La mentira que juró amarme

Capítulo 10: El olor que dejaste (Reescrito)

La luz entraba por la ventana de Adrián cuando abrí los ojos.

No recordaba haberme dormido. Solo recordaba sus brazos alrededor de mí, su pecho contra mi espalda, su respiración lenta y caliente en mi nuca. Por un momento, no supe dónde estaba. La cama era diferente. El olor era diferente.

Luego lo recordé todo.

Me giré despacio. Adrián estaba despierto, mirándome. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra.

—Dormiste —dijo.

—No sabía que estaba tan cansada.

—El cuerpo sabe lo que necesita.

—¿Tú dormiste?

—No. Me quedé mirándote.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente para saber que no voy a cansarme de hacerlo.

—Eso es raro.

—Lo sé.

Una pausa. Su mano encontró la mía bajo la sábana. Sus dedos se enredaron con los míos.

—Tengo que irme —dije.

—¿Ya?

—Tengo que volver antes de que mis padres se den cuenta.

—Les dijiste que estabas con una amiga.

—Lo sé. Pero igual. Tengo que llegar antes de que se levanten.

Adrián se incorporó. Se sentó en el borde de la cama. Pasó una mano por su pelo rizado.

—No quiero que te vayas —dijo.

—No tengo opción.

—Siempre hay opción.

—No para mí.

Se quedó callado un momento. Luego me miró.

—¿Puedo pedirte algo?

—Dime.

—Que no te duches.

—¿Qué?

—Que no te duches. Que te quedes con mi olor. Así, cuando él te toque, sepas que no eres suya.

—Adrián…

—¿Es mucho pedir?

—Sí.

—¿Entonces?

—No voy a ducharme.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, que me partió el corazón.

Me vestí en silencio. La ropa de él me quedaba grande. Me puse mis jeans negros, mi blusa blanca. La sudadera negra de Adrián la guardé en mi mochila. No podía usarla. No podía arriesgarme. Pero la quería cerca.

—¿Te llevo? —preguntó.

—No. Me voy en bus. Es mejor.

—¿Por qué?

—Porque si alguien te ve, va a preguntar.

—¿Y a ti qué te importa?

—Me importa. Por ti.

Me miró. No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada.

Cuando salí de su casa, el sol ya estaba alto. El barrio estaba tranquilo. Caminé hasta la parada del bus con la mochila pesada en los hombros. Adentro, la sudadera negra. Su olor.

En el bus, me senté en la última fila. Cerré los ojos. Respiré hondo. Todavía lo sentía en mi piel. En mi ropa. En mi pelo.

Quise quedarme ahí para siempre. En ese olor. En ese recuerdo.

Pero el bus frenó. Abrí los ojos. Llegué a mi parada.

Mi casa estaba en silencio cuando entré. Las luces apagadas. Mis padres no se habían levantado todavía.

Subí las escaleras sin hacer ruido. Entré a mi habitación. Cerré la puerta.

Saqué la sudadera de Adrián de mi mochila. La olí. Todavía tenía su olor. La guardé debajo de la almohada. No podía usarla ahora. Pero la quería cerca.

Me acosté en la cama. Miré el techo.

Quiero creer que alguien va a salvarme. Que alguien va a venir a buscarme. Que alguien va a abrazarme y decirme que todo va a estar bien.

Pero no.

Si huyo, todo se va a romper. Mis padres. Daniel. La universidad. Mi vida.

Y si todo se rompe, ¿qué me queda?

Nada.

Solo él.

Y ni siquiera sé si es real.

Cerré los ojos. Una lágrima cayó. No la sequé.

En la tarde, Daniel llegó.

Ya me había cambiado. Jeans negros. Blusa azul marino. La que él aprobó. El maquillaje cubría los moretones. El olor de Adrián ya se había ido. O eso esperaba.

Mi madre lo dejó pasar sin preguntar. Como siempre. Como si él viviera aquí.

—Hola, hermosa —dijo.

—Hola.

Se sentó a mi lado en el sofá. Demasiado cerca. Su mano encontró mi rodilla.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—¿Soñaste algo?

—No me acuerdo.

—Hueles diferente.

El corazón se me aceleró. Pero me mantuve firme.

—Usé un jabón nuevo.

—No es el jabón.

—Es el jabón.

Daniel me miró un segundo más. Sus ojos claros me perforaron. Luego se encogió de hombros.

—Bueno. ¿Qué quieres hacer?

—Nada.

—Siempre quieres hacer nada.

—Porque estoy cansada.

—Siempre estás cansada.

—Porque siempre hago cosas.

—No haces nada.

—Entonces no me preguntes.

Suspiró. Se recostó en el sofá. Siguió hablando de cosas sin importancia. De la universidad. De sus amigos. De un trabajo que tenía que entregar.

Yo respondía con monosílabos. No miraba a nadie. Solo quería que se fuera.

Mis padres estaban en la cocina. No intervienen. No preguntan. Solo observan.

Cuando Daniel se fue, me besó en la mejilla.

—Mañana te busco —dijo.

—Mañana no tengo clases.

—Entonces salimos.

—No quiero salir.

—No pregunté si querías.

Se fue. Cerró la puerta.

Me quedé en el sofá un rato. Mirando la puerta. Mirando la cocina. Mis padres seguían ahí. En silencio. Observando.

Subí a mi habitación. Cerré la puerta con llave.

Por la noche, la casa estaba en silencio. Mis padres ya se habían dormido.

Saqué la sudadera de Adrián de debajo de la almohada. Me la puse. La tela me llegaba hasta los muslos. Olía a él. Cerré los ojos.

Sálvame.

La palabra flotó en mi cabeza. No era una canción. No era un pensamiento. Era un grito mudo. Una oración sin dios.

Sálvame de él. Sálvame de ellos. Sálvame de mí.

Pero no había nadie que me escuchara.

Me quedé dormida con las manos vacías y el corazón roto. Con la sudadera de Adrián como único refugio. Con su olor como única promesa de que algo, en algún lugar, todavía podía estar bien.




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