La Mentira Más Hermosa

84. No huyas esta vez

—Porque te amo. Incluso cuando tú todavía no sabes cómo hacerlo contigo misma.

Avery dejó de respirar. Literalmente. Su mente simplemente… se vació, segundos después su pecho comenzó a subirle y bajarle demasiado rápido mientras miraba a Aldrick como si acabara de decir algo irreversible, porque lo había hecho.

Te amo.

No:

* “me gustas”,
* “me importas”,
* o “quiero ayudarte”.

Te amo.

Avery sintió pánico inmediatamente, pánico real, el mismo que aparecía cada vez que alguien se acercaba demasiado. Porque las personas que se acercaban:

* terminaban yéndose,
* traicionándola,
* o descubriendo algo horrible en ella.

Y Aldrick acababa de acercarse más que nadie.

—No.

La palabra salió apenas en un susurro, él frunció ligeramente el ceño. Avery comenzó a apartarse rápidamente de sus brazos.

—No, no hagas eso…

—Avery.

—No deberías decir cosas así.

Su respiración empezaba a romperse otra vez, demasiado rápido, demasiado fuerte. Aldrick intentó sujetarle suavemente la muñeca antes de que se levantara de la cama.

—Ey, tranquila.

—¡No me digas tranquila!

La voz de Avery salió temblorosa, asustada, eso hizo que el pecho de Aldrick doliera muchísimo más de lo esperado, porque ella no parecía incómoda, parecía aterrada.

—No puedes amarme —susurró ella retrocediendo apenas—. Eso termina mal.

—¿Quién decidió eso?

—¡Todos!

El silencio cayó abruptamente. Avery se pasó una mano temblorosa por el cabello.

—La gente se cansa de mí, Castell, siempre pasa.

—Yo no.

—Todavía no.

Eso dolió. Mucho. Avery lo dijo completamente convencida, como si fuera una verdad inevitable.

Ella intentó apartarse otra vez y Aldrick finalmente entendió algo: no estaba huyendo de él, estaba huyendo de sentirse querida, porque no sabía qué hacer con eso.

—Avery.

Ella negó rápidamente.

—No. No hagas esto más difícil.

—Mírame.

—No quiero.

Aldrick sostuvo suavemente su rostro antes de que pudiera seguir alejándose. Ella estaba temblando, sus ojos brillaban llenos de miedo, no de rechazo. Miedo.

—No voy a desaparecer mañana —dijo él suavemente.

Avery soltó una pequeña risa rota.

—Eso dicen todos al principio.

Y fue ahí cuando Aldrick perdió la poca paciencia emocional que le quedaba, porque estaba cansado, cansado de verla destruirse, de verla huir, de verla actuar como si amarle fuera una condena.

Entonces la besó.

Sin advertencia, sin darle tiempo de escapar otra vez, Avery se quedó completamente inmóvil, sorprendida. El corazón golpeándole demasiado fuerte contra el pecho mientras Aldrick sostenía suavemente su rostro entre las manos.

El beso no fue agresivo, fue peor, fue lento, cuidado, como si él estuviera intentando convencerla de algo sin usar palabras y eso destrozó todas las defensas de Avery muchísimo más rápido que cualquier discusión.

Porque nadie la había besado así antes.

Sin intentar controlarla.
Sin miedo.
Sin querer cambiarla.

Sólo… quedándose.
En realidad nadie la había besado nunca.
Cuando Aldrick finalmente se apartó apenas, sus frentes siguieron juntas, la respiración de Avery era un desastre absoluto y sus ojos... parecían completamente perdidos.

—Sigues aquí —susurró ella confundida.

Aldrick acarició lentamente su mejilla con el pulgar.

—Te dije que sí.




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