No volví a verlo ese día.
Y eso no me tranquilizó.
Al contrario.
Porque ahora sabía que podía aparecer…
y desaparecer.
Como si no dependiera de las mismas reglas que el resto.
Intenté concentrarme en clases. En las voces. En lo que tenía delante.
Pero todo se sentía ligeramente desplazado.
Como si el mundo estuviera en su sitio… pero yo no.
Cuando salí del instituto, tomé una decisión.
Necesitaba comprobar algo.
Algo simple.
Algo que no pudiera cambiar.
Miré mi teléfono.
15:42.
Lo guardé.
Di exactamente diez pasos.
Lo saqué de nuevo.
15:42.
Esperé.
Un segundo.
Dos.
15:43.
Solté el aire.
Ridículo.
Pero la incomodidad no se fue.
Así que intenté otra cosa.
Al doblar la esquina antes de mi casa, me detuve frente a la señal de tránsito. Estaba ligeramente inclinada hacia la izquierda. Siempre lo había estado.
La observé unos segundos.
Memoricé el ángulo.
El pequeño rayón en la parte inferior.
Giré.
Di unos pasos.
Respiré.
Volví a mirar.
La señal estaba… distinta.
No completamente recta.
Pero menos inclinada.
Mi estómago se contrajo.
No.
Me acerqué.
La toqué.
Fría. Sólida.
El rayón seguía ahí.
Todo seguía ahí.
Excepto…
eso.
—Estás imaginando cosas —murmuré.
Pero no me convencí.
Seguí caminando.
Más rápido.
Como si alejarme fuera a arreglarlo.
No lo hizo.
Cuando llegué a casa, cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
El sonido retumbó en el silencio.
—¿Mamá?
Nada.
Bien.
Creo.
Dejé la mochila y avancé hacia la cocina, más por costumbre que por otra cosa. Todo estaba en su lugar, como siempre.
No me detuve.
No tenía sentido.
Seguí de largo.
Entonces lo vi.
El calendario.
Colgado en la pared.
Siempre ahí.
Siempre igual.
Me acerqué.
Abril.
Los días marcados con la letra de mi madre.
Busqué la fecha.
Lunes.
Mis dedos bajaron.
Domingo.
Sábado.
Viernes.
Me detuve.
Había un círculo.
Oscuro.
Marcado con más fuerza que los demás.
Fruncí el ceño.
No lo recordaba.
No era raro que marcara cosas, pero…
esto se sentía distinto.
Más importante.
—¿Qué es esto…?
Lo toqué.
Esperando… algo.
Nada.
Solo tinta.
Pero mi cabeza no estaba tranquila.
Intenté recordar.
Viernes.
¿Qué pasó el viernes?
Silencio.
Nada.
Ni una imagen.
Ni una sensación.
Vacío.
Mi respiración se volvió irregular.
No.
Eso no era normal.
No podía olvidar un día entero.
No así.
Di un paso atrás.
Chocando con la mesa.
El golpe me sacó del pensamiento.
Cerré los ojos.
Buscando.
Forzando.
Algo.
Pero no había nada.
Solo ese espacio en blanco.
Limpio.
Como si nunca hubiera existido.
—La próxima vez… no confíes en lo que recuerdas.
Abrí los ojos de golpe.
Su voz.
Otra vez.
—No…
Subí las escaleras rápido, casi sin pensar.
A mitad de camino, el mundo se inclinó apenas.
Me detuve, apoyando la mano en la pared.
Un mareo breve.
Suficiente.
Desapareció tan rápido como llegó.
—Solo… cansancio.
Seguí subiendo.
Mi habitación.
Cerré la puerta.
El aire se sentía distinto.
O tal vez era yo.
Fui directo al escritorio.
Abrí el cajón.
Saqué mi cuaderno.
Lo abrí.
Páginas llenas.
Apuntes.
Lo de siempre.
Pasé hojas.
Rápido.
Buscando.
Viernes.
Viernes.
Ahí.
La fecha estaba.
Pero el contenido…
En blanco.
Mi mano tembló.
Un dolor sordo apareció detrás de mis ojos.
Breve. Casi imperceptible.
Como si algo dentro de mí protestara por lo que estaba viendo.
No estaba arrancada.
No estaba tachada.
Nada.
Vacía.
Como si nunca hubiera escrito nada.
Como si nunca hubiera pasado nada.
Me quedé mirando la página.
Sin poder moverme.
Mi respiración se aceleró.
Esto no era una sensación.
No era mi cabeza.
Era real.
Algo estaba mal.
Y no era pequeño.
El cuaderno cayó al suelo.
No recordaba haberlo soltado.
El sonido me hizo retroceder un paso.
Y entonces lo entendí.
No del todo.
Pero lo suficiente.
No era que algo no encajara.
Era que algo faltaba.
Y alguien más
ya lo sabía antes que yo.