Avery tenía dieciséis años cuando terminó el funeral de su abuela. Vestida de negro, perfecta, quietamente inmóvil, como si el dolor no fuera algo que se sintiera, sino algo que se administrara.
El cementerio ya estaba casi vacío. Las personas se alejaban entre murmullos suaves, dejando atrás flores blancas y tierra recién removida. El viento pasaba lento, casi respetuoso.
Avery se quedó un momento frente a la tumba, mirándola sin expresión clara, sin lágrimas, sin prisa por irse.
Su teléfono vibró. Una vez. Luego otra. Contestó.
—¿Hola?
Silencio. Después, una voz masculina, cortés, medida, de negocios.
—¿Con quién tenemos el gusto de iniciar el crecimiento?
Avery no reaccionó de inmediato, solo escuchó, como si esa frase encajara en algo que ya estaba en marcha.
—Hablo en representación de un grupo de inversión. Hemos sido contactados previamente respecto a un fondo heredado por su abuela. Necesitamos confirmar la identidad de la persona autorizada para gestionarlo.
El viento movió su cabello. Avery miró la tumba otra vez. Luego bajó la vista a su teléfono.
—Continúe.
—Es un procedimiento ya establecido, solo necesitamos el nombre registrado como responsable principal para continuar.
Pausa.
—¿Con quién tenemos el gusto de iniciar el crecimiento?
Silencio.
El mundo siguió moviéndose alrededor, demasiado normal, demasiado ajeno y entonces Avery respondió, sin duda, sin pausa, con una sonrisa amplia, maliciosa, perfectamente segura de sí misma.
—Astrid Ashbourne.