Pasé la noche en vela, sentada en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada contra la cama. La cara me palpitaba. La comisura del labio seguía partida.
Pensé en llamar a Adrián. Tuve el teléfono en la mano varias veces. Pero no lo hice. ¿Qué iba a decirle? ¿Que Daniel me había golpeado? Él iba a querer venir. Iba a querer enfrentarlo. Y eso solo iba a empeorar las cosas.
Apagué el teléfono. Me quedé mirando la pared hasta que el sol entró por la ventana.
Me levanté. Me miré en el espejo. La mejilla izquierda estaba hinchada. Tenía un moretón cerca del pómulo. Me cubrí con maquillaje. Quedó bien. No perfecto, pero bien.
Me vestí con lo primero que encontré. Jeans negros. Blusa azul marino. La que él aprobaba.
Bajé las escaleras. Mis padres ya se habían ido a trabajar. La casa estaba vacía.
Salí. Caminé hacia la parada del bus. No quería que Daniel me viera así.
En el campus, fui directo a mi primera clase. Me senté en la última fila, con la cabeza baja. Valeria se giró.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—Tienes la cara rara.
—Me pegué con una puerta.
Valeria me miró un segundo más. Luego se giró. No dijo nada. Pero yo sentí que no me creyó.
Cuando sonó el timbre del primer receso, salí rápido. Fui a la fuente abandonada. Necesitaba verlo. Necesitaba que alguien me mirara sin ver moretones.
Adrián estaba ahí. Apoyado contra la pared. Con las manos en los bolsillos. Me vio y su cara cambió.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Nada.
—Tu cara. Tienes la cara hinchada.
—Me pegué.
—¿Con una puerta?
—Sí.
—No te creo.
—No me importa.
Se acercó. Me agarró la barbilla con suavidad. Giró mi cara hacia la luz.
—Fue él —dijo. No era una pregunta.
—No importa.
—Claro que importa.
—¿Y qué quieres que haga?
—Ven conmigo. Podemos huir. Robarle dinero a nuestros padres y desaparecer.
Lo miré. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que me asustó.
—No te conozco —dije—. No te conozco lo suficiente para hacer eso.
Adrián apretó la mandíbula. Sus labios se movieron, pero el sonido no llegó a mis oídos. Susurró algo que no logré entender. Algo bajo, rápido.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
—Nada. —Se apartó—. Olvídalo.
—Adrián…
—Ya sé. No me conoces. Está bien.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Que tengo miedo.
—¿De él?
—De él. De todo. De lo que pueda pasar si me voy contigo.
—Y si te quedas, ¿qué va a pasar?
No respondí. Porque no quería pensar en la respuesta.
El día pasó lento. Cuando sonó el último timbre, salí rápido. Caminé hacia la salida principal. Daniel me estaba esperando apoyado contra su coche.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—En clase.
—Mientes.
—No me importa lo que creas.
Me agarró del brazo. Fuerte.
—Vamos —dijo—. Vamos a mi casa. Mis padres no están.
—No quiero ir a tu casa.
—No pregunté si querías.
Me empujó hacia el coche. Me subí.
Su casa estaba a quince minutos del campus. Un barrio residencial, calles tranquilas, casas grandes con jardines. Todo en orden. Todo en silencio.
Entramos. La casa olía a limpio. A nada. Cerró la puerta detrás de nosotros.
—Siéntate —dijo, señalando el sofá de la sala.
—No quiero sentarme.
—Siéntate.
—No.
Me empujó. Caí sentada.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Quién te está llenando la cabeza?
—Nadie.
—Mentira. Tú no eras así. Alguien te está hablando.
—Nadie me dice nada.
—Te voy a preguntar una sola vez. ¿Quién es?
—No hay nadie.
—¿Segura?
—Segura.
Me levanté. Mis piernas temblaban. Pero me mantuve firme.
—Llévame a mi casa.
—Cuando termine de hablar.
—Ya terminaste. Llévame.
—No.
—Daniel…
—Callate.
Me agarró del pelo. Me empujó hacia el pasillo. Tropecé. Caí de rodillas.
—Levantate —dijo.
—No.
—Levantate.
Me levantó del pelo. Me obligó a caminar. Me llevó a su habitación.
—Aquí —dijo—. Nadie va a interrumpirnos.
—Por favor, Daniel…
—Ya es tarde para por favor.
Me tiró en la cama. Su peso sobre mí. Sus manos sujetando mis muñecas.
—Vas a aprender —dijo, con la voz fría—. Vas a aprender a respetarme.
—Suéltame.
—No.
—¡Suéltame!
Me tapó la boca con una mano. Con la otra me quitó la blusa.
Luché. Pataleé. Intenté morderlo. Pero era más fuerte. Siempre lo fue.
—Deja de pelear —dijo—. Solo empeoras las cosas.
—Déjame ir.
—No. Ya no.
Me dio la vuelta. Me puso boca abajo. Sentí sus manos en mis caderas. Su respiración en mi nuca.
—Vas a ser mía —dijo—. Como siempre debiste serlo.
Cerré los ojos.
No quise ver nada.
No quise sentir nada.
Solo quería desaparecer.
Cuando terminó, se levantó. Se vistió.
—Ya está —dijo—. No fue tan difícil.
No respondí. No podía. La garganta estaba cerrada.
—Puedes quedarte aquí un rato —dijo—. Mis padres no vuelven hasta tarde. Pero cuando te vayas, quiero que pienses bien lo que vas a decir. Porque si hablas, no va a terminar bien para ti.
Salió. Cerró la puerta.
Me quedé en su cama, desnuda, temblando, con el cuerpo roto y la cabeza vacía. El olor de él en las sábanas. Su olor. Me dio náuseas.
Pasó mucho tiempo hasta que pude moverme. Me vestí. Salí de su habitación. La casa estaba vacía. Daniel se había ido.
Caminé hasta la parada del bus. Me senté sola en el asiento de atrás. La gente me miraba. No sabía si era real o si me lo imaginaba.
Llegué a mi casa. Mis padres ya habían vuelto. Estaban en la sala, viendo televisión.
—¿Cómo te fue? —preguntó mi madre.
—Bien.
—¿Comiste?
—Sí.
—Te ves pálida.
—Estoy cansada.
Subí a mi habitación. Cerré la puerta con llave.
Me metí en la ducha. El agua caliente golpeó mi espalda. Me quedé ahí, sentada en el suelo del baño, hasta que el agua se enfrió.