El miércoles llegué a la fuente antes del primer receso.
Adrián ya estaba ahí. Sentado en el banco. Con las manos en los bolsillos de su sudadera. Me miró. No sonrió. Solo me miró.
—Llegaste temprano —dijo.
—Tú también.
—Nunca me fui.
—¿Qué?
—Me quedé. Anoche. No quería irme.
—¿Te quedaste aquí? ¿Toda la noche?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si me iba, no sabía si volvía.
—No entiendo.
Adrián bajó la mirada. Sus manos temblaban. Las metió más hondo en los bolsillos.
—Tuve una discusión con mi papá —dijo.
—¿Por qué?
—Por cosas. Nada importante.
—Mientes.
—Esta vez no. En serio. No es importante.
—Entonces, ¿por qué te quedaste aquí?
—Porque no quería estar allá.
—¿Y tu mamá?
—No quiero hablar de ella.
—Adrián…
—Lucía. —Me miró—. Por favor. No ahora.
Asentí. No pregunté más.
Pero algo en sus ojos me dijo que mentía. Que lo que pasó anoche era importante. Muy importante. Y que no me lo iba a decir.
Nos quedamos en silencio un rato. El viento movía las hojas secas de los árboles. La fuente seguía vacía, como siempre.
—¿Daniel? —preguntó.
—Ayer no fue a buscarme. Dijo que necesitaba pensar.
—¿Pensar en qué?
—En nosotros. En lo que le dije.
—¿Qué le dijiste?
—Que estoy harta. Que no confía en mí. Que si no confía, no hay nada que hacer.
—¿Y él qué dijo?
—Que me quiere. Que por eso me controla.
Adrián negó con la cabeza. No dijo nada. Pero su silencio pesaba más que cualquier palabra.
—¿Crees que pueda cambiar? —pregunté.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé. Quiero creer que sí.
—Querer no es lo mismo que saber.
Adrián me miró. No dijo nada. Esperó.
—Un año —dije.
Él no respondió. Solo me miró.
Hice el cálculo en mi cabeza. Tercer semestre cuando empezamos. Quinto semestre ahora.
—Casi dos —corregí, y solté una risa que no tenía nada de gracia—. Casi dos años. Casi dos años y ya no recordaba cuánto era.
La risa se apagó sola.
Adrián seguía mirándome. No dijo "te entiendo". No dijo "lo siento". Solo me miró. Y eso fue peor. Porque en su silencio vi lo que él veía: una chica que había perdido la cuenta del tiempo que llevaba atrapada.
—¿Cómo olvidas algo así? —pregunté, más para mí que para él.
—No lo olvidaste —dijo Adrián—. Solo dejaste de preguntártelo.
—¿Es lo mismo?
—Es peor.
Apreté las manos sobre mis piernas. Las uñas marcaban la tela del jean.
—Los moretones no empezaron ayer —dijo él, con la voz baja—. Y cada vez que te promete cambiar, vuelve a hacer lo mismo.
—Duele escucharlo.
—Duele más verlo.
Algo dentro de mí se rompió. No de tristeza. De rabia.
—¿Duele más verlo? —respondí, con la voz más cortante de lo que quería—. ¿De verdad me vas a decir eso? ¿Tú? ¿El que se va a su casa y no tiene que soportar sus manos en el cuerpo? ¿El que puede cerrar los ojos y no ver su cara?
Adrián abrió la boca. No dijo nada.
—No me vengas con que te duele más —continué—. Porque tú puedes irte. Yo no.
Me quedé callada. La respiración acelerada. Las manos temblando.
Adrián bajó la mirada.
—Tienes razón —dijo—. Lo siento.
—No quiero que lo sientas. Quiero que dejes de decirme lo que duele y me ayudes a salir de aquí.
Me miró. Sus ojos oscuros brillaron.
—Dime cómo.
—No lo sé —respondí, con la voz rota—. Pero si me dices una vez más que te duele más a ti, te juro que me voy y no vuelvo.
—No voy a decirlo más.
—Bien.
Me sequé los ojos con el dorso de la mano. No recordaba cuándo había empezado a llorar.
El timbre sonó a lo lejos.
—Tengo que irme —dije.
—Anda. Yo me quedo un rato más.
—¿Te veo mañana?
—Sí.
—¿A la misma hora?
—Sí.
Me levanté. Caminé unos pasos. Me detuve.
—Adrián.
—Dime.
—¿Qué pasó anoche? De verdad.
Él me miró. Sus ojos oscuros brillaron. Por un segundo, creí que iba a decirme la verdad.
Pero solo negó con la cabeza.
—No ahora. Todavía no.
—¿Cuándo?
—Cuando seamos más fuertes.
Seguí caminando. No miré atrás.
En la noche, Daniel me escribió.
"Mañana vamos a hablar. En serio. Sin pelear."
"De acuerdo."
"Te quiero. No lo olvides."
No respondí.
Guardé el teléfono. Saqué la sudadera de Adrián de debajo de la almohada. Me la puse. Cerré los ojos.
Pensé en su cara cuando le pregunté por su mamá. El dolor. El miedo. Algo que no quería mostrar.
Y entonces me di cuenta.
No sabía nada de él.
No sabía dónde vivía antes. No sabía si tenía hermanos. No sabía por qué su madre no le hablaba. No sabía qué había pasado anoche. No sabía nada.
Y él parecía saberlo todo de mí.
Me conocía el miedo. Los moretones. La blusa blanca escondida. La forma en que temblaba cuando Daniel alzaba la voz.
¿Cómo podía alguien saber tanto sin haberlo vivido?
¿Cómo podía confiar en alguien que no me contaba nada?
Todos escondían algo.
Daniel escondía su violencia detrás de promesas vacías. Mis padres escondían su indiferencia detrás de sonrisas de plástico. Adrián escondía su pasado detrás de silencios y frases cortas.
Y yo escondía todo. El miedo. La rabia. Las ganas de huir.
Pero ¿por qué? ¿Por qué teníamos que esconder? ¿Por qué nadie podía simplemente decir la verdad? ¿Por qué el amor dolía? ¿Por qué querer a alguien significaba también lastimarlo o lastimarse?
Me cansaba. Me cansaba tanto tener que adivinar. Tener que leer entre líneas. Tener que aceptar migajas mientras otros se llenaban de secretos.
¿Cuándo iba a ser mi turno de saber? ¿Cuándo iba a ser mi turno de que alguien se abriera por completo para mí, sin miedo, sin reservas?
¿O acaso eso no existía?
El jueves en la mañana, Daniel me esperaba en la puerta de mi casa. Su coche apagado. Apoyado contra la puerta. Con los brazos cruzados.