La mentira que juró amarme

Capítulo 9: Aferrarse a la luz (Reescrito)

No recuerdo cómo llegué a la fuente al día siguiente.

Mis piernas caminaron solas. Mis ojos veían borroso. El mundo se sentía como un vidrio empañado, todo gris, todo lejano. Pero mis pies sabían el camino. Mis pies querían estar ahí. Con él.

Adrián ya estaba sentado en el banco. No dijo nada cuando me vio. Solo me miró. Y en su mirada no había preguntas. No había lástima. Solo una espera silenciosa, como si supiera que yo iba a hablar cuando estuviera lista.

Me senté a su lado. Tan cerca que nuestros hombros se tocaban.

—No pude dormir —dije.

—Yo tampoco.

—¿Pensaste en algo?

—En ti.

—Siempre en mí.

—Siempre.

El viento movió su pelo rizado. Sus manos descansaban sobre sus piernas. Las mías temblaban. Él las vio. No dijo nada. Solo abrió su mano, con la palma hacia arriba, una invitación silenciosa.

Tomé su mano.

—¿Qué pasó ayer? —preguntó.

—No quiero decirlo.

—Está bien.

—¿No vas a insistir?

—No. Solo quiero que sepas que estoy aquí.

—¿Y si no sé qué hacer con eso?

—Entonces quédate quieta. No tienes que hacer nada.

Cerré los ojos. Su mano caliente alrededor de la mía. El sol en mi cara. Por un segundo, casi pude olvidar.

Pero el dolor estaba ahí. En cada hueso. En cada respiración.

—Adrián.

—Dime.

—¿Crees que se puede dejar de sentir?

—¿Sentir qué?

—Todo. El miedo. El asco. La tristeza.

—No lo sé. Pero si se puede, no creo que sea sano.

—¿Por qué no?

—Porque sentir es lo único que nos hace reales.

—¿Y si no quiero ser real?

—Entonces, quédate conmigo. Yo te recuerdo quién eres.

—No sé quién soy.

—Yo te ayudo a descubrirlo.

Abrió los ojos. Lo miré. Su cara estaba cerca. Muy cerca.

—¿Por qué haces esto? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—Quedarte. Esperarme. Decirme cosas bonitas.

—Porque no sé hacer otra cosa.

—Podrías irte. Buscar a alguien normal. Alguien que no tenga que maquillarse los moretones.

—No quiero a alguien normal. Quiero a alguien que pelea. Alguien que se cae y se levanta. Alguien como tú.

—No me levanto. Me arrastro.

—Eso es levantarse. Solo que más lento.

Una lágrima cayó. Luego otra. No lloraba delante de nadie desde hacía años. Pero con él, las lágrimas salían solas.

Adrián me limpió la cara con el dorso de la mano.

—Llora —dijo—. Yo te sostengo.

Lloré. Todo lo que no había llorado la noche anterior. Todo lo que había guardado en el pecho durante meses. Salió. Feo. Ruidoso. Desordenado.

Él no dijo nada. Solo me sostuvo. Su brazo alrededor de mis hombros. Su mano en mi pelo.

Cuando terminé, me sequé con la manga.

—Estoy hecha un desastre —dije.

—Estás viva.

—Eso no es un cumplido.

—Es un hecho. Y los hechos son más importantes que los cumplidos.

Nos quedamos en silencio un rato. El sol se movió detrás de los árboles. Las sombras se alargaron.

—Tengo que decirte algo —dijo Adrián.

—¿Qué?

—Quiero que vengas a mi casa.

—¿Para qué?

—Para que estés lejos de él. Para que duermas en un lugar donde no tengas miedo. Para que sepas cómo se siente despertar sin dolor.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque él va a buscarme. Porque mis padres van a preguntar.

—Diles que te quedas con una amiga.

—No tengo amigas.

—Diles que te quedas conmigo.

—Eso sería peor.

—¿Por qué?

—Porque no te conocen. Porque si supieran de ti, se lo dirían a él. Y si él supiera de ti…

—Ya sé. Me va a hacer daño.

—No. Te va a matar.

—Que lo intente.

—No digas eso.

—Es verdad. No tengo miedo de él.

—¿De qué tienes miedo entonces?

—De ti. —Me miró—. De que te vayas. De que esto sea un sueño. De que despierte y no estés.

—No soy un sueño.

—A veces pareces uno.

—Entonces quédate dormida.

—¿Para siempre?

—El tiempo que quieras.

Esa noche, no volví a mi casa.

Le escribí a mi madre: "Me quedo en casa de una amiga. Estoy bien."

Ella respondió: "¿Qué amiga?"

"Clara."

"Está bien. Cuídate."

Mentí. Otra vez. Pero ya no me importaba.

Adrián me llevó en su camioneta hasta su casa. El motor rugía. La radio sonaba mal. Él tarareaba. Yo miraba por la ventana las luces de la ciudad.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No.

—¿Estás segura?

—Segura.

—Mientes.

—Esta vez no. Estoy cansada. El miedo se fue. Solo quedó el cansancio.

—El cansancio se quita durmiendo.

—¿Y el dolor?

—Eso lleva más tiempo.

Llegamos. Apagó las cámaras. Entramos. Copo y Rey estaban durmiendo en la cama de Adrián. Rey levantó la cabeza, me miró, y volvió a dormirse. Copo ni se movió.

—Te presto ropa —dijo Adrián—. Es grande, pero sirve.

Me dio una sudadera negra y unos shorts. Me cambié en el baño. La tela olía a él. A jabón. A limpio.

Salí. Él ya estaba en la cama, con el torso desnudo, mirando el techo.

—Ven —dijo, levantando la cobija.

Me acosté a su lado. No me tocó. Solo me dio espacio.

—¿Puedes abrazarme? —pregunté.

—Sí.

Me rodeó con sus brazos. Mi espalda contra su pecho. Su corazón latiendo cerca del mío.

—No voy a hacer nada —dijo—. Solo dormir.

—Lo sé.

—¿Confías en mí?

—No.

—¿Entonces?

—Quiero confiar. Eso es suficiente por ahora.

—Suficiente.

Cerré los ojos.

Por primera vez en días, no soñé con Daniel.

Soñé con luz. Con una mano que me sostenía. Con una voz que decía mi nombre sin gritar.

Soñé que podía volar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.