La mentira que juró amarme

Capítulo 11: El peso de esas manos (Reescrito)

Los días después de la noche en casa de Adrián fueron un espejismo.

Daniel estaba más pegajoso que nunca. Me recogía en las mañanas, me llevaba a la universidad, se sentaba a mi lado en el almuerzo, me esperaba a la salida. Sus manos no se apartaban de mí. En el hombro. En la cintura. En la nuca.

Cada roce era una marca. Cada caricia, un recordatorio de que no era libre.

El lunes, después de clase, me llevó a comer a un lugar que le gustaba a él. Pedí lo que él pidió. Bebí lo que él bebió. Asentí cuando él hablaba. Reí cuando él hacía un chiste. Afuera era la novia perfecta. Adentro, solo quería desaparecer.

—¿Estás bien? —preguntó el martes, mientras caminábamos hacia el campus.

—Sí.

—Te ves rara.

—Siempre me ves rara.

—Porque siempre estás rara.

—Entonces no preguntes.

Me miró. Sus ojos claros se volvieron duros. Pero no dijo nada. Solo caminó a mi lado, con una mano en mi hombro, guiándome como si yo no supiera por dónde ir.

El miércoles sus padres vinieron a cenar a mi casa. La misma mesa. El mismo mantel blanco. Las mismas copas de cristal. La madre de Daniel sonreía con esa sonrisa falsa que tanto odiaba. El padre de Daniel asentía a todo, como si fuera un robot. Mis padres los miraban como si fueran familia, como si no hubiera nada extraño en que sus hijos se lastimaran en silencio.

—Lucía está más callada que siempre —dijo la madre de Daniel, con esa voz dulce que usaba para fingir preocupación.

—Está cansada —respondió mi madre, sin mirarme.

—¿De qué? —preguntó el padre de Daniel, sin levantar la vista de su plato.

—De la universidad —mentí, con la voz tan fría que hasta yo me sorprendí.

—Deberías descansar más.

—Debería.

Daniel me apretó la rodilla bajo la mesa. Sonreí. Fingí. Como siempre.

Cuando la cena terminó y los padres de Daniel se fueron, Daniel se quedó un rato más en mi habitación. Se sentó en mi cama. Me miró.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—No es nada. Algo te pasa.

—Estoy cansada, Daniel. Solo eso.

—No es solo eso. Estás distinta. Más fría.

—No.

—Sí. Y no me gusta.

Se levantó. Me besó en la frente. Un beso seco, rápido.

—Mañana te busco.

—Mañana no tengo clases temprano.

—Entonces te busco más tarde.

Salió. Cerró la puerta.

El jueves no fui a la fuente.

Le escribí a Adrián por la mañana, desde la cama, antes de que Daniel llegara.

"Hoy no puedo. Daniel no me suelta."

Su respuesta llegó en segundos. Siempre en segundos. Como si estuviera esperando.

"¿Estás bien?"

"Sí."

"Mientes."

"Un poco."

"¿Puedo hacer algo?"

"Seguir esperando."

"Siempre espero."

Guardé el teléfono. Daniel estaba en la puerta de mi habitación. No lo había escuchado llegar.

—¿Con quién escribes? —preguntó, con la voz fría.

—Con nadie.

—Me mentiste.

—No.

—Me mentiste. Vi que escribías.

—Clara. Era Clara.

—Enséñame.

—No.

—Lucía.

—No, Daniel.

Se acercó. Me arrebató el teléfono de las manos con un movimiento rápido que me hizo retroceder.

—Dame eso.

—¡Devuélvemelo!

Me empujó contra la pared. Mi espalda golpeó el yeso. El dolor fue agudo, rápido. Sentí cómo el golpe recorría mi columna.

—¿Cuál es tu contraseña? —preguntó, con los dientes apretados.

—No voy a decírtela.

—¿Cuál es?

—No.

Me soltó. Me devolvió el teléfono. Lo lanzó a mis manos como si fuera basura.

—Está bien —dijo, con una calma que daba más miedo que sus gritos—. No me la digas. Ya la voy a saber.

Salió. Cerró la puerta con un golpe seco.

Me quedé en el suelo, con el teléfono en la mano, con la espalda ardiendo. Las lágrimas querían salir. No las dejé.

El viernes en la mañana, Daniel no fue a buscarme.

Escribió un mensaje: "Tengo que hacer unas cosas con mi papá. Nos vemos en el campus."

No preguntó si estaba bien. No preguntó qué iba a hacer. Solo avisó. Como si fuera un gerente y yo su empleada.

Me vestí rápido. Jeans negros. Blusa blanca. La blusa blanca. La que compré a escondidas. La que él no aprobaba. La que usaba cuando quería sentir que tenía algo de control sobre mi propia piel.

Me miré en el espejo. El moretón de la semana pasada ya casi no se veía. Solo un tono amarillento en el pómulo, cerca del ojo. Pasé corrector. Base. Polvo. Quedó cubierto. Nadie iba a preguntar.

Salí de casa. El sol estaba alto. El barrio estaba tranquilo. Caminé hacia la parada del bus. Pero en el campus, en lugar de ir a clase, fui directo a la fuente abandonada.

Necesitaba verlo. Necesitaba que alguien me mirara sin querer cambiarme.

Adrián ya estaba ahí. Sentado en el banco. Con las manos en los bolsillos de su sudadera negra. Vestido igual que siempre. Su pelo rizado caía sobre su frente. Me miró y sonrió. Una sonrisa pequeña, como si supiera que iba a llegar.

—Llegaste —dijo.

—Me escapé.

—¿Daniel?

—No fue a buscarme.

—¿Y tus padres?

—No saben.

—¿Y si se enteran?

—No voy a pensar en eso ahora.

Me senté a su lado. Nuestros hombros se rozaron. Sentí su calor. Su olor. Todo él.

—¿Qué pasó ayer? —preguntó, con la voz baja.

—Daniel me empujó contra la pared. Me quitó el teléfono. Quería mi contraseña.

—¿Se la diste?

—No.

—¿Te hizo daño?

—La espalda. Pero ya se me pasó.

—¿Puedo ver?

Me giré. Levantó mi blusa apenas lo suficiente para ver mi espalda. Sus dedos rozaron la piel donde había golpeado la pared.

—No es solo la espalda —dijo.

—Lo sé.

—Duele aquí también. —Señaló su pecho.

—Lo sé.

Bajó mi blusa. Me miró a los ojos.

—No puedo seguir viéndote así.

—¿Así cómo?

—Rota. Asustada. Con moretones nuevos cada semana.




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