La mentira que juró amarme

Capítulo 3: La primera vez que volé (REESCRITO)

Después de la cena, no pude dormir.

Di vueltas en la cama toda la noche, mirando el techo, pensando en él. En Adrián. En su voz. En sus ojos. En la forma en que había dicho "alguien se dio cuenta".

Era una locura. No lo conocía. No sabía nada de él. Podía ser un mentiroso. Un manipulador. Alguien peor que Daniel.

Pero algo en mí… algo que no podía controlar… quería averiguarlo.

Daniel escribió al día siguiente. No pidió foto. No dijo nada de la cena. Solo: "Hoy no puedo verte. Mi mamá quiere que la acompañe a unas tiendas. Mañana te busco."

Alivio. Eso sentí. Alivio.

No tenía clases. No tenía planes. No tenía nada. Solo una casa vacía y un silencio que me pesaba.

Mis padres habían salido temprano. "Vamos a ver a los padres de Daniel", dijo mi madre. "¿Nos acompañas?", preguntó mi padre. "No", dije. "Me quedo estudiando".

Mentira. No iba a estudiar.

Salí de casa sin rumbo. El aire fresco me pegó en la cara. Caminé sin dirección, sin prisa, sin miedo a que alguien me dijera qué hacer.

En la segunda cuadra, en lugar de girar a la izquierda como siempre, seguí derecho.

No sabía por qué. Solo quería caminar. Solo quería no seguir la ruta que Daniel había trazado para mí.

La ciudad se abrió frente a mí de una forma que no recordaba. Calles que nunca había recorrido. Árboles que nunca había visto. Gente caminando sin prisa, sin dirección fija.

Por primera vez en mucho tiempo, no tenía un horario. No tenía un lugar donde llegar. No tenía a nadie esperándome para decirme qué hacer.

Me sentí libre.

Y esa libertad me dio miedo.

Pero también me dio algo que no sentía desde hacía años.

Felicidad.

Caminé sin rumbo. Miré escaparates. Me detuve frente a una librería. Entré. Salí. Compré un helado. Me lo comí sentada en una banca, viendo pasar a la gente.

Una señora mayor me sonrió. Un niño pequeño me saludó con la mano. Una pareja de ancianos caminaba tomados del brazo, riendo.

Todo era tan simple. Tan normal.

Y yo me sentía como una mariposa que acababa de salir de un frasco. Volando por aquí y por allá, sin prisas, sin temor a no ir vestida bien, sin miedo a que alguien le dijera qué hacer.

Pero también sentía tristeza.

Una tristeza profunda, pegajosa, que no quería soltarme. Porque llevar unos jeans y una blusa blanca —una blusa blanca, no gris, no azul marino, blanca, que me había comprado a escondidas— y caminar sola por la calle no debería ser un acto de rebeldía. No debería sentir que estaba haciendo algo malo.

Debería ser normal.

Y no lo era.

En un desvío, encontré un lugar al que nunca había ido.

Una placita pequeña, escondida entre edificios viejos. Había árboles grandes, una fuente seca en el centro, bancos de madera desgastados por el tiempo.

Me senté en uno. Cerré los ojos. Respiré.

El aire olía a tierra mojada, a hojas secas, a algo que no sabía nombrar. Tranquilidad. Eso era. Tranquilidad.

—¿Te puedo sentar?

Abrí los ojos.

Adrián estaba ahí. De pie. Con las manos en los bolsillos. Mirándome.

—¿Tú…? —No supe qué decir—. ¿Cómo…?

—No te seguí. —Se sentó a mi lado sin esperar respuesta—. Esto es mi lugar. Vengo aquí desde que era niño.

—No sabía que existía.

—Porque nunca te desvías de tu ruta, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te veo pasar todas las mañanas. Siempre por la misma calle. Siempre a la misma hora. Siempre con el mismo miedo en los ojos.

—No tengo miedo.

—Mientes.

—Adrián…

—No voy a preguntarte por qué estás aquí. Pero voy a decirte algo. —Me miró. Sus ojos oscuros brillaban—. Se te ve bien. Diferente. Como si te hubieras sacado un peso de encima.

—Me lo saqué.

—¿Y tu novio?

—No quiero hablar de él.

—Entonces, no hablemos de él.

Nos quedamos en silencio. El sol calentaba nuestras caras. El viento movía las hojas de los árboles.

—¿Por qué viniste? —preguntó.

—No lo sé.

—Mientes.

—Esta vez no. —Lo miré—. De verdad no lo sé. Solo… caminé. Y llegué aquí.

—A veces el cuerpo sabe antes que la cabeza.

—¿Saber qué?

—Qué necesita.

—¿Y qué necesito?

—Esto. —Señaló el lugar—. Silencio. Tranquilidad. Alguien que no te pida nada.

—¿Tú no me pides nada?

—No. —Sonrió—. Solo que te quedes.

—¿Y si me voy?

—Te vas. Pero vuelves.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya volviste. Sin que te lo pidiera.

—Adrián…

—Dime.

—¿A qué le tienes miedo?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla. Me sorprendió. No sabía que iba a preguntar eso.

Él se quedó callado un momento. Miró al frente. A la fuente seca. A los árboles.

—A perderte —dijo—. Y ni siquiera te he tenido.

Mi corazón se aceleró.

—No puedes perderme. No me tienes.

—Lo sé. —Me miró—. Pero algo me dice que debería.

—Eso no tiene sentido.

—Nada de esto tiene sentido. Tú aquí. Yo aquí. Tu novio allá, esperándote en la ruta que nunca cambias. Todo es un absurdo. Pero me gusta.

—¿Qué te gusta?

—Que por una vez, hayas elegido un camino diferente.

—No fue una elección. Fue un accidente.

—Los accidentes también son elecciones. Solo que no las ves venir.

—Hablas muy raro.

—Lo sé. —Se rió—. Es parte de mi encanto.

—¿Encanto?

—¿No te parece que tengo encanto?

—No.

—Mientes.

Sonreí. No pude evitarlo.

—¿Ves? —dijo—. Ya estás sonriendo. Eso es lo único que quería.

—No puedes venir aquí a decirme esas cosas.

—Ya lo hice.

—No deberías.

—Ya lo hice.

—Adrián…

—Lucía. —Su mano rozó la mía. Un roce mínimo. Un segundo—. No voy a pedirte que dejes a tu novio. No voy a pedirte nada. Solo quiero que sepas que este lugar existe. Y que yo existo. Y que cuando quieras venir, voy a estar aquí.

—¿Y si no quiero venir?




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