No pude dejar de pensar en él.
Ni en lo que dijo.
Ni en cómo lo dijo.
“Otra vez llegas tarde”.
La frase no encajaba.
No por lo que significaba… sino por cómo se sentía.
Como si no fuera la primera vez que la escuchaba.
Apreté más fuerte la correa de mi mochila mientras caminaba al instituto, intentando concentrarme en algo concreto: el sonido de mis pasos, el murmullo de la gente, el roce del viento contra mi piel.
Cosas reales.
Cosas que no cambian.
Pero la incomodidad seguía ahí.
Pegada.
Persistente.
Cuando crucé la entrada del instituto, el ruido me envolvió de inmediato. Voces, risas, conversaciones cruzadas. Todo seguía su curso sin alteraciones.
Y por un momento… casi funcionó.
Casi.
—Lucía.
Giré.
Clara estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y esa expresión medio divertida que siempre llevaba, como si supiera algo que los demás no. Su cabello corto, teñido de un rojo deslavado, resaltaba incluso entre la multitud.
—Llegas tarde —dijo, alzando una ceja.
Mi estómago se tensó.
—No tanto.
—Ajá —respondió, empujándose de la pared para caminar a mi lado—. ¿Te pasa algo o solo estás ignorando el mundo otra vez?
—No estoy ignorando nada.
—Claro. Y yo soy puntual.
Eso me arrancó una pequeña sonrisa, automática.
Clara siempre hablaba así. Directa. Sin rodeos.
Normal.
Al menos, ella lo era.
—Solo… no dormí bien.
—Se te nota —dijo, observándome con más atención esta vez—. Tienes cara de haber visto algo raro.
Mi sonrisa se tensó apenas.
—¿Raro cómo?
Ella se encogió de hombros.
—No sé. Como cuando estás aquí… pero no del todo.
Mi pecho se apretó.
—Estás imaginando cosas.
—Puede ser —respondió, sin darle demasiada importancia—. Pero igual deberías dejar de hacerlo tú también.
No respondí.
Porque no sabía a qué se refería exactamente.
Y eso me incomodaba más de lo que debería.
Entramos al salón y me senté, intentando concentrarme en lo que tenía delante. El profesor empezó a hablar, la clase avanzó, las páginas pasaron…
Pero mi mente no estaba ahí.
Volvía una y otra vez a lo mismo.
A él.
A su mirada.
A esa forma en la que habló, como si ya supiera algo que yo no.
El timbre sonó más fuerte de lo normal.
O tal vez fui yo.
Salí al pasillo junto con los demás, dejándome arrastrar por la multitud.
Y entonces lo vi.
Al final del pasillo.
Apoyado contra la pared.
Como si hubiera estado esperando.
Quise convencerme de que era una coincidencia.
Pero algo en mi pecho me dijo que las coincidencias no tienen ojos oscuros que te buscan entre la gente.
Mi paso se volvió más lento.
Una idea incómoda cruzó mi mente.
¿Cómo sabía dónde encontrarme?
Porque eso era lo que parecía.
No alguien que pasaba por ahí.
Alguien que estaba… en el lugar correcto.
Para mí.
Tragué saliva.
Podía irme.
Podía ignorarlo.
Pero no lo hice.
Me acerqué.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Cuando estuve frente a él, su mirada no cambió. No hubo sorpresa. No hubo duda.
Como si esto ya hubiera pasado.
—¿Te conozco? —pregunté.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Tú dime.
Fruncí el ceño.
—No estoy jugando.
—Yo tampoco.
Su calma me irritó más de lo que debería.
—Entonces deja de actuar como si supieras quién soy.
Por un segundo, su expresión cambió.
Algo leve.
Casi imperceptible.
—Ese es el problema —dijo—. Tú no sabes quién eres.
Sentí un vacío en el estómago.
—No sabes nada de mí.
—Más de lo que crees.
Mi pulso se aceleró.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Porque no se lo había dicho.
Estaba segura de eso.
Él no respondió de inmediato.
Solo me miró.
Como si estuviera decidiendo cuánto decir.
—Porque ya lo escuché —dijo al final.
—¿Dónde?
No respondió.
Eso fue peor.
—¿Me estás siguiendo?
La pregunta salió más rápida de lo que esperaba.
Más tensa.
Más real.
Esta vez, sí sonrió.
Pero no fue una sonrisa tranquilizadora.
—¿Tú qué crees?
Retrocedí un paso.
No por miedo.
O no solo por eso.
Era la sensación de que la conversación estaba avanzando en una dirección que yo no controlaba.
—Estás loco.
Lo dije para cerrarlo. Para poner un límite.
Para volver a algo normal.
Pero no funcionó.
Él no reaccionó.
No discutió.
No insistió.
Solo me sostuvo la mirada.
Y eso fue peor que cualquier respuesta.
—Ten cuidado, Lucía.
Mi nombre otra vez.
—No me llames así.
No sabía por qué dije eso.
Pero sonó correcto.
Como si ese nombre… de repente no me perteneciera del todo.
Él lo notó.
Lo supe por la forma en que me miró.
—Aún no —murmuró.
El aire se volvió pesado.
—¿Aún no qué?
No contestó.
Se separó de la pared y pasó a mi lado.
Muy cerca.
Demasiado.
Esta vez sí sentí el roce de su presencia.
Y, por un segundo…
tuve la absurda sensación de que ya había estado así de cerca antes.
Se inclinó apenas hacia mí.
—La próxima vez… no confíes en lo que recuerdas.
Se me heló el cuerpo.
Quise detenerlo.
Quise girarme.
Pero no lo hice lo suficientemente rápido.
Cuando reaccioné, ya se estaba alejando.
Desapareciendo entre la gente.
Como si nunca hubiera estado ahí.
Me quedé inmóvil.
Respirando más rápido de lo normal.
Intentando entender.
Pero no había nada que entender.
Solo piezas sueltas.
Demasiadas.
Y ninguna encajaba.
—Lucía —la voz de Clara me sacó del vacío—. ¿A quién miras?
Parpadeé.
—A… nadie.
Volví la vista al pasillo.
Ya no estaba.
—Estás pálida —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¿Segura que estás bien?
Asentí.
Automático.
—Sí.
Pero esta vez ni siquiera lo intenté creer.
Porque ahora había algo claro.
No sabía qué estaba pasando.
No sabía quién era él.
Y, peor aún…
empezaba a no estar segura de conocerme a mí misma.