La mentira que juró amarme

Capítulo 1: Algo no encaja (REESCRITO).

Desperté con la sensación de que algo estaba mal.

No fue un ruido. No fue un sueño. Fue esa cosa difícil de explicar, como cuando sientes que alguien te está mirando pero estás sola en la habitación. Una incomodidad pegada al pecho, imposible de sacudir.

Me quedé mirando el techo un rato, esperando que se fuera.

No se fue.

—¡Lucía, apúrate que vas a llegar tarde! —gritó mi madre desde la cocina.

Normal. Todo era normal.

Cerré los ojos un segundo, respiré hondo y me levanté. Los pies tocaron el piso frío. El mismo piso de siempre. La misma luz entrando por la ventana. Todo en orden.

Pero yo no.

Me vestí rápido. Un jean negro, una blusa gris claro, las zapatillas blancas que Daniel me regaló el mes pasado. Gris. Todo gris. O azul marino. O beige. O negro. Colores neutros. Colores fríos. Colores que no llaman la atención. Colores invisibles.

Abrí el armario y lo miré un segundo. Hace un año estaba lleno de color. Rojos, verdes, amarillos, estampados. Mi armario era un reflejo de mí: ruidoso, alegre, imposible de ignorar.

Ahora era una pared gris.

Daniel había ido reemplazando todo de a poco. Una blusa aquí, un vestido allá, unos zapatos más adelante. "Este color te queda mejor", decía. "Ese escote es demasiado llamativo", decía. "¿Por qué no usas esto otro? Te lo compré porque pensé en ti".

Y yo lo usaba. Porque era más fácil. Porque discutir era agotador. Porque al final él siempre tenía razón. O al menos eso lograba hacerme sentir.

Mis padres también contribuían. "Mira lo que te trajimos", decía mi madre, extendiéndome una bolsa. "Daniel nos dijo que te gustan los tonos neutros. Dice que resaltan tu belleza natural".

Y yo sonreía. Y decía gracias. Y guardaba la prenda en el armario, junto a todas las demás que no había elegido.

Ni siquiera mi teléfono era mío. La carcasa era azul marino. "Combina con todo", había dicho Daniel cuando me la regaló. Mis uñas, cuando las pintaba, eran colores discretos. Mi pelo, que solía teñirme de tonos locos, ahora era castaño oscuro, mi color natural. "Así te ves más madura", decía él.

Ya no sabía qué me gustaba. Había olvidado qué colores prefería. Qué ropa me hacía sentir bonita. Qué peinado me daba confianza.

Me sentía tonta. Y rota. Como un rompecabezas al que le faltaban piezas y alguien había intentado reemplazarlas con pedazos de otro.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Daniel: "Ya despertaste. Voy a tu casa."

Siempre. Desde que empezamos a salir hace un año, nunca me dejó ir sola a la universidad. Al principio me pareció romántico. Ahora me daba claustrofobia.

"Sí, ya estoy lista", respondí.

Daniel: "Mándame una foto."

Otra vez. Siempre pedía lo mismo. Quería ver cómo iba vestida, qué colores llevaba, si estaba "apropiada" según él.

"Otra vez, Daniel."

Daniel: "No me hagas esperar."

Suspiré. Me paré frente al espejo, levanté el teléfono y tomé la foto. La envié sin mirarla siquiera. Ya sabía lo que iba a decir.

Daniel: "El gris está bien. Pero podrías usar el azul marino. Es más elegante."

"Me gusta este."

Daniel: "Lucía."

"¿Qué?"

Daniel: "Cámbiate. El gris te apaga. El azul te da vida. Sabes que solo quiero que te veas bien."

El "sabes que solo quiero que te veas bien" era su frase favorita. Como si todo lo que hiciera fuera por mi bien. Como si controlar lo que me pongo fuera un acto de amor.

Me cambié. Azul marino. El color que él aprobaba. El color invisible.

Bajé las escaleras.

Mi madre me miró.

—¿No ibas a usar el gris?

—Daniel prefiere el azul.

Mi madre asintió, como si fuera lo más normal del mundo. Como si fuera normal que tu novio decida lo que te pones.

—Mamá… —empecé.

—¿Sí, cariño?

—¿Tú crees que esto es normal? ¿Que él decida lo que me pongo? ¿Que me pida fotos cada mañana?

Mi madre dejó la taza que estaba secando. Me miró. Suspiró. Esa mirada que decía "ay, mi niña, otra vez con lo mismo".

—Lucía, no seas dramática. Daniel es un buen chico. Se preocupa por ti. ¿Sabes cuántas chicas quisieran tener un novio que las cuide así?

—¿Cuidarme? ¿O controlarme?

—Es lo mismo a su edad. Los chicos son así. Inmaduros. Celosos. Pero con el tiempo se les pasa. Además, él te quiere. Eso es lo importante.

—¿Y si no se le pasa?

—Se le pasará. Y mientras tanto, tú pon de tu parte. No le des motivos para estar celoso. Vístete como a él le gusta. No le des explicaciones de más. Así funcionan las relaciones.

—¿Así funcionan? ¿Cediendo?

—Así funcionan cuando una quiere que funcionen. No puedes esperar que él cambie si tú no cambias primero.

Esa frase. Siempre esa frase. Como si la responsabilidad de la relación recayera solo sobre mí. Como si Daniel fuera perfecto y yo fuera la que estaba mal.

—Mamá, yo no quiero que él cambie. Yo quiero que deje de controlarme.

—Eso es pedirle que cambie. Déjalo ser. Ya va a madurar.

—¿Y si no?

—Entonces, ya veremos. Pero por ahora, no hagas olas. ¿De acuerdo? La familia de Daniel es importante para nosotros. Nos hemos mudado juntos, hemos compartido todo. No puedes simplemente…

—¿Simplemente qué?

—Hacer cosas que después te arrepientas.

—¿Arrepentirme de qué? ¿De querer ser yo?

—De tomar decisiones apresuradas que afecten a todos. No solo a ti.

Esa era la verdad. No se trataba de mí. Se trataba de la familia. De las mudanzas. De la amistad entre nuestros padres. De lo que dirían los vecinos. De todo, excepto de lo que yo sentía.

Y lo peor era que mis padres le contaban todo a Daniel. Cada conversación, cada duda, cada vez que ella se abría con ellos, ellos corrían a decírselo. Y Daniel luego la usaba en su contra.

—Anda —dijo mi madre—. Que vas a llegar tarde. Y habla con Daniel, no le hagas la vida imposible.




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