La mentira que juró amarme

Capítulo 14: El peso de las promesas (Reescrito)

Daniel cumplió su palabra.

Durante una semana entera, fue el novio perfecto. Me abría la puerta del coche. Me preguntaba qué quería comer. No revisó mi teléfono. No me dijo qué ponerme. No alzó la voz.

Y yo debería haberme sentido aliviada. Pero no.

Porque conocía este ciclo. Paz. Calma. Explosión. Era cuestión de tiempo. Siempre lo era.

Pero algo más me molestaba. Algo que no quería reconocer.

Extrañaba sus manos.

No las que golpeaban. No las que sujetaban mi muñeca contra la pared. Las que me sostenían. Las que me abrazaban después de hacerme llorar. Las que me decían "te quiero" mientras me secaban las lágrimas.

Era horrible decirlo. Era horrible sentirlo. Pero era verdad.

Dos años. Casi dos años a su lado. Desde el primer día, desde el primer segundo, Daniel me dejó claro cuál era mi lugar en esa relación. Yo era algo que él podía manejar. Como, cuando y donde quisiera. Y yo lo acepté. Porque no conocía otra forma. Porque me hizo creer que eso era amor.

Y aunque lo odiaba. Aunque odiaba que me hubiera tocado sin mi consentimiento más de una vez. Aunque odiaba que me hubiera violado. Aunque odiaba los moretones, los gritos, las humillaciones.

Algo dentro de mí no lo dejaba ir.

Algo se aferraba a aquel chico que conocí al principio. El que me hacía bromas pesadas pero me trataba como una princesa. El que me compraba flores después de una discusión. El que me decía que era lo más importante de su vida.

No quería soltar eso. No quería resbalar y darme cuenta de que el piso donde tanto pensé que podía apoyarme no existía. No quería ver que las columnas de mi mundo eran inestables y que todo podía caerse en cualquier momento.

No quería darle la razón a Adrián. Aunque sabía que él la tenía. No quería sentirme estúpida. No quería ser esa chica. La que se queda. La que perdona. La que aguanta.

Pero era lo único que sabía hacer. Era lo único que era a estas alturas.

Adrián, mientras tanto, se volvió más insistente.

No con palabras. No con reclamos. Con silencios. Con miradas. Con esa forma de mirarme que me desarmaba por completo.

El lunes, en la fuente, me preguntó:

—¿Vas a quedarte con él para siempre?

—No lo sé.

—¿Qué estás esperando?

—Una señal.

—¿Señal de qué?

—De que él va a cambiar.

—Ya te la dio. No va a cambiar.

—No lo sabes.

—Lo sé. —Se inclinó hacia mí—. Y tú también. Solo que no quieres aceptarlo.

Apreté los labios. No quería escucharlo. Pero sabía que tenía razón.

Y entonces lo miré. Realmente lo miré.

No vi su cuerpo sobre el mío. No vi la noche en su habitación. No vi lo que hicimos. Vi sus manos sosteniendo las mías. Vi sus ojos mirándome como si yo fuera un milagro. Vi a alguien que quería sacarme de esta vida que a veces parecía una pesadilla.

¿Cómo podía alguien que apenas conocía querer tanto? ¿Cómo podía confiar en él si no sabía nada de su pasado? ¿Cómo podía sentir algo así por un extraño?

Pero lo sentía. Y eso me aterraba más que cualquier moretón.

Porque si lo sentía, entonces todo lo que Daniel me había enseñado sobre mí misma era cierto. Entonces yo era débil. Entonces no podía confiar en mí. Entonces era una cualquiera que se entregaba al primero que la miraba con cariño.

Pero no era así. No era así.

Con Daniel, el sexo era una obligación. Un deber. Algo que soportaba para que no se enojara. Con Adrián, fue diferente. No fue solo placer. Fue sentirse vista. Fue sentirse querida. Fue sentirse viva después de tanto tiempo sintiéndose muerta.

¿Eso me hacía débil? ¿Eso me hacía una cualquiera? ¿O me hacía alguien que solo quería dejar de sentir dolor, aunque fuera por un momento?

El jueves, Daniel llegó a mi casa con flores.

—Para ti —dijo, extendiéndome un ramo de rosas rojas.

—Gracias.

—¿Salimos esta noche?

—¿A dónde?

—A cenar. A ese lugar que te gusta.

Acepté. Me vestí con cuidado. Nada especial. Nada que él hubiera aprobado. Solo ropa que me gustaba.

Cuando bajé, me miró. Por un segundo, creí que iba a decir algo. Pero solo sonrió.

—Te ves hermosa.

—Gracias.

En el restaurante, todo fue normal. Pedí lo que quise. Hablamos de cosas sin importancia. Reí cuando él hizo un chiste.

Pero en el fondo, algo no estaba bien.

Sus manos. Estaban quietas. No me tocaban. No me apretaban. No me recordaban quién era.

Y lo peor de todo era que extrañaba que lo hicieran.

Porque esas manos, las que me lastimaban, también eran las únicas que me habían sostenido durante dos años. Eran lo que conocía. Lo que entendía. Lo que esperaba.

Sin ellas, no sabía quién era.

En la noche, en mi cama, no pude dormir.

La sudadera de Adrián seguía debajo de la almohada. No la saqué.

Me quedé mirando el techo. Pensando en Daniel. En sus flores. En su sonrisa. En sus manos quietas.

¿Estaba cambiando de verdad? ¿O solo estaba esperando el momento para volver a ser el de siempre?

Y entonces recordé las palabras de Adrián: "La gente no cambia por amor. Cambia cuando toca fondo. Y él no ha tocado fondo."

¿Qué pasaba si nunca tocaba fondo? ¿Qué pasaba si yo me cansaba de esperar? ¿Qué pasaba si ya estaba cansada?

Pensé en Adrián. En cómo me miraba. En cómo me sostenía. En cómo me hacía sentir que podía volar.

Pero también pensé en lo que no sabía de él. En los secretos que escondía. En los silencios que lo rodeaban.

¿Cómo podía confiar en alguien que no me contaba nada? ¿Cómo podía pensar en un futuro con él si ni siquiera conocía su pasado?

Y sin embargo, cuando estaba con él, el mundo dejaba de doler. Cuando estaba con él, podía respirar. Cuando estaba con él, sentía que tal vez, tal vez, había una salida.

El teléfono vibró.

Adrián: "¿Cómo estuvo la cena?"

"Bien."

"Mientes."

"Un poco."




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