Los días comenzaron a perder forma. No en el mundo. En ella. Aldrick lo notó primero, siempre lo notaba primero.
Avery estaba en su cocina, sentada en la barra con una taza entre las manos, balanceando los pies mientras lo observaba preparar café.
Normal, casi peligrosamente normal.
—Dormiste —murmuró él sin mirarla.
—Sí.
Pausa.
—¿Sin pesadillas?
Avery dudó un segundo.
—Creo que sí.
Eso ya era una respuesta extraña. Aldrick la miró por encima del hombro.
—“Crees” no suena muy seguro.
Ella encogió los hombros.
—Últimamente todo es un poco… borroso.
Silencio. El café siguió cayendo, pero algo había cambiado, porque ya no era solo caos constante, ahora era como si alguien hubiera bajado el volumen y subido otro, diferente.
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Esa misma tarde, Avery estaba caminando por el pasillo cuando se detuvo de golpe. No había nadie, pero su expresión cambió, su postura también, más rígida, más fría.
Cuando Aldrick la vio minutos después, ya lo supo. Antes de que hablara.
—Astrid —dijo él.
Ella lo miró, no sonrió, no reaccionó como Avery, solo inclinó ligeramente la cabeza.
—Estás descuidando el control —dijo ella con calma.
Aldrick suspiró apenas.
—No es así como funciona esto.
—Sí lo es.
Astrid lo observó con una precisión incómoda.
—Avery está confiando demasiado.
—Eso no es un problema.
—Lo es si la destruyes después.
Aldrick se tensó apenas.
—No voy a destruirla.
Astrid lo miró como si esa frase fuera ingenua.
—Nadie lo hace a propósito.
Pausa. Y entonces cambió otra vez, sin aviso, la mirada se suavizó, elcuerpo también.... y Avery volvió, arpadeó, confundida.
—¿Qué…? —susurró—. ¿Cuánto tiempo estuve fuera?
Aldrick se acercó inmediatamente.
—Unos minutos.
Avery bajó la mirada a sus manos.
—No lo sentí.
Silencio. Eso fue lo que más le preocupó a él.
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Con el paso de los días, el patrón se volvió más claro.
* Avie aparecía en momentos de calma.
* Astrid aparecía cuando algo la desestabilizaba.
* Avery… estaba volviendo a ocupar más espacio, más tiempo, más presencia, como si lentamente estuviera recuperando terreno dentro de su propia mente.
Una noche, Avery estaba recostada en el pecho de Aldrick en el sofá, quietos, sin peleas, sin caos, solo respiración.
—Hoy estuve casi todo el día —murmuró ella.
Aldrick la acarició suavemente el cabello.
—Lo sé.
Ella dudó.
—No fue tan malo.
Luego añadió, más bajito:
—Creo que me estoy acostumbrando a ser… yo.
Aldrick no respondió de inmediato, porque sabía lo que eso significaba, también sabía lo frágil que era esa frase.
—Eso es bueno —dijo finalmente.
Avery cerró los ojos.
—Astrid no está de acuerdo.
Aldrick se tensó apenas.
—¿Te lo dijo?
Avery negó suavemente.
—Lo siento.
Pausa.
—A veces.
Aldrick apretó ligeramente su mano.
—Tú decides quién eres aquí.
Avery abrió los ojos lentamente.
—¿Y si no puedo mantenerlo?
Aldrick la miró con una calma firme.
—Entonces lo intentamos de nuevo.
Ella lo observó en silencio largo, como si estuviera aprendiendo a creer algo que nunca había existido antes y por primera vez en mucho tiempo… Avery no sonó rota cuando habló.
—No quiero perderme otra vez.
Aldrick la acercó un poco más.
—No te vas a perder conmigo aquí.
Y en algún lugar dentro de ella… algo finalmente dejó de pelear.