La Mentira Más Hermosa

95. Abre los ojos

Aldrick se quedó de pie frente a la puerta de la habitación.

Sala 4B.

El mismo número que no dejaba de repetirse en su cabeza como un eco enfermo. El pasillo del hospital era demasiado largo, demasiado silencioso, demasiado… correcto.

Sebastian no estaba detrás de él ahora. Nadie estaba. Solo él.

Aldrick empujó la puerta. La habitación estaba iluminada por una luz blanca, clínica, casi agresiva y ahí estaba ella.

Avery.

No en su cocina, no en su cama, no riéndose en una motocicleta. En una cama de hospital, con cables, monitores, una vía intravenosa en su brazo, pálida, quieta, real.

Aldrick sintió cómo algo se le apretaba en el pecho.

—No… —murmuró.

Se acercó lentamente, como si el suelo pudiera desaparecer bajo sus pies.

Avery no reaccionó. Su respiración era estable, pero débil, como si estuviera lejos, demasiado lejos.

Aldrick se quedó a su lado, la observó unos segundos... y entonces habló, con la voz más baja que había usado en años:

—Avery.

Nada. Silencio. El monitor marcaba un ritmo constante, demasiado constante.

—Avery… despierta.

Su voz se quebró apenas en la última palabra, se pasó una mano por el cabello, respirando más rápido ahora.

—Esto no tiene sentido…

Miró alrededor de la habitación como si esperara que alguien le explicara lo que estaba pasando, pero no había nadie, solo ella. Solo esto.

Aldrick volvió a mirarla.

—Tú… —tragó saliva— tú estabas conmigo.

Un segundo. Dos. Nada. Se inclinó un poco más hacia ella.

—Me estás escuchando, ¿verdad?

Silencio. El monitor siguió su ritmo indiferente. Aldrick apretó la mandíbula.

—Avery, abre los ojos.

Nada. Y entonces... desde que entró… algo cambió, no en ella, en él. Una sensación extraña, como si su memoria empezara a tambalear. Pequeñas imágenes cruzándose en su mente:

Una risa.

Un abrazo.

Un beso.

Una pelea.

Una voz diciendo *“te amo”*.

Aldrick dio un paso atrás.

—No… —susurró.

Se llevó una mano a la frente.

—No, no, no…

Miró a Avery otra vez, dormida, frágil, sin responderle.

—Tú… —su voz se rompió— tú estabas despierta.

Pero la habitación no respondió, el mundo no respondió, solo el pitido constante de las máquinas.

Aldrick retrocedió otro paso, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado.

—Despierta —repitió, pero ahora ya no era una orden.

Era una súplica, pero... ya no estaba seguro de si le hablaba a ella....

O a sí mismo.




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