La mentira que juró amarme

Capítulo 5: El día que me fui con él (Reescrito)

Daniel no me soltó en toda la mañana.

Después de mi desplante en el pasillo, se pegó a mí como una sombra. Me esperó a la salida de cada clase. Me agarró de la mano. Me susurró al oído. "Te quiero", decía. "No sé qué me pasa". "Perdón si soy demasiado celoso". La farsa de siempre. El ciclo de siempre.

Pero esta vez yo no quería volver a la calma.

En la antepenúltima clase, mientras el profesor explicaba simbolismo en la poesía, tomé una decisión.

Le escribí a Adrián.

"¿Estás en el campus?"

"Sí. Última clase. ¿Por qué?"

"No quiero que Daniel me vea al salir."

"Entonces no te va a ver. Cuando termine tu clase, ve al baño del segundo piso. Apaga el teléfono. Escóndelo. Borra todo. Baja por la puerta trasera. Te espero."

"¿A dónde?"

"A mi casa. Un rato. Para que respires. Para que él no te encuentre."

Guardé el teléfono. Mi corazón latía tan fuerte que dolía.

Cuando sonó el timbre, Daniel estaba en la puerta.

—Te acompaño a tu última clase —dijo.

—No hace falta.

—No pregunté si hacía falta.

Me agarró de la mano. Caminamos juntos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—Te ves rara.

—Solo estoy cansada.

—¿Estás segura?

—Segura.

Me dejó en la puerta del salón. Me besó en la mejilla.

—Nos vemos a la salida. No te muevas.

—No me voy a mover.

Mentira.

Faltaban veinte minutos cuando levanté la mano.

—¿Puedo ir al baño?

El profesor asintió.

Salí. Caminé rápido. Baño del segundo piso. Vacío. Entré a un cubículo. Abrí la conversación con Adrián.

"Ya salí."

"Apaga todo. Escóndelo bien. Borra mi número. Borra los mensajes. Todo."

Borré todo. Apagué el teléfono. Lo escondí detrás del tanque del agua.

Salí. Bajé las escaleras sin hacer ruido. La puerta trasera estaba abierta. Nadie vigilaba.

El sol me pegó en la cara. Caminé rápido hacia el estacionamiento. Y ahí estaba.

La camioneta vieja, gris, oxidada. El motor rugía. Adrián estaba dentro, vestido con sudadera negra y jeans. Me miró a través del vidrio empañado.

Abrí la puerta. Me subí.

—Hola —dijo.

—Hola.

—¿Todo listo?

—Todo listo.

Sonrió. Metió el cambio. Salimos.

El viaje fue diferente a todo. Con Daniel, los viajes eran en silencio. Él manejaba con una mano, con la otra sostenía la mía sobre su pierna. Un recordatorio. "Estás conmigo".

Con Adrián, la camioneta vibraba. El motor tosía. La radio sonaba mal. Él tarareaba.

—¿Te gusta? —preguntó, señalando el tablero.

—¿La camioneta?

—La libertad.

—No sé qué es eso.

—Vas a aprender.

Me miró. Sus ojos oscuros brillaron.

—Daniel te tiene rastreada, ¿sabes?

—¿Qué?

—Tu teléfono. Tiene un localizador. Por eso siempre sabe dónde estás. Por eso nunca podías esconderte.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo vi. Una vez. Se lo mostró a un amigo. Dijo "así sé dónde está siempre".

—¿Me ha estado rastreando todo este tiempo?

—Sí. Pero ahora tu teléfono está en un baño de la universidad. Él va a buscarte ahí. No te va a encontrar.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—El tiempo que quieras.

—¿Tus padres?

—Trabajan todo el día.

—¿Y tu casa? ¿Alguien puede vernos?

Adrián me miró. Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Mi madre puso cámaras en la casa. Me vigila. No quiere que traiga a nadie.

—¿Cámaras?

—Sí. En el pasillo. En la sala. En la cocina. No le importa lo que hago, pero le importa quién entra.

—¿Y vas a entrar conmigo igual?

—Voy a apagarlas. No va a quedar registro de que estuviste ahí. Nadie va a saber.

—¿Y si tu madre se da cuenta?

—No se va a dar cuenta. Y si se da cuenta, no le va a importar. A ella no le importa nada de mí.

Llegamos. Casa vieja, dos pisos, reja negra.

—Espérame —dijo—. Voy a apagar las cámaras.

Volvió a los dos minutos.

—Listo. Entra.

La casa olía a encierro. Muebles viejos. Paredes altas. Adrián me llevó de la mano hasta su habitación.

Paredes blancas. Un escritorio impecable con una computadora increíble, dos monitores enormes, luces de colores. Todo ordenado. Ningún póster. Ninguna figura.

En la esquina, dos gatos. Uno blanco, uno negro.

—Copo y Rey —dijo, acariciando al blanco—. Copo es la mamá. Rey es su hijo.

—Son lindos.

—Son lo único bueno que hay aquí.

Me senté en el borde de la cama. La sábana gris, lisa, perfectamente tendida. Todo en su lugar. Adrián se sentó a mi lado. No demasiado cerca. Pero tampoco lejos.

—¿Te sientes mejor? —preguntó.

—Sí.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Qué?

—Que no sabes lo hermosa que eres. Que te escondes. Que usas colores que no te gustan porque él lo dice.

—No me escondo.

—Te escondes. Pero no aquí. Aquí te veo.

—¿Y qué ves?

—A alguien que está cansada de fingir. A alguien que quiere que la toquen sin que le duela después.

Su mano rozó mi rodilla.

—¿Daniel te toca así?

—No.

—¿Cómo te toca Daniel?

—No quiero hablar de él.

—Entonces hablemos de ti. —Sus dedos subieron por mi muslo. Despacio—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te tocó y no pensaste en él?

—No me acuerdo.

—Yo quiero ser ese alguien.

—No me conoces.

—Te conozco. Te conozco más de lo que crees. Te conozco desde que te vi en el pasillo con cara de estar en otro lugar. Desde que vi cómo te encoges cuando alguien alza la voz. Desde que vi que tu ropa no es tuya.

—¿Y qué quieres conmigo?

—Nada. —Se inclinó—. Todo. Quiero que sepas qué se siente hacer lo que quieres. Sin pedir permiso. Sin miedo.

—¿Y si tengo miedo?

—Entonces tiemblas. Pero lo haces igual.

—¿Y si él se entera?

—¿Qué es lo peor que puede hacer? ¿Ya no te ha hecho suficiente?




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