La Mentira Más Hermosa

96. Despierta...

El sonido era lo primero. Un pitido constante, regular, frío. Después vino el dolor de los párpados, como si hubieran olvidado cómo moverse.

Avery intentó respirar, pero el aire se sentía pesado, distante, lejano. Sus dedos se movieron apenas contra la sábana, su cuerpo no respondía del todo.

—…¿Qué…?

La palabra salió rota, seca, forzada. Luz blanca. Techo blanco. Hospital. Otra vez, pero distinto, más pequeño, más real.

Avery parpadeó lentamente, su visión tardó en enfocar. Había una mano suya conectada a una vía, delgada, más pequeña y entonces lo sintió.

Quince años. No veinte. Quince.

El mundo se inclinó un poco, no físicamente, dentro de ella.

—No… —susurró—. No, no…

Su respiración empezó a acelerarse, porque algo no encajaba. Nada encajaba.

No había mansión.
No había Aldrick.
No había Astrid como algo externo.

Solo silencio. Solo blanco. Solo máquinas.

Avery intentó incorporarse, pero su cuerpo tembló demasiado. La puerta de la habitación estaba cerrada. El pasillo afuera apenas se escuchaba, lejos, demasiado lejos.

—Castell… —susurró, casi sin voz.

Nadie respondió. Su garganta se cerró y entonces lo entendió de golpe, como una caída sin aire.

Todo había sido… un sueño, o algo peor... un refugio.

Las lágrimas comenzaron a acumularse sin permiso, silenciosas, confundidas.

—No quiero… —murmuró— no quiero estar aquí…

El monitor pitó más fuerte por un segundo y el mundo pareció inclinarse otra vez, como si algo dentro de ella estuviera intentando despertarla del todo.

Una voz. Lejana. Muy suave. Pero clara.

—Avery…

Pausa. Más cerca.

—despierta.




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