La mentira que juró amarme

Capítulo 1: Algo no encaja

Desperté con la sensación de que algo estaba mal.
No fue un ruido.
No fue un sueño.
Fue otra cosa.
Algo difícil de nombrar. Como una idea incompleta que se queda atrapada en la cabeza, girando sin llegar a formarse del todo.
Me quedé mirando el techo, inmóvil, esperando que desapareciera.
No lo hizo.
—Lucía, se te va a hacer tarde —escuché la voz de mi madre desde la cocina.
Normal.
Todo era normal.
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo, como si eso fuera suficiente para acomodar lo que sea que estuviera fuera de lugar. Al final, me levanté sin pensarlo más. No tenía sentido darle importancia… o eso me repetí mientras caminaba hacia el baño.
Encendí la luz.
El reflejo apareció al instante.
Me detuve.
No fue miedo.
No exactamente.
Fue duda.
Esa chica… era yo.
Incliné un poco la cabeza, observando detalles que conocía de memoria: la forma de mis ojos, el leve cansancio en la expresión, el cabello desordenado cayendo sobre los hombros.
Todo estaba donde debía estar.
Y aun así…
Parpadeé varias veces, incómoda conmigo misma.
—Estás exagerando —murmuré.
El sonido de mi propia voz ayudó. Un poco.
Abrí el grifo y dejé que el agua fría me despejara. El contacto me devolvió al presente, o al menos a algo que se sentía más firme.
Cuando bajé a la cocina, el olor a café me recibió como todas las mañanas. Mi madre estaba de espaldas, moviéndose con esa calma automática que nunca cambiaba.
Había algo tranquilizador en eso.
Algo… predecible.
—Buenos días —dije, sentándome.
—Buenos días, cariño.
Se giró con una sonrisa suave, como si nada en el mundo pudiera estar mal.
La escena era perfecta.
Demasiado perfecta.
Tomé la taza de café, sintiendo el calor filtrarse en mis manos. Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario, como si esperara que algo pasara.
Nada pasó.
—¿Dormiste bien? —preguntó.
—Sí… creo.
La respuesta salió sin pensarlo.
No estaba segura de si era verdad.
Bebí un poco de café, pero el sabor me resultó extraño. No malo. Solo… distinto. Como si faltara algo que no sabía identificar.
Dejé la taza en la mesa.
El sonido fue seco. Demasiado fuerte para algo tan simple.
—Mamá…
—¿Sí?
La miré, dudando.
—¿Hoy es lunes?
Frunció el ceño, apenas.
—Claro que es lunes, Lucía. ¿Te sientes bien?
Asentí rápido, aunque la respuesta no me convencía ni a mí.
—Sí. Solo… estoy un poco distraída.
Ella no insistió. Nunca lo hacía.
Eso también era normal.
Demasiado normal.
Me levanté poco después, tomando mi mochila casi por inercia.
—Voy a llegar tarde.
—No corras —respondió ella, como siempre.
Como siempre.
Salí de la casa con una sensación extraña pegada al pecho.
Afuera, el aire era fresco. La calle estaba igual que todos los días: gente caminando, autos pasando, conversaciones que se mezclaban en el fondo.
Nada fuera de lugar.
Y aun así, no podía quitarme esa incomodidad.
Caminé más rápido de lo habitual, como si moverme pudiera dejarla atrás. Pero no funcionaba. Seguía ahí, insistente, como una idea que no termina de encajar.
Entonces lo vi.
Venía en dirección contraria.
Al principio no tenía nada de especial. Solo otro chico más entre la gente. Pero había algo en su forma de caminar… demasiado segura, demasiado directa, como si supiera exactamente a dónde iba.
O a quién.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó la mirada.
Sus ojos —oscuros, casi negros— se fijaron en mí sin dudar.
Y no apartó la vista.
Mi paso se volvió más lento.
Algo en mi pecho se tensó.
No lo conocía.
De eso estaba casi segura.
Y, sin embargo, había algo en su mirada que me resultaba incómodamente familiar. No como un recuerdo claro, sino como una sensación que se resiste a desaparecer.
Pasó a mi lado.
El roce de su presencia fue mínimo, pero suficiente para hacerme girar apenas la cabeza.
Entonces habló.
—Otra vez llegas tarde.
Su voz fue baja. Segura. Como si no necesitara comprobar si lo escucharía.
Me detuve en seco.
—¿Qué…?
Pero él no se detuvo.
Siguió caminando, sin mirar atrás, perdiéndose entre la gente como si nunca hubiera estado ahí.
Como si no hubiera dicho nada.
Me quedé quieta, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Miré alrededor, esperando que alguien más hubiera reaccionado.
Nadie lo hizo.
Nadie parecía haber escuchado.
Tragué saliva.
Tal vez lo imaginé.
Tal vez…
Pero algo dentro de mí no estaba convencido.
Y esa fue la primera vez que pensé que, quizás, lo que estaba mal…
no era el mundo.
Era yo.




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