No debería haber ido.
Lo supe desde el momento en que crucé la puerta.
Pero ya era tarde.
Mi madre estaba en la cocina.
De espaldas.
Como siempre.
Todo en su lugar.
Todo… exactamente igual.
—Llegas tarde —dijo sin girarse.
Mi estómago se tensó.
Otra vez esa frase.
Otra vez esa sensación.
—No tanto.
Mi voz sonó más seca de lo que pretendía.
Ella se giró esta vez.
Sonrió.
Pero algo en esa sonrisa…
no encajó.
—¿Dormiste algo?
—Sí.
Mentí.
Ella asintió como si lo creyera.
Como si no hubiera nada más.
Como si todo estuviera bien.
Caminé despacio hacia la mesa.
—Mamá…
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
Dudé.
No sabía cómo empezar.
No sabía qué preguntar sin sonar… loca.
—El viernes.
Silencio.
Algo cambió.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—¿Qué pasa con el viernes?
Mi pulso se aceleró.
—¿Hicimos algo?
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que si hicimos algo?
—Sí… o sea… no lo recuerdo bien.
Otra mentira.
A medias.
Ella me miró unos segundos.
Demasiados.
—Lucía, saliste.
El aire se volvió más pesado.
—¿Salí?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con tus amigos.
No.
Eso no tenía sentido.
—¿Qué amigos?
La pregunta salió más rápido de lo que esperaba.
Ella dudó.
Apenas.
Pero lo hizo.
—Clara —dijo al final—. ¿Con quién más?
Eso no ayudó.
Al contrario.
Empeoró todo.
—No recuerdo eso.
Silencio.
Otra vez.
—Lucía…
Su tono cambió.
Más suave.
Más… cuidadoso.
—¿Estás bien?
Negué de inmediato.
—Sí. Solo… estaba cansada ese día.
Excusa.
Mala.
Lo sabía.
Ella también.
Pero no insistió.
Y eso…
eso fue peor.
—Deberías descansar más —dijo—. Últimamente estás muy distraída.
Distraída.
Esa palabra.
Como si fuera algo pequeño.
Como si no importara.
Asentí.
Porque no sabía qué más hacer.
Porque no podía seguir ahí.
No con ella.
No con esa sensación.
Tomé un vaso de agua solo para hacer algo.
Para parecer normal.
Para no pensar.
Pero no funcionó.
Nada lo hacía.
—
Clara no tardó en aparecer.
Como si ya supiera que algo estaba mal.
Como si siempre lo supiera.
—¿Ahora sí me vas a decir qué te pasa?
No respondí de inmediato.
La miré.
Buscando algo.
Cualquier cosa.
—El viernes —dije.
Ella no dudó.
—¿Qué pasa con el viernes?
Otra vez.
La misma respuesta.
La misma reacción.
—¿Salimos?
—Sí.
Demasiado rápido.
—¿A dónde?
—¿En serio?
Fruncí el ceño.
—Solo dime.
—Al centro —respondió—. Como siempre.
No.
No.
Eso no era cierto.
—No recuerdo eso.
Silencio.
Clara dejó de moverse.
De hablar.
De todo.
—Lucía… —dijo más despacio—. Tú estabas ahí.
Mi pecho se apretó.
—No.
—Sí.
—No estuve.
—Estuviste conmigo.
Su voz no tenía duda.
Y eso fue lo peor.
—No recuerdo nada.
—Eso no es normal.
Lo sabía.
No hacía falta que lo dijera.
—¿Hablamos de algo?
—De muchas cosas.
—¿Como qué?
Ella dudó.
Y eso me heló.
—Lucía…
—Dime.
—No creo que sea buena idea.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque tú empezaste a actuar raro.
Demasiado tarde.
Esa frase llegó demasiado tarde.
—¿Raro cómo?
—Como si no reconocieras cosas.
El mundo se inclinó apenas.
Otra vez.
—¿Qué cosas?
—El lugar.
El aire.
A mí.
Silencio.
Mi respiración se volvió más rápida.
—Eso no tiene sentido…
—Eso pensé.
—¿Y qué hice?
—Te fuiste.
—¿Sola?
—No.
Esa palabra.
Se quedó.
Pesada.
—¿Con quién?
Clara me miró.
De una forma que no me gustó.
—Con él.
Mi pulso se detuvo.
—¿Quién?
Pero ya lo sabía.
—El chico.
El aire desapareció.
—No…
—Sí.
—No lo conozco.
—Pues parecía que sí.
Mi cabeza empezó a doler.
Fuerte.
Constante.
—¿Qué hice con él?
—Nada.
Eso no sonó bien.
—¿Nada?
—Solo… te fuiste.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque no me dejaste ir contigo.
Silencio.
Todo dentro de mí se tensó.
—Eso no es verdad.
Pero no sonó convincente.
—Lucía…
—Eso no es verdad.
Retrocedí.
Un paso.
Luego otro.
—Tengo que irme.
—¿Irte a dónde?
No respondí.
Porque solo había un lugar al que podía ir.
—
Lo encontré más rápido de lo que esperaba.
Como si no tuviera que buscarlo realmente.
Como si ya supiera dónde estaba.
Apoyado contra la pared.
Como siempre.
Esperando.
Mi respiración estaba desordenada.
Mi cabeza… peor.
—Dime la verdad.
No saludé.
No dudé.
No respiré.
Solo hablé.
Él me miró.
Y no pareció sorprendido.
—Ya empezaste a preguntar lo correcto.
Eso me enfureció.
—No juegues conmigo.
—No lo hago.
—Clara dijo que estuve contigo.
Silencio.
No lo negó.
—Respóndeme.
—Sí.
Una palabra.
Y fue suficiente.
—¿Qué pasó?
—Nada que no debiera.
Eso no ayudó.
—¿Qué significa eso?
—Que hiciste lo que tenías que hacer.
—Yo no hice nada.
—Sí lo hiciste.
—¡No lo recuerdo!
Mi voz se quebró.
Un segundo.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
—Lo sé.
Eso me hizo más daño de lo que esperaba.
—Entonces dímelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si te lo digo… no va a ser real para ti.
—¡Ya nada es real!
Silencio.
Respiración agitada.
Mi pecho subía y bajaba demasiado rápido.
—Todo el mundo dice cosas distintas —murmuré—. Nada encaja.
—Porque estás buscando afuera.
—¿Y dónde tengo que buscar?
Él dio un paso.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
—En ti.
Solté una risa vacía.
—No hay nada en mí.
—Sí lo hay.
—No.
—Sí.
—¡No!
El dolor volvió.
Más fuerte.
Me llevé una mano a la cabeza.
—Para…
—Mírame.
—No…
—Lucía.
Mi nombre.
Otra vez.
Pero esta vez…
más cerca.
Más… real.
Levanté la vista.
Sin querer.
Y él estaba más cerca de lo que recordaba.
Demasiado.
—No estás rota —dijo.
—Sí lo estoy.
—No.
—¡No sabes nada de mí!
Silencio.
Y entonces—
hizo algo distinto.
Algo que no esperaba.
Tomó mi muñeca.
Suave.
Pero firme.
Mi cuerpo se quedó quieto.
No por fuerza.
Por otra cosa.
—Suéltame.
Pero no sonó como una orden.
—No.
Mi respiración se desordenó.
—Esto está mal…
—Sí.
Pero no me soltó.
—Entonces déjame ir.
No lo hizo.
Silencio.
El mundo se redujo a eso.
Su mano.
Mi pulso.
La distancia.
—No deberías confiar en ellos.
Mi ceño se frunció.
—¿En quiénes?
Dudó.
Por primera vez.
—En nadie que diga conocerte.
El aire se volvió frío.
—¿Ni siquiera mi madre?
Silencio.
Eso fue respuesta suficiente.
—Estás mintiendo.
—No.
—Sí.
—Ojalá.
Eso…
eso no sonó bien.
—¿Qué significa eso?
—Que esto no termina como crees.
Mi pecho se apretó.
—¿Entonces cómo termina?
Él no respondió.
Pero su mirada cambió.
Apenas.
—Todavía estás a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
Silencio.
Y entonces—
me soltó.
De golpe.
Como si no debiera haberme tocado.
Como si hubiera cruzado algo.
Retrocedí.
Respirando más rápido.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Mentira.
—Todavía no.
Eso fue peor.
Mucho peor.
No volví a casa pensando.
No pensé en mi madre.
Ni en Clara.
Ni siquiera en él.
No de forma clara.
Solo había una cosa.
Una sensación.
Constante.
Inquietante.
Como si todo estuviera mal.
Como si todo…
hubiera empezado mucho antes de lo que creía.
Y yo…
apenas lo estuviera notando.