cuándo empezó.
Aldrick no habló, sólo siguió acariciándole lentamente los nudillos esperando.
Avery tomó un respiro.
—Cuando era niña… mi mamá odiaba que llorara.
Su voz salió extrañamente vacía, como si estuviera contando la historia de alguien más.
—Decía que las niñas bonitas no lloraban porque se veían horribles.
Aldrick sintió la mandíbula tensarse, Avery soltó una pequeña risa sin humor.
—Entonces aprendí a esconderme para hacerlo.
—Mi papá casi nunca estaba, pero cuando aparecía… todo tenía que ser perfecto.
La mirada de Avery se perdió en algún punto de la habitación, muy lejos de ahí.
—La ropa, la postura, las notas, la sonrisa.
Aldrick ya podía imaginarlo. Una niña pequeña creciendo dentro de una casa impecable y fría como un museo.
—Una vez derramé jugo sobre una alfombra carísima —continuó ella— y mi mamá dejó de hablarme dos semanas completas.
Él cerró los ojos apenas un segundo... dos semanas, por un accidente de una niña.
—¿Cuántos años tenías?
—Cuatro.
Aldrick quería golpear algo.
Avery se acomodó más cerca de él inconscientemente mientras seguía hablando.
—Después de eso empecé a inventar juegos.
—¿Qué tipo de juegos?
Ella sonrió apenas, triste.
—Fingía que había otra niña viviendo conmigo. Una que hacía las cosas mal en mi lugar.
Aldrick dejó de respirar por un segundo, porque ahí estaba, el inicio.
—Cuando rompía algo… no había sido yo.
Su voz empezó a quebrarse apenas.
—Cuando lloraba… tampoco era yo.
Aldrick la abrazó más fuerte.
—Avery…
—Y cuando me asustaba… imaginaba otra versión de mí que no tenía miedo de nada.
Silencio.
Ahora él entendía perfectamente a Astrid.
La frialdad.
La arrogancia.
La violencia emocional.
No había nacido de la nada, había nacido para proteger a una niña aterrada.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente otra vez por las mejillas de Avery.
—Creo que seguí haciéndolo tanto tiempo… que un día dejaron de sentirse imaginarias.
Aldrick sintió algo romperse dentro de él, porque ella lo decía como si acabara de descubrir el origen de su propio desastre.
—Había días donde despertaba y sentía que algo faltaba —susurró—. O que alguien había estado usando mi cuerpo mientras yo dormía.
Su respiración empezó a temblar.
—Pensé que me estaba volviendo loca.
—No.
—Pero había ropa que no recordaba comprar… conversaciones que no recordaba… incluso gente que decía conocerme y yo no sabía quiénes eran…
Aldrick sostuvo suavemente su rostro obligándola a mirarlo.
—Ey.
Ella respiró temblorosamente.
—No fue tu culpa.
Y entonces Avery dijo algo tan pequeño… que casi dolió escucharla:
—Creo que nadie me quiso lo suficiente cuando era niña.