La mentira que juró amarme

Capítulo 6: No debería buscarlo

No volví a dormir bien.
No después de lo que encontré.
No después de lo que vi.
Pero lo peor no era eso.
Lo peor era que no podía dejar de pensar en él.
No en la caja.
No en los documentos.
No en la fecha que no coincidía.
En él.
En la forma en que hablaba.
En la manera en que parecía saber cosas que yo no.
En cómo me miraba… como si estuviera esperando que yo entendiera algo.
Algo que no entendía.
Todavía.
Me senté en la cama, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada como si fuera a darme alguna respuesta.
No lo hizo.
Nada lo hacía.
Todo seguía igual.
Mi habitación.
Mis cosas.
Mi vida.
Y aun así…
no lo era.
Solté el aire despacio y me llevé una mano a la frente.
Un dolor leve.
Constante.
Ahí.
Como si estuviera esperando.
Como si supiera que esto apenas empezaba.
—Esto no es normal…
Lo dije en voz baja.
Como si alguien pudiera escucharme.
Como si alguien ya lo supiera.
Me levanté.
No podía quedarme ahí.
No después de todo.
Necesitaba respuestas.
Y odiaba admitirlo, pero…
solo había una persona que parecía tenerlas.
Él.
La idea me incomodó de inmediato.
No debería.
No tenía sentido.
No confiaba en él.
No sabía quién era.
No sabía qué quería.
Y aun así…
era lo único que tenía.
Eso fue lo que más me molestó.
No él.
Sino el hecho de necesitarlo.

El instituto estaba igual que siempre.
Demasiado igual.
La gente hablando.
Riendo.
Moviéndose como si nada estuviera mal.
Como si todo fuera normal.
Como si el mundo no se estuviera rompiendo en partes invisibles.
Caminé por el pasillo sin buscarlo.
Al menos, eso intenté convencerme.
Pero mis ojos se movían solos.
Revisando.
Esperando.
Buscando algo que no quería admitir.
No estaba.
Sentí algo extraño en el pecho.
No alivio.
No exactamente.
Algo peor.
Decepción.
Fruncí el ceño de inmediato.
—¿Qué te pasa…?
Murmuré para mí misma.
No tenía sentido.
No debería importarme.
No debería.
—Lucía.
La voz de Clara me sacó del pensamiento.
Giré apenas.
Ahí estaba.
Con su expresión de siempre.
Pero esta vez… me observaba más de lo normal.
—Estás rara —dijo sin rodeos.
—No.
—Sí.
Rodé los ojos.
—Solo no dormí.
—Otra vez.
No respondí.
Porque no era solo eso.
Y porque no sabía cómo explicarlo.
—¿Te pasó algo ayer? —preguntó.
Demasiado directa.
Como siempre.
Mi cuerpo se tensó apenas.
—No.
—Mentira.
La miré.
—No estoy mintiendo.
—Entonces estás ocultando algo.
Silencio.
Sostuve su mirada unos segundos.
Luego desvié la vista.
—No es importante.
—Para ti sí lo es.
Apreté los labios.
Quería decirle algo.
Lo que fuera.
Pero no podía.
Porque no sabía por dónde empezar.
Porque ni siquiera yo entendía lo que estaba pasando.
—Solo… déjalo así.
Clara me observó unos segundos más.
Evaluando.
Luego suspiró.
—Bien. Pero si desapareces o te vuelves más rara de lo normal, no me culpes si me meto.
Eso me arrancó una pequeña sonrisa.
Automática.
Pero no duró mucho.
Porque en cuanto volví a mirar al pasillo…
lo vi.
Detenido.
Al otro lado.
Mirándome.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Mi estómago se contrajo.
Fuerte.
Inmediato.
No lo había visto llegar.
No lo había escuchado.
Solo…
estaba.
Mi pulso se aceleró.
Clara siguió hablando.
No escuché nada.
No podía.
Porque él no apartaba la mirada.
Y yo tampoco.
—¿Me estás escuchando?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Dije que…
Dejó la frase a medias.
Porque siguió mi mirada.
Y lo vio.
Silencio.
—¿Quién es? —preguntó.
No respondí.
No de inmediato.
—Nadie.
—No parece nadie.
—No lo es.
Eso salió antes de pensarlo.
Clara arqueó una ceja.
—¿Entonces?
No sabía qué decir.
No sabía qué era él.
Pero sí sabía una cosa.
No iba a ignorarlo.
No podía.
—Luego te explico.
No esperé respuesta.
Empecé a caminar.
Hacia él.
Cada paso se sentía más consciente que el anterior.
Más real.
Más pesado.
Como si algo estuviera empujándome hacia adelante.
O como si yo misma no quisiera detenerme.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, me detuve.
No dije nada de inmediato.
Lo miré.
Intentando encontrar algo.
Lo que fuera.
—¿Por qué desapareces?
No era la pregunta que planeaba hacer.
Pero fue la que salió.
Él no pareció sorprendido.
—No desaparezco.
—Sí lo haces.
—No para ti.
Eso no ayudó.
Fruncí el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene.
—Entonces explícalo.
Silencio.
Otra vez.
Lo odiaba.
Esa forma de responder sin responder.
—No puedes seguir hablando así —dije, más firme—. Necesito respuestas.
Algo en su expresión cambió.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
—¿Necesitas… o quieres?
Apreté la mandíbula.
—No juegues conmigo.
—No lo hago.
—Entonces deja de actuar como si supieras todo.
—No sé todo.
—Sabes más que yo.
Eso no lo negó.
Y eso fue peor.
—¿Qué quieres de mí?
La pregunta quedó en el aire.
Entre nosotros.
Pesada.
Incómoda.
Él no respondió de inmediato.
Como si estuviera midiendo cada palabra.
—Que recuerdes.
Mi respiración se detuvo un segundo.
—¿Recordar qué?
—Lo que olvidaste.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Yo no olvidé nada.
Mentira.
Lo sabía.
Él también.
—Eso crees.
—Entonces dime qué es.
—No funciona así.
—¿Cómo funciona entonces?
—Tienes que llegar sola.
Solté una risa sin humor.
—Claro. Porque eso tiene sentido.
—Más del que piensas.
—No —di un paso más cerca—. No más juegos. No más frases raras. Dime qué está pasando.
Estábamos demasiado cerca ahora.
Podía sentirlo.
No solo verlo.
Y eso…
eso fue lo que cambió algo.
Porque por un segundo…
olvidé por qué estaba enojada.
Olvidé todo.
Menos él.
—No deberías acercarte tanto —dijo.
Pero no se movió.
Yo tampoco.
—Entonces aléjate tú.
No lo hizo.
Silencio.
El aire entre nosotros se volvió denso.
Diferente.
Mi corazón latía más rápido de lo normal.
No por miedo.
O no solo por eso.
—Esto está mal —murmuré.
—Sí.
Pero no se apartó.
—Entonces dime por qué no puedo irme.
Esa fue la pregunta real.
No las otras.
Esa.
Él me miró.
De verdad.
No como antes.
Más profundo.
Más… directo.
—Porque una parte de ti ya sabe la respuesta.
Tragué saliva.
—No sé nada.
—Lo sientes.
Y eso…
eso fue lo peor.
Porque tenía razón.
No entendía nada.
Pero había algo.
Algo que no podía ignorar.
Algo que me hacía quedarme.
Ahí.
Con él.
Aunque no debería.
—Esto no está bien —dije otra vez.
Más bajo.
—No.
Silencio.
Y aun así…
no me moví.
—Dime tu nombre.
La pregunta salió casi en un susurro.
Él dudó.
Por primera vez.
De verdad.
—¿Por qué?
—Porque no puedo seguir hablando contigo así.
—¿Así cómo?
—Como si no fueras real.
Eso hizo algo.
Lo noté.
En su expresión.
En la forma en que respiró.
—Soy real.
—Entonces demuéstralo.
Silencio.
Otra vez.
Pero esta vez era distinto.
Más tenso.
Más… importante.
—Adrián.
Mi cuerpo se quedó quieto.
No por el nombre.
Sino por cómo lo dijo.
Como si no debiera.
Como si hubiera cruzado algo.
—Adrián… —repetí.
El nombre se sintió extraño.
Nuevo.
Pero no del todo.
Como si ya hubiera estado ahí antes.
Solo que yo no lo recordaba.
Y eso…
eso me dio miedo.
—Ahora ya sabes algo —dijo.
—No es suficiente.
—Nunca lo es.
Apreté los puños.
—No me basta.
—Lo sé.
—Entonces dame más.
—No puedo.
—No quieres.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Silencio.
Otra vez.
Pero ya no era solo incomodidad.
Era algo más.
Algo que no quería nombrar.
—¿Por qué yo? —pregunté.
Él no respondió.
Pero esta vez no fue evasión.
Fue otra cosa.
—Porque no eres quien crees.
El mundo se inclinó apenas.
Un mareo breve.
Fuerte.
Me llevé una mano a la cabeza.
—Lucía.
Mi nombre.
En su voz.
Por primera vez.
Mi respiración se cortó.
No fue solo cómo lo dijo.
Fue cómo se sintió.
Familiar.
Demasiado.
—No…
El dolor volvió.
Más fuerte.
Detrás de los ojos.
—Mírame.
Negué con la cabeza.
—No…
—Lucía.
Otra vez.
Y esta vez…
no pude ignorarlo.
Levanté la vista.
Y por un segundo…
todo se sintió demasiado claro.
Demasiado real.
Como si estuviera a punto de recordar algo.
Algo importante.
Algo que no debería.
Y entonces—
todo se rompió otra vez.
El dolor desapareció.
La sensación también.
Y solo quedó el vacío.
Retrocedí.
Respirando más rápido.
—¿Qué… fue eso?
Él no respondió.
Pero no parecía sorprendido.
Y eso me asustó más que cualquier cosa.
—Tú sabías.
Silencio.
—Sabías que iba a pasar.
Nada.
—Dime la verdad.
Lo miré.
De verdad.
—Por una vez… no me mientas.
Él sostuvo mi mirada.
Y por primera vez…
no parecía tener una respuesta lista.




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