Los días comenzaron a mezclarse.
Uno igual al otro. Despertar. Vestirme. Soportar las manos de Daniel en mi cuerpo. Fingir sonrisas en las cenas familiares. Escapar a la fuente cuando podía. Ver a Adrián. Respirar.
Pero algo estaba cambiando.
Daniel lo notaba. Me miraba más tiempo. Sus preguntas eran más específicas. Ya no solo quería saber con quién hablaba. Quería saber qué pensaba. Qué sentía. Qué escondía.
—Hay algo en ti que no me cierra —dijo el sábado, mientras me llevaba a su casa.
—No hay nada.
—Sí. Hay algo. Y lo voy a encontrar.
Apretó el volante. Sus nudillos se blanquearon.
Yo miré por la ventana. Pensé en Adrián. En sus manos. En su olor. En la forma en que me miraba como si yo fuera un milagro.
Y por primera vez, sentí que tal vez sí podía huir.
El domingo mis padres fueron a casa de los padres de Daniel. Me invitaron. Dije que no. Que necesitaba descansar. Mi madre me miró raro. Mi padre arqueó una ceja. Pero no insistieron.
Cuando se fueron, la casa quedó en silencio.
Me senté en el sofá. Miré el techo. Las paredes. Todo estaba igual. Pero yo no.
El teléfono vibró.
Adrián: "¿Estás sola?"
"Sí."
"¿Puedo ir?"
"¿A mi casa?"
"Sí."
"No sabes dónde vivo."
"Sé más cosas de las que crees."
Esa frase. Otra vez. La misma que me dijo el primer día en la fuente. Me dio escalofríos.
"¿Cómo sabes dónde vivo?"
"No importa. ¿Puedo ir o no?"
"No."
"¿Por qué?"
"Porque no estoy lista."
"¿Lista para qué?"
"Para que entres en mi casa. En mi vida. En todo."
"Ya estoy en tu vida, Lucía. Solo que no te has dado cuenta."
Guardé el teléfono. No supe qué responder.
El lunes en la mañana, Daniel estaba esperando afuera de mi casa. Su coche encendido. Su cara seria.
—Súbete —dijo.
—Buenos días a ti también.
—Súbete.
Me subí. Arrancó. No me miró.
El viaje fue en silencio. Su mano no encontró la mía. Solo manejaba. Más rápido de lo normal.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
—Mientes.
—Aprendí de ti.
—Daniel…
—¿Quién es Adrián?
El corazón se me paró.
—¿Qué?
—Pregunté que quién es Adrián.
—No sé de qué hablas.
—Anoche revisé tu teléfono.
—No sabes mi contraseña.
—La adiviné. Tu fecha de nacimiento. Muy original.
—No tienes derecho a revisar mi teléfono.
—Tengo derecho a saber si me engañas.
—No te engaño.
—Entonces, ¿quién es Adrián?
—Un compañero. Nada más.
—¿Por qué borras sus mensajes?
—No los borro.
—Mientes. Revisé. No hay nada. Pero en tus contactos está su nombre. Y en la lista de llamadas. Varias veces. A distintas horas. Incluso de noche.
—Hablamos de trabajos de la universidad.
—¿De noche?
—Sí. De noche.
—No te creo.
—No me importa.
Me agarró del brazo. Fuerte. Sus dedos me apretaron la piel.
—Vas a decirme la verdad.
—Ya te la dije.
—No es verdad.
—Es lo único que tienes.
Me soltó. Siguió manejando. No dijo nada más.
Cuando llegamos al campus, me bajé del coche sin esperar a que abriera la puerta.
—Esta noche vamos a hablar —dijo desde adentro.
—No voy a tu casa.
—Entonces voy a la tuya.
—Tampoco.
—Lucía.
—Daniel. —Me agaché para mirarlo a los ojos—. Estoy harta. Harta de que me controles. Harta de que revises mis cosas. Harta de que no confíes en mí. Si no confías, no hay nada que hacer.
—Yo confío en ti.
—No. No confías. Confiarías si no revisaras mi teléfono.
—Lo hago porque te quiero.
—Eso no es amor. Es otra cosa.
Cerré la puerta. Caminé hacia el edificio sin mirar atrás.
En el primer receso, fui a la fuente.
Adrián ya estaba ahí. Sentado en el banco. Con las manos en los bolsillos.
—¿Qué pasó? —preguntó cuando me vio.
—Daniel revisó mi teléfono. Encontró tu nombre.
—¿Borraste los mensajes?
—Sí.
—¿Las llamadas?
—También.
—¿Qué le dijiste?
—Que eres un compañero. Que hablamos de trabajos.
—¿Te creyó?
—No. Pero no puede probar nada.
—Va a intentarlo.
—Lo sé.
—Lucía. —Me agarró la mano—. Esto se va a poner feo.
—Ya está feo.
—Más feo.
—Entonces, ¿qué hago?
—Huimos.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque si huyo, él va a buscarme. Y si me encuentra…
—No te va a encontrar.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque no voy a dejar que te encuentre.
Lo miré. Sus ojos oscuros brillaban. Su mandíbula estaba tensa.
—Adrián.
—Dime.
—¿Por qué haces esto?
—¿Qué cosa?
—Arriesgarte por mí. No me conoces.
—Quiero conocerte. —Apretó mi mano—. Quiero saberlo todo de ti. Lo bueno. Lo malo. Lo que escondes. Lo que nadie más ve.
—No hay nada que esconder.
—Mientes.
—Esta vez no.
—Esta vez sí.
Me quedé callada. Porque no podía decirle la verdad. Porque la verdad daba miedo.
La verdad era que él me daba miedo.
No como Daniel. No de esa forma.
Me daba miedo porque lo necesitaba. Porque pensaba en él cuando no estaba. Porque su olor en la sudadera era lo único que me calmaba por las noches.
Y eso no estaba bien.
No podía necesitar a nadie así.
No otra vez.
El martes, Daniel no fue a buscarme.
Escribió un mensaje: "Tengo que pensar. Nos vemos mañana."
No preguntó si estaba bien. No preguntó nada. Solo avisó.
Me vestí. Salí de casa.
En el campus, en lugar de ir a clase, fui a la fuente.
Adrián no estaba.
Me senté en el banco. Esperé. Diez minutos. Veinte. Media hora.
No llegó.
Le escribí: "¿Dónde estás?"
No respondió.