No dormí.
Di vueltas en la cama toda la noche, mirando el techo, repitiendo en mi cabeza las preguntas que me iban a hacer al día siguiente. Las respuestas que iba a dar. Las mentiras que iba a sostener.
Daniel iba a venir a buscarme después de mis clases. Iba a querer hablar. Iba a querer respuestas. Y yo no sabía qué iba a decirle.
Mi madre entró a mi habitación pasada la medianoche. No tocó la puerta. Se sentó en el borde de mi cama.
—¿Estás despierta? —preguntó en voz baja.
—Sí.
—¿Puedo encender la luz?
—No.
Se quedó callada un momento. Su mano encontró la mía bajo la sábana.
—Nos asustaste hoy —dijo.
—No fue mi intención.
—¿Dónde estabas realmente?
—Caminando.
—¿Todo el día?
—Perdí el teléfono. Estuve buscándolo.
—No te creo.
—No sé qué decirte.
Mi madre suspiró. Apretó mi mano.
—Daniel te quiere —dijo—. Tiene sus formas, pero te quiere.
—¿Sus formas? ¿Controlarme? ¿Decirme qué ponerme?
—Él se preocupa.
—Eso no es preocupación. Es otra cosa.
—Lucía…
—Mamá, ¿tú alguna vez has tenido miedo de papá?
El silencio se hizo más pesado.
—No es lo mismo —dijo al final.
—Es exactamente lo mismo.
Mi madre soltó mi mano. Se levantó.
—Duerme —dijo—. Mañana vas a pedirle disculpas a Daniel.
—¿Disculparme por qué?
—Por hacerlo preocuparse. Por desaparecer. Por no contestar.
—Mamá…
—Buenas noches, Lucía.
Cerró la puerta. Me dejó a oscuras.
A la mañana siguiente me vestí sin pensar. Jeans negros. Blusa blanca. La blusa blanca. La que compré a escondidas. Me la puse frente al espejo y no pedí permiso. No mandé foto. No me importaba.
Bajé las escaleras. Mi madre me miró.
—¿Esa blusa?
—Es mía.
—Daniel no va a estar contento.
—Daniel no decide lo que me pongo.
Mi madre arqueó una ceja, pero no dijo nada más. Mi padre estaba en la mesa, con el periódico abierto.
—¿Lista? —preguntó sin levantar la vista.
—Sí.
—Daniel te está esperando afuera.
—Lo sé.
—Vas a disculparte con él.
—No voy a disculparme por nada.
Mi padre bajó el periódico. Me miró.
—Hija —dijo—, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
—¿Difícil para quién? ¿Para ustedes o para mí?
—Para todos.
Salí de casa antes de que pudiera decir algo más.
Daniel estaba apoyado contra su coche, con los brazos cruzados. Su cara era un poema de furia contenida.
—Esa blusa —dijo.
—Es mía.
—No me gusta.
—No me importa.
Me miró fijo. Sus ojos claros se volvieron duros.
—Súbete.
—No voy a disculparme.
—Ya vamos a hablar de eso. No aquí. Súbete.
Me subí. Él arrancó. El viaje fue en silencio. Su mano no encontró la mía. No hizo nada. Solo manejaba.
Cuando llegamos al campus, estacionó. Apagó el motor.
—Hoy no voy a poder buscarte a la salida —dijo—. Tengo que hacer unas cosas con mi papá.
—¿Entonces?
—Entonces te vas a tu casa sola. En bus. Y no llegues tarde. Esta noche vamos a hablar.
—¿Dónde?
—En tu casa. Tus padres van a estar.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Me bajé. Caminé hacia el edificio de Humanidades sin mirar atrás.
El primer receso no podía llegar más lento.
Cuando sonó el timbre, salí rápido. No fui a la cafetería. No fui al baño. Fui directo a la fuente abandonada, mirando a todos lados, con el corazón latiendo fuerte.
Adrián estaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. Vestido con sudadera negra y jeans. Me miró.
—Estás nerviosa —dijo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Daniel no va a buscarme a la salida. Voy a tener que irme sola. Y esta noche vamos a hablar en mi casa. Con mis padres.
—¿Vas a decirle algo?
—No lo sé. Tal vez la verdad.
—¿Cuál?
—Que estoy harta. Que no quiero que me controle más.
Adrián se quedó callado un momento.
—¿Y si no cambia? —preguntó.
—Entonces voy a tener que decidir.
—¿Y vas a poder?
—No lo sé.
—¿Quieres ayuda?
—¿Cómo?
—No sé. No soy bueno con los consejos. Pero puedo escuchar.
—Eso es ayuda.
—Entonces, aquí estoy.
Me senté en el banco. Adrián se sentó a mi lado.
—¿Por qué te quedas con él? —preguntó.
—Porque lo quiero. No sé si es amor. No sé si alguna vez lo fue. Pero hay algo. Duele. Pero hay algo.
—¿Duele?
—Duele que me controle. Duele que no confíe en mí. Pero cuando no está, también duele.
—¿Y crees que eso va a cambiar?
—No lo sé. Pero quiero creer que sí.
—¿Por qué?
—Porque si no creo que sí, entonces todo esto ha sido para nada.
Adrián negó con la cabeza.
—No tienes que justificar lo que aguantaste.
—No lo hago.
—Sí. Pero no hace falta.
—¿Entonces qué hago?
—Empieza por pensar en ti.
—No sé cómo.
—Se aprende.
El día pasó entre clases y silencio. Cuando sonó el último timbre, salí por la puerta principal. Caminé hacia la parada del bus. Me senté sola en el asiento de atrás.
El viaje fue tranquilo.
Llegué a mi casa. No había nadie. Mis padres no habían vuelto del trabajo. Dejé mi mochila en mi habitación y me senté en la cama, esperando.
El teléfono vibró.
Daniel: "No voy a ir a tu casa. Mis padres vinieron. Nos vemos mañana."
Alivio. Un alivio enorme.
Pero algo no estaba bien. Algo en su mensaje era raro. Demasiado tranquilo. Demasiado normal.
Una hora después, el timbre sonó.
Bajé a abrir. Daniel estaba en la puerta. Solo.
—Pensé que no ibas a venir —dije.
—Cambié de opinión.
—¿Y tus padres?
—Se fueron.
—¿Y los míos?
—No van a llegar hasta tarde.
—¿Por qué dices eso?
—Porque los llamé. Les dije que te iba a llevar a cenar.
—Eso es mentira.
—Es una estrategia.