La mañana comenzó con un ambiente de tensión en la mansión Salvatierra.
Camila apenas había dormido. La llamada de Daniela y el contenido del cuaderno no dejaban de dar vueltas en su cabeza.
Mientras bajaba las escaleras, escuchó una voz detrás de ella.
—Buenos días, Daniela.
Era Gabriel.
—Buenos días... —respondió Camila con una sonrisa forzada.
Gabriel la observó fijamente.
—¿Te gustaría tomar un café conmigo? Hay algo de lo que quiero hablar.
Camila aceptó, aunque presentía que aquella conversación no sería sencilla.
Las preguntas de Gabriel
En el jardín de la mansión, ambos se sentaron frente a frente.
Gabriel comenzó con preguntas aparentemente inocentes.
—¿Recuerdas el collar que Adrián te regaló cuando cumpliste veinticinco años?
Camila dudó por un instante.
—Claro... ¿cómo podría olvidarlo?
Gabriel sonrió.
—Qué extraño...
Camila sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque Adrián nunca te regaló un collar. Fue una pulsera.
El silencio se hizo pesado.
Camila comprendió que había cometido un error.
Sin embargo, Gabriel decidió no insistir.
—No te preocupes. Tal vez solo fue una confusión.
Pero por dentro estaba cada vez más convencido de que aquella mujer no era Daniela.
Un nuevo aliado
Horas más tarde, el comandante Ricardo Montes llegó a la mansión.
—Necesito hacer algunas preguntas sobre la desaparición de Daniela.
Camila respondió con cautela.
Cuando terminó el interrogatorio, el comandante se acercó discretamente a ella.
—Señorita... tengo la impresión de que usted sabe más de lo que dice.
Camila bajó la mirada.
—Ojalá pudiera contarle todo...
El comandante notó el miedo en sus ojos, pero decidió esperar.
La esperanza de Daniela
En la hacienda, Daniela aprovechó un momento en que uno de los guardias dejó caer un teléfono móvil.
Con rapidez, logró enviarse un mensaje de voz a un número que conocía de memoria: el de Camila.
Sin embargo, antes de que pudiera decir dónde estaba, un guardia descubrió lo que hacía.
Le arrebató el teléfono.
—¡No!
Arturo Villaseñor entró furioso.
—Aumenten la vigilancia. No podemos permitir otro error.
Aunque el mensaje quedó incompleto, Daniela sonrió.
Sabía que, al menos por un instante, había logrado comunicarse con su hermana.
Una confesión inesperada
Esa noche, Adrián invitó a Camila a cenar en la terraza de la mansión.
Después de unos minutos de conversación, la miró con ternura.
—Desde que regresaste... siento que me estoy enamorando de ti otra vez.
Camila sintió un profundo dolor.
Cada palabra de Adrián hacía más difícil mantener la mentira.
Cuando estaba a punto de responder, el teléfono de Adrián sonó.
Era una llamada anónima.
Al contestar, una voz distorsionada dijo:
—La mujer que vive contigo... no es Daniela.
La llamada se cortó de inmediato.
Adrián quedó completamente paralizado.