El fin de semana fue eterno.
El sábado, Daniel me llevó al cine. Compró las entradas, las palomitas, los refrescos. Todo para los dos. Todo decidido por él.
—Sonreíste tres veces en toda la película —dijo al salir—. Cuando te gusta una, sonríes mucho más.
Contaba mis sonrisas. Las contaba. Como si cada gesto mío fuera un dato que anotar en un cuaderno invisible.
—Estaba cansada —mentí.
El domingo me quedé en casa. Mis padres fueron a casa de los padres de Daniel. No los acompañé. Me quedé mirando el techo, revisando mi armario. La blusa blanca. La que compré a escondidas. La tenía escondida entre las que Daniel aprobaba, como un secreto que solo yo conocía.
Pensé en la última vez que se había enojado de verdad. Hacía tres meses. Me agarró del brazo. Me apretó. Me dejó un moretón que tardó dos semanas en desaparecer. "¿Con quién estabas?", preguntó. "Con nadie", dije. Me pidió perdón. Me dijo que lo hacía porque me quería.
Yo le creí. O quise creerle. O tal vez solo quería que el dolor se fuera.
Hubo otras veces. Empujones. Agarrones. Una vez me encerró en el baño de su casa durante una hora. Otra vez revisó mi teléfono, mensaje por mensaje, riéndose de mí.
Nunca me pegó. No exactamente. Pero el miedo estaba ahí. Siempre ahí.
Y yo no sabía cómo llamar a eso.
Pero la blusa blanca seguía ahí. Esperando.
El lunes llegó más lento de lo que quería.
Me vestí con cuidado. Jeans negros. Blusa blanca. La que compré a escondidas.
El teléfono vibró.
Daniel: "Foto."
"Otra vez, Daniel."
Envié la foto. Blusa blanca. Mi blusa. Mi decisión.
Daniel: "No me gusta. Cámbiate."
"No."
Daniel: "Lucía. Cámbiate. Por favor."
El "por favor" otra vez. La orden disfrazada de gentileza.
Recordé sus dedos alrededor de mi muñeca. El moretón. El miedo.
"No."
Guardé el teléfono. Bajé las escaleras. Mi madre me miró.
—¿Esa blusa? ¿Es nueva?
—La compré hace tiempo.
—¿Y hoy sí?
—Hoy sí.
—Daniel…
—Daniel no decide lo que me pongo.
Salí de casa antes de que pudiera decir algo más.
Caminé rápido. No hacia la esquina donde Daniel me esperaba. Hacia la dirección contraria. Los mensajes de Daniel vibraron una y otra vez. No los leí. Los ignoré. Por primera vez en un año, los ignoré.
El primer receso estaba cerca. En lugar de ir al edificio de Humanidades, caminé hacia atrás, donde estaba la cafetería vieja, abandonada. Nadie iba por ahí.
Había una fuente seca en el centro, rodeada de bancos. Me senté. Cerré los ojos.
—Llegaste.
Abrí los ojos. Adrián estaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos, mirándome.
—Tú también —dije.
Se sentó a mi lado.
—¿Por qué viniste? —preguntó.
—Tal vez... yo...
—¿Tal vez?
—No sé por qué estoy aquí. Pero estoy.
—Eso es más honesto que un "no lo sé".
Sus ojos recorrieron mi cuerpo. No de forma obscena. Pero tampoco inocente. Era como si pudiera verme a través de la ropa.
—Esa blusa —dijo—. Es blanca.
—Lo sé.
—¿Daniel la aprobó?
—No.
—¿Y la usaste igual?
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Se enojó.
—¿Y tú?
—Asustada. Pero también libre.
—Esa es la combinación más peligrosa.
—¿Por qué?
—Porque cuando empiezas a sentirte libre, empiezas a arriesgarte. Y cuando te arriesgas… puedes caerte. O puedes volar.
—¿Tú qué crees que voy a hacer?
—No lo sé. —Se inclinó—. Pero quiero verlo.
Su voz era baja. Grave. Cada palabra parecía diseñada para meterse debajo de mi piel.
—Adrián.
—Dime.
—¿Por qué me miras así?
—¿Cómo?
—Como si…
—¿Como si quisiera comerte los labios?
El aire se volvió denso.
—Tal vez —dije, con la voz más baja de lo que quería.
—No es tal vez. —Se acercó más—. Te miro y se me olvida todo lo demás. Las clases, la universidad, las misiones de Megaman que nunca termino.
—¿Megaman?
—Soy friki. —Se encogió de hombros—. Devil May Cry, LoL. También me gusta cómo te muerdes el labio cuando te pones nerviosa.
—No me muerdo el labio.
—Te lo estás mordiendo ahora.
Lo solté. Me ardía.
Su mano rozó la mía. Un roce mínimo. Un segundo.
—¿Daniel te ha tocado así? —preguntó.
—No.
—¿Cómo te toca Daniel?
—No quiero hablar de él.
—Entonces, hablemos de ti. —Sus dedos subieron por mi brazo. Despacio. Dejando un rastro de fuego—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te tocó y no te dolió después?
—No me acuerdo.
—Yo no quiero hacerte daño, Lucía. —Me miró—. Quiero que grites. Pero de otra cosa.
—¿De qué?
—De placer.
Mi respiración se aceleró.
—No puedes decir esas cosas.
—Ya las dije.
—Adrián…
—Lucía. —Apretó mi mano—. ¿Cuánto tiempo vas a seguir haciendo lo que él dice?
—No lo sé.
—¿Y si te dijera que puedes dejar de hacerlo hoy?
—No es tan fácil.
—Entiendo que tienes miedo. Entiendo que él te ha hecho creer que sin él no eres nada. —Su voz se volvió más ronca—. Pero también entiendo que estás aquí. Conmigo. Usando una blusa que él no aprobó. Y eso ya es más de lo que has hecho en un año.
—¿Y si él se entera?
—¿Qué es lo peor que puede pasar?
—Ya me ha pegado.
Las palabras salieron solas. Como si mi boca se hubiera cansado de guardarlas.
El silencio de Adrián fue diferente. Era rabia contenida.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hace meses. Me agarró del brazo. Me dejó un moretón.
—¿Solo eso?
—También me ha empujado. Me ha encerrado.
—¿Y tú crees que eso es normal?
—No. Pero no sé cómo llamarlo.
—Abuso. Se llama abuso. —Me miró—. No importa si no te rompe un hueso. Te hace daño. Y tú no tienes que aguantarlo.
—¿Y qué hago?
—Lo que quieras. Pero primero, tienes que saber que no estás sola.