La mentira que juró amarme

Capítulo 6: El peso de volver (Reescrito)

El sol había cambiado de posición cuando abrí los ojos.

No recordaba haberme dormido. Solo recuerdo sus brazos alrededor de mí, su pecho contra mi espalda, su respiración lenta y caliente en mi nuca. Por un momento, no supe dónde estaba. La cama era diferente. El olor era diferente.

Luego lo recordé todo.

La huida. La camioneta. Sus manos. Su boca.

Me giré despacio. Adrián estaba despierto, mirándome. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra.

—Dormiste —dijo.

—No sabía que estaba tan cansada.

—El cuerpo sabe lo que necesita.

—¿Tú dormiste?

—No. Me quedé mirándote.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente para saber que no me voy a cansar de hacerlo.

—Eso es raro.

—Lo sé.

Una pausa. Su mano encontró la mía bajo la sábana. Sus dedos se enredaron con los míos.

—Tengo que llevarte de vuelta —dijo.

—¿Ya?

—El sol se está escondiendo. Si llegas muy tarde, va a ser peor.

—¿Peor cómo?

Adrián se incorporó. Se sentó en el borde de la cama. Pasó una mano por su pelo rizado.

—Daniel va a preguntar. Tus padres también. Tienes que tener una respuesta.

—¿Qué les digo?

—Que fuiste a caminar. Que perdiste el teléfono. Que estuviste buscándolo todo este tiempo en el campus.

—¿Y si no me creen?

—Entonces inventas algo más. Pero no les digas la verdad. No sobre mí. No sobre esto.

—¿Crees que me van a creer?

—No lo sé. —Se giró a mirarme—. Pero es lo único que tienes.

Sentí un nudo en el estómago.

Mis padres. Daniel. La hora. El teléfono escondido en el baño. La clase a la que no volví. Todo se me vino encima de golpe.

—¿Qué hago si preguntan por qué no estaba en mi salón cuando terminó la clase? —dije, con la voz más pequeña de lo que quería.

—Diles que saliste antes. Que no aguantabas más. Que necesitabas aire.

—¿Y si hablan con algún profesor?

—No van a hablar. Van a estar ocupados enojándose contigo.

—Eso no es un plan.

—Es un plan. Malo. Pero es el único que tienes.

Me vestí en silencio. La blusa blanca. El jean. Todo otra vez en su lugar. Pero yo no me sentía igual.

Adrián me miró mientras me vestía. No dijo nada. Solo miraba.

En la camioneta, el silencio fue incómodo al principio. El motor rugía. La radio sonaba. Pero entre nosotros había algo que no sabía nombrar.

—Estás nerviosa —dijo.

—Sí.

—Es normal.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

—Porque no soy yo quien tiene que enfrentarlo.

—¿No tienes miedo de que se entere?

—Miedo no. Preocupación. Por ti.

—¿Y por ti?

—Yo sé cuidarme.

—¿Y yo?

—Tú tienes que aprender.

Apreté las manos en mis piernas. Las uñas marcaban la tela del jean.

—¿Qué hago si me pregunta con quién estuve?

—No le digas nada.

—¿Y si insiste?

—Inventa una compañera. Clara. Cualquiera. Dile que estabas sola.

—No va a creerme.

—Entonces no le importa que le creas. Le importa que le tengas miedo. Y si le tienes miedo, te controla.

—¿Tú crees que yo le tengo miedo?

—Creo que estás aprendiendo a no tenerlo.

Llegamos a la universidad. El estacionamiento estaba casi vacío. Las últimas luces del día se reflejaban en los charcos.

—Tu teléfono sigue en el baño —dijo Adrián, apagando el motor—. Ve a buscarlo. Préndelo. Finge que lo perdiste. Que estuviste buscándolo todo este tiempo.

—¿Y las clases?

—Dijiste que necesitabas estar sola. Es creíble.

—¿Y tú?

—Yo no existo para él.

Bajé de la camioneta. Cerré la puerta. Di unos pasos.

—Adrián.

Bajó el vidrio.

—Dime.

—¿Vas a estar mañana?

—En la fuente. En el primer receso.

—¿Voy a encontrarte?

—Si quieres.

—¿Y si no quiero?

—Entonces no vengas.

—¿Y si voy pero llego tarde?

—Te espero.

—¿Siempre?

—Siempre.

Corrí al baño del segundo piso. El teléfono seguía detrás del tanque. Lo encendí. Las notificaciones explotaron: cuarenta y un mensajes de Daniel, doce llamadas perdidas, cinco de mi madre, tres de mi padre.

El corazón me latía en la garganta.

Bajé las escaleras. Salí por la puerta principal. Daniel estaba apoyado contra su coche, con los brazos cruzados. Su cara estaba roja.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—Perdí el teléfono. Estuve buscándolo.

—¿Todo este tiempo?

—Sí.

—¿Desde que saliste de clase?

—Salí antes de que terminara. Necesitaba caminar.

—¿Y no se te ocurrió avisarme?

—Perdí el teléfono.

—Eso ya lo dijiste.

—Porque es verdad.

Me agarró del brazo. Fuerte. Sus dedos me apretaron la piel.

—¿Con quién estabas?

—Con nadie.

—Mientes.

—No miento.

—Te lo voy a preguntar una sola vez más. ¿Con quién estabas?

—¡Con nadie, Daniel! ¡Estaba sola!

Me soltó. Dio un paso atrás. Se pasó una mano por la cara.

—Vamos. Tus padres te esperan.

—¿Mis padres?

—Llamé a tu mamá. Estuvieron preocupados.

El miedo me recorrió la espalda.

—¿Les dijiste algo?

—Que no sabía dónde estabas. Que no contestabas. Que no fuiste a tu última clase.

—¿Qué más?

—Nada más. Pero quieren hablar contigo.

En el coche, no hablamos. Daniel manejaba con una mano, con la otra sostenía la mía sobre su pierna. Como siempre. Pero esta vez su mano estaba más caliente. Más pesada.

Cuando llegamos a mi casa, había dos coches en la entrada. El de mis padres y el de los padres de Daniel.

—¿Ellos también están? —pregunté.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque les importas.

Mi madre abrió la puerta antes de que tocara el timbre. Su cara estaba seria. Fruncida.

—Pasa —dijo.

Entré. Mis padres estaban en la sala. Los padres de Daniel también. Todos sentados. Todos mirándome.

—Siéntate, Lucía —dijo mi padre.

Me senté. Daniel se sentó a mi lado. Su mano encontró mi rodilla.




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