La Mentira Más Hermosa

91. Ahora mi turno

Avery no tuvo tiempo de reaccionar. Aldrick la acercó lo suficiente como para que su sonrisa desapareciera lentamente.

—¿Qué estás haciendo? —murmuró ella, aunque ya sabía que no le iba a gustar la respuesta.

—Educación.

—Eso no suena legal.

—No lo es.

Eso hizo que Avery lo mirara con sospecha inmediata.

—Castell…

—Avery.

Él la sostuvo un segundo más, observándola como si estuviera decidiendo exactamente qué hacer con su caos. Luego, sin aviso, apoyó su mano en su mejilla y la obligó a girar ligeramente el rostro hacia él.

—Te gusta provocar.

—Eso no es nuevo.

—Te gusta más cuando tienes control sobre la reacción.

Avery entrecerró los ojos.

—No estás en terapia conmigo.

—No. Pero te observo mucho.

Eso la descolocó un poco. Demasiado.

—¿Y?

Aldrick inclinó apenas la cabeza.

—Y ahora voy a devolverte el favor.

Antes de que pudiera preguntar qué significaba eso exactamente, él se inclinó y la besó otra vez. Esta vez no fue sorpresa, fue intencional, lento y controlado, peor aún… deliberadamente público.

Avery sintió cómo el mundo se le detenía otra vez, pero esta vez no fue miedo, fue indignación. Cuando Aldrick se apartó apenas, ella ya lo estaba mirando como si quisiera matarlo.

—¡¿Estás loco?!

Él no parecía arrepentido. Ni un poco.

—Dijiste que estabas divirtiéndote.

—¡Eso era diferente!

—¿Por qué?

Avery abrió la boca. La cerró. Porque no tenía respuesta lógica que no sonara a “porque sí”, eso la enfureció más.

—¡Me estabas molestando a mí, no besando gente en público!

Aldrick la observó con calma irritante.

—Entonces no lo hagas más.

—¿Qué?

—Si no quieres que te devuelva las cosas… no las empieces.

Silencio. Avery lo miró como si acabara de declarar una guerra.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

—Y controlador.

—También.

—Y...

—Y aún así sigues aquí.

Eso la detuvo. El ruido de la calle volvió a entrar en su cabeza. Ian ya no estaba, sebastian tampoco, sólo ellos dos. Avery bajó ligeramente la mirada, intentando recuperar su aire habitual de caos.

—No me gusta cuando haces eso.

—¿Qué cosa?

—Hacer que suene como si no pudiera irme.

Aldrick la observó un momento. Luego, más suave:

—No es eso.

Ella levantó la mirada.

—¿Entonces qué es?

Él tardó un segundo. Sólo uno.

—Es que cuando te vas… no vuelves igual.

Silencio. Avery sintió algo incómodo en el pecho, porque esa frase no era posesiva, era observación, peor aún… era verdad.

—Eso no es mi culpa.

—Lo sé.

Aldrick le acomodó el cabello detrás de la oreja, más tranquilo ahora.

—Pero aun así me toca aprender a vivir con todas tus versiones.

Avery lo miró en silencio y no supo cómo responderle.




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