La mañana siguiente se sentía extrañamente tranquila, demasiado tranquila para ellos.
Avery estaba sentada frente al tocador de su habitación mientras él permanecía detrás de ella, apoyado contra la puerta con una calma irritantemente elegante.
Ella seguía procesando el hecho de que la noche anterior:
* lloró,
* confesó traumas,
* descubrió sus otras personalidades,
* recibió una declaración de amor,
* y además la besaron.
Qué horror emocional.
—No entiendo cómo terminaste convenciéndome de quedarme —murmuró ella mirando su reflejo.
—Técnicamente sigues aquí por voluntad propia.
—Eso suena falso.
Aldrick soltó una pequeña risa.
Avery abrió su cosmetiquera sobre el lavabo y comenzó a sacar productos automáticamente.
Base.
Corrector.
Contorno.
Sombras oscuras.
Su armadura habitual.
Pero antes de que empezara, Aldrick le quitó suavemente el pincel de las manos. Ella levantó una ceja.
—¿Y tú qué haces?
—Si vas a maquillarte para ocultarte otra vez, mínimo déjame hacerlo bien.
Avery lo observó incrédula.
—¿Sabes maquillar?
—Tengo hermanas, Avery. Sobreviví aprendiendo.
Eso honestamente tenía sentido. Aun así, ella lo dejó hacer. Lo cual ya era raro, muy raro.
Aldrick se colocó frente a ella y comenzó a trabajar con movimientos tranquilos y precisos y Avery notó algo inmediatamente, él no estaba intentando transformarla, no estaba cubriendo cada imperfección ni construyéndole encima esa imagen agresiva que ella normalmente usaba.
Era suave, ligero, natural, como si Aldrick estuviera maquillándola para parecer más ella… y no menos. Eso la incomodó un poco, porque el maquillaje pesado siempre había sido protección.
Verse “grande” ayudaba.
Verse intimidante ayudaba.
Verse imposible de tocar ayudaba.
Pero así… así se veía demasiado humana.
—Te ves bonita cuando no intentas asustar personas —murmuró Aldrick mientras difuminaba ligeramente corrector bajo sus ojos.
Avery hizo una mueca.
—Qué comentario tan ofensivo para mi reputación.
—Sobrevivirás.
Silencio. Ella observó sus manos moviéndose cuidadosamente sobre su rostro, demasiado cuidadoso, demasiado íntimo, y entonces Aldrick habló sin apartar la mirada de su trabajo:
—¿Por qué me dejaste besarte?
Avery dejó de respirar apenas un segundo.
Ah.
Maldición.
—No lo sé.
—Mentira.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué siempre sabes cuándo miento?
—Porque contigo las mentiras suenan más tristes.
Eso fue innecesariamente cruel. Avery desvió la mirada hacia el espejo.
—Supongo que… estaba cansada de correr.
La mano de Aldrick se detuvo apenas un segundo sobre su mejilla, muy poco, pero ella lo notó.
—¿Y ahora? —preguntó él suavemente.
Avery sostuvo su mirada a través del reflejo. Su corazón empezó a latir demasiado fuerte otra vez, porque esa pregunta daba miedo, muchísimo y aun así… terminó haciéndola de todas formas.
—Entonces… ¿qué somos ahora?
Silencio. Aldrick dejó lentamente el pincel sobre el lavabo y luego se inclinó apenas hacia ella.
—Bueno —murmuró cerca de su oído—, considerando que fui tu primer beso, creo que mínimo merezco exclusividad.
Avery lo miró horrorizada.
—Castell.
Él sonrió apenas y ella supo inmediatamente dos cosas:
La primera: estaba enamorándose peligrosamente de él.
La segunda: eso probablemente terminaría destruyendo a ambos.