La mentira que juró amarme

Capítulo 4: Lo que no debería existir

Fue algo estúpido lo que me llevó ahí.
Un cargador.
Eso fue todo.
Mi teléfono estaba por apagarse y no encontré el cargador en mi habitación. Revisé el escritorio, debajo de la cama, incluso en la mochila.
Nada.
Suspiré, fastidiada, y salí al pasillo.
La puerta del cuarto de mis padres estaba entreabierta.
No era raro.
Ellos nunca la cerraban del todo.
Dudé un segundo.
No tenía nada de malo entrar.
Solo iba a tomar un cargador.
Nada más.
Empujé la puerta con cuidado.
El cuarto estaba en silencio. Ordenado, como siempre. Todo en su lugar, como si nada pudiera alterarlo.
Caminé directo hacia la mesa de noche.
Abrí el primer cajón.
Nada.
El segundo.
Cables.
Demasiados.
Rebusqué entre ellos hasta encontrar uno que parecía funcionar.
Lo tomé.
Y entonces algo llamó mi atención.
En el fondo del cajón, medio cubierta por papeles viejos… había una caja.
Pequeña.
De madera.
No recordaba haberla visto antes.
No era nueva. Se notaba en los bordes desgastados, en la tapa ligeramente opaca por el tiempo.
Me quedé mirándola unos segundos.
No tenía por qué abrirla.
Pero tampoco tenía por qué estar ahí.
La saqué despacio.
Era más liviana de lo que esperaba.
La sostuve entre mis manos, dudando.
Luego la abrí.
Dentro había fotografías.
Varias.
Tomé la primera.
Mis padres.
Más jóvenes.
Sonriendo.
Nada extraño.
Pasé a la siguiente.
Otro lugar.
Otra ropa.
Otra época.
Todo parecía… normal.
Hasta que llegué a una en particular.
Me detuve.
No por lo que mostraba.
Sino por lo que no.
Mis padres estaban ahí.
Sonriendo como en las demás.
Pero el lugar…
No lo reconocía.
No era ninguna de las historias que me habían contado.
No era ningún sitio del que hubiera oído hablar.
Fruncí el ceño.
Le di la vuelta.
Había una fecha escrita a mano.
Y un lugar.
Leí la fecha una vez.
Luego otra.
Algo no encajaba.
Hice el cálculo rápido en mi cabeza.
No tenía sentido.
Si esa foto era de ese año…
ellos no podían verse así.
Demasiado jóvenes.
Demasiado… libres.
Mi estómago se tensó.
Volví a mirar la imagen.
Como si al hacerlo fuera a cambiar.
No lo hizo.
La dejé sobre la cama.
Mis manos ya no estaban tan firmes.
Debajo de las fotos, había algo más.
Una pulsera.
Delgada.
Metálica.
Con un pequeño dije.
La tomé.
Era fría.
Más de lo normal.
Le di la vuelta.
Había una inicial grabada.
No era la mía.
No era la de mi madre.
No era la de mi padre.
Pasé el pulgar por la letra.
No la reconocía.
Pero algo en mi pecho reaccionó.
No como cuando ves algo extraño.
Sino como cuando ves algo… que deberías conocer.
La solté casi de inmediato.
Como si quemara.
No tenía sentido.
Nada de esto lo tenía.
Di un paso atrás.
Debería dejarlo ahí.
Cerrar la caja.
Olvidarlo.
Pero no lo hice.
Porque algo ya había cambiado.
Y no podía fingir que no.
Miré dentro otra vez.
Había más.
Debajo.
Un sobre.
Blanco.
Sin nombre visible.
Lo dudé.
Más que antes.
Porque esto…
esto ya no era un accidente.
Aun así, lo abrí.
Dentro había papeles.
Dobles.
Ordenados.
Demasiado cuidados.
Saqué el primero.
Lo desplegué.
Y ahí estaba.
Mi nombre.
Lo reconocí al instante.
Como si eso fuera suficiente para tranquilizarme.
Pero no lo fue.
Porque lo siguiente no encajaba.
La fecha.
La leí.
Parpadeé.
La volví a leer.
No era la mía.
O… no exactamente.
Era un día distinto.
Un solo día.
Pero suficiente.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más pesada.
Seguí leyendo.
El lugar.
No era el hospital que siempre me dijeron.
No era siquiera la misma ciudad.
Un zumbido leve apareció en mis oídos.
Constante.
Molesto.
Bajé la hoja apenas.
Había más texto.
Más nombres.
Leí los de mis padres.
Y algo en mi pecho se hundió.
No eran los mismos.
No completamente.
Había una diferencia.
Pequeña.
Pero imposible de ignorar.
Mi mano tembló.
No entendía.
No sabía qué significaba.
Pero sabía una cosa.
Eso no debería existir.
Me quedé ahí, de pie, con el papel en las manos, sin moverme.
Sin pensar claramente.
Solo… sintiendo.
Como si algo dentro de mí intentara encajar piezas que no quería ver juntas.
Demasiado.
Demasiado rápido.
Doblé la hoja.
Con cuidado.
Más del necesario.
La guardé en el sobre.
Volví a poner todo en la caja.
Las fotos.
La pulsera.
Cerré la tapa.
La dejé exactamente donde estaba.
Como si nunca la hubiera tocado.
Como si eso pudiera deshacerlo.
Tomé el cargador.
Salí del cuarto.
Cerré la puerta con suavidad.
El pasillo estaba en silencio.
Igual que siempre.
Bajé las escaleras.
Paso a paso.
Lento.
Controlado.
Entré a la cocina.
Abrí el grifo.
El agua corrió.
Metí las manos debajo.
Fría.
Constante.
Real.
Me quedé así unos segundos.
Mirando cómo el agua caía.
Como si eso fuera suficiente.
Como si pudiera limpiar algo que no sabía nombrar.
Cerré el grifo.
Tomé una toalla.
Me sequé las manos.
Y por un momento…
todo pareció normal otra vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.