Daniel me encontró en el pasillo de Humanidades, justo cuando salía de la fuente abandonada.
—¿Dónde estabas? —preguntó, con los brazos cruzados.
—En la fuente vieja. Necesitaba aire.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Por qué no fuiste a la cafetería nueva?
—Porque hay mucha gente.
—Siempre hay gente. Nunca te había molestado antes.
—Hoy sí.
Me miró fijo. Sus ojos claros escrutándome. Buscando la mentira.
—Hablé con tu mamá —dijo—. Me contó lo que hablaron esta mañana.
El mundo se paró.
—¿Qué te contó?
—Que estás confundida. Que no sabes lo que quieres. Que necesitas tiempo para pensar.
—No dije eso.
—Ella dice que sí.
—Daniel…
—No, Lucía. Escúchame. —Me agarró la barbilla—. Yo te quiero. Tú me quieres. No hay nada que pensar. No hay nada que confundir. Somos felices. ¿Verdad?
—Verdad.
—Bien. —Me soltó—. Entonces, déjate de tonterías. Esta noche cenamos con tus padres. Hablaremos de todo. Como una familia.
—¿Mis padres saben?
—Claro. Ellos organizaron todo.
Por supuesto. Mis padres. Mis propios padres. Los que deberían protegerme. Los que deberían escucharme. Los que deberían estar de mi lado.
En lugar de eso, le contaban todo a Daniel. Cada palabra que salía de mi boca llegaba a sus oídos. No tenía a nadie. En ningún lado.
El día pasó lento. Clases, apuntes, profesores. Mi cabeza estaba en la fuente abandonada. En Adrián. En sus ojos oscuros. En su voz diciendo "mientes todo el tiempo, Lucía".
Cuando salí de la última clase, Daniel me estaba esperando en la puerta.
—Vamos —dijo—. Mis padres ya están en tu casa.
—¿Tus padres también vienen?
—Claro. Es una cena familiar. Todos juntos.
Todos juntos. Las dos familias. Los que se mudaron juntos. Los que lo decidieron todo por mí.
Llegamos a mi casa. La mesa estaba puesta con el mantel blanco, los platos bonitos, las copas de cristal. Mi madre sonreía. Mi padre también. Los padres de Daniel también.
—Hola, Lucía —dijo la madre de Daniel, con esa sonrisa falsa que tanto odiaba.
—Hola.
—Siéntate. Estamos esperándote.
Me senté. Daniel a mi lado. Los padres enfrente. Mi madre sirvió la comida. Todos empezaron a hablar de cosas superficiales: el trabajo, la casa, las vacaciones. Nadie mencionó lo que yo había dicho. Nadie mencionó nada.
Hasta que mi madre tomó la palabra.
—Lucía ha estado un poco rara últimamente —dijo, con esa voz dulce que usaba para fingir inocencia—. ¿Verdad, cariño?
—No me siento rara.
—Claro que sí. Hablamos esta mañana. Dijiste que estabas confundida. Que necesitabas tiempo.
Daniel me apretó la mano bajo la mesa.
—¿Confundida por qué? —preguntó la madre de Daniel.
—No sé —respondí—. Cosas de la universidad. El estrés.
—¿Segura que es solo eso? —preguntó mi padre.
—Segura.
—Porque Daniel nos dijo que últimamente estás distante. Que no le prestas atención. Que pasas mucho tiempo sola.
—No paso mucho tiempo sola.
—Dice que sí.
—Daniel exagera.
—Daniel no exagera —intervino la madre de Daniel—. Mi hijo es muy observador. Si dice que algo pasa, es porque algo pasa.
—No pasa nada.
—Lucía —dijo mi madre—, no hace falta que te pongas a la defensiva. Solo queremos ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Claro que sí. Todos necesitamos ayuda. Por eso estamos aquí. Somos familia.
Familia. Esa palabra. Como si la sangre y la amistad entre nuestros padres fuera más importante que lo que yo sentía.
Daniel me miró. Sus ojos claros me perforaban.
—¿Quieres decir algo? —preguntó.
—No.
—¿Segura?
—Segura.
—Bien. —Sonrió—. Entonces, brindemos. Por la familia. Por la unión. Por nosotros.
Todos levantaron las copas. Yo también.
El brindis supo a derrota.
La cena continuó con comentarios pasivo-agresivos y miradas que me atravesaban. La madre de Daniel habló de bodas. Mi madre habló de nietos. Mi padre y el padre de Daniel rieron de chistes que no entendí.
Yo solo quería que terminara.
Cuando la cena acabó, los padres de Daniel se fueron. Mis padres subieron a su habitación. Daniel se quedó en la sala conmigo.
—¿Ves? —dijo—. No fue tan malo.
—No fue bueno.
—Fue normal. Así son las cenas familiares.
—No me gustan.
—A nadie le gustan. Pero hay que hacerlas.
Me besó. Un beso seco. Rápido.
—Me voy. Mañana te busco.
—Mañana no tengo clases.
—Entonces, nos vemos en la tarde. Te llevo al cine.
—No quiero ir al cine.
—Vamos al cine. No discutas.
—Daniel…
—Lucía. —Me agarró la cara—. No discutas. ¿Sí?
—Sí.
Sonrió. Me besó en la frente. Se fue.
Me quedé en la sala vacía, con el mantel blanco manchado de vino, con las copas sucias, con el peso de todo lo que no había dicho.
Subí a mi habitación. Cerré la puerta.
El teléfono vibró.
Un número desconocido.
"¿Llegaste bien?"
"¿Quién es?"
"Adivina."
Adrián. Era Adrián.
"¿Cómo conseguiste mi número?"
"Eso no importa."
"Claro que importa."
"Solo quería saber si estabas bien."
"¿Por qué no iba a estarlo?"
"Porque hoy te vi en la fuente. Y tenías cara de querer desaparecer."
"No quería desaparecer."
"Mientes."
"No."
"Sí. Y está bien. No tienes que decirme la verdad. Solo quería que supieras que alguien se dio cuenta."
"¿De qué?"
"De que no estás bien."
Apagué el teléfono.
No podía seguir leyendo. No podía porque las manos me temblaban. No podía porque la respiración se me había acelerado.
Alguien se había dado cuenta.
Alguien que no era mi madre. Alguien que no era Daniel. Alguien que no tenía ningún interés en controlarme.