La Mentira Más Hermosa

98. Extra I. Lo que queda

Avery se sentó al borde de la cama unos minutos sin moverse. El hospital seguía igual, blanco, demasiado limpio demasiado silencioso, como si nada tuviera historia dentro de esas paredes.

Se quitó los cables con cuidado torpe, como si su cuerpo no recordara del todo cómo obedecerle. Nadie entró. Nadie la detuvo. Eso fue lo primero que notó. Después… el vacío.

Se puso de pie, le temblaron las piernas. Jamás llegó a cumplir veinte años. Lo sabía porque lo sentía en los huesos. En la forma en que todo le quedaba grande: la bata, el mundo, incluso el miedo.

Caminó hacia la puerta, la abrió, el pasillo era largo, infinito en su propia manera aburrida. Personas pasaban de un lado a otro sin mirarla demasiado. Enfermeros. Camillas. Voces apagadas. Nadie la reconocía como algo importante, porque no lo era.

Avery avanzó despacio, cada paso era extraño, como si estuviera reaprendiendo a existir.

Miró su reflejo en el vidrio de una puerta cerrada.

Una niña. Cansada. Pálida. Sola.

No había nadie detrás de ella. Nadie esperándola. Nadie que la estuviera buscando.

Avery tragó saliva.

Algo dentro de su pecho dolía, pero no sabía ponerle nombre, solo una sensación insistente, como una historia que casi recuerda… y no puede terminar de alcanzar.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Castell… —susurró otra vez.

Pero el nombre no encontró eco, no había nada que respondiera, solo el sonido del hospital, solo el presente, solo ella.

Siguió caminando y mientras avanzaba por el pasillo, algo más se deshacía en silencio dentro de su mente, no solo los recuerdos, sino también las voces, las partes que alguna vez discutían, gritaban, protegían, destruían.

Astrid.

Avie.

Esa otra forma de ser fuerte cuando no podía, no estaban, nunca habían estado. No eran personas dentro de ella, no eran refugios, no eran versiones alternas que la salvaban del mundo. Eran solo fragmentos rotos de una misma mente intentando mantenerse entera… y ahora incluso eso se estaba apagando.

Avery se detuvo un segundo, apoyando la mano contra la pared, respirando, pero ya no había nadie más hablando dentro de ella. Ni caos. Ni órdenes. Ni protección. Solo silencio, un silencio tan absoluto que dolía, como si incluso eso le hubiera sido arrebatado... entonces lo entendió sin palabras, sin imágenes, sin nada que sostenerla:

no había otras dentro de ella, no había otra vida, no había Aldrick, no había Astrid, no había Avie, no había nadie que la hubiera acompañado nunca, solo ella, siempre ella y nada más.




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