La mentira que juró amarme

Capítulo 15: El filo de la duda

Los días buenos de Daniel duraron lo que duran las flores cortadas: una semana, tal vez menos.

El viernes empezó con un mensaje corto: "Hoy no voy a buscarte. Tengo cosas que hacer."

Ya no preguntaba cómo estaba. Ya no preguntaba si haríamos algo juntos. Solo avisaba. Como si fuera un favor que me hacía al informarme.

Y yo me sentí aliviada.

Esa mañana, en la fuente, Adrián me esperaba con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nada.

—Mientes.

—Estuve pensando.

—¿En qué?

—En ti. En esto. En qué estamos haciendo.

—No entiendo.

—¿Qué soy para ti, Lucía? ¿Un amigo? ¿Un refugio? ¿Un secreto?

La pregunta me dejó sin aire. Porque no sabía la respuesta.

—No lo sé —dije.

—Necesito que lo sepas.

—¿Por qué?

—Porque no puedo seguir así. No puedo seguir esperando que elijas sin saber si algún día lo vas a hacer.

—Adrián…

—No quiero presionarte. Pero tampoco quiero ser el otro. El que está ahí cuando él no está. El que recibe las sobras de tu tiempo.

—No es así.

—Entonces, dime cómo es.

No respondí. Porque no sabía qué decir.

—No puedo definirte —dije al final—. No puedo ponerle nombre a esto. Pero sé que no son sobras. Sé que cuando estoy contigo, el mundo deja de doler.

—Eso no es suficiente.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

—No lo sé. Pero estoy aquí. Contigo. Eso tiene que significar algo.

Adrián me miró. Sus ojos oscuros brillaron.

—Significa —dijo—. Pero no sé si significa lo mismo para ti que para mí.

—¿Y qué significa para ti?

—Todo. Significa todo.

En la noche, Daniel me llamó.

—Mañana vamos a pasar el día juntos —dijo.

—¿A dónde?

—A mi casa. Mis padres no están.

El corazón se me aceleró. No de emoción. De miedo.

—¿Pasa algo?

—No. Solo quiero estar contigo. Solos.

—Daniel…

—¿No quieres? ¿No quieres estar conmigo?

—Sí. Claro que sí.

Mentira. Pero la dije igual.

Cuando colgó, me quedé mirando el techo. Pensando en lo que significaba estar solos en su casa. Las manos. El cuerpo. La última vez que estuve ahí. Lo que hizo. Lo que no pude evitar.

Y luego pensé en Adrián. En sus ojos. En sus manos. En lo diferente que era todo con él.

¿Cómo podía querer a dos hombres a la vez? ¿Cómo podía tener miedo de uno y desear al otro?

¿Cómo podía llamarse amor cuando solo una de esas dos cosas se sentía como volar?

El sábado llegó más rápido de lo que quería.

Daniel me recogió temprano. Su coche reluciente. Su sonrisa perfecta. Todo en orden. Todo bajo control.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Soñaste algo?

—No me acuerdo.

Mentira. Había soñado con Adrián. Con sus manos. Con su boca. Con la forma en que me miraba como si fuera un milagro.

Pero no podía decirle eso.

Llegamos a su casa. La puerta estaba abierta. Sus padres no estaban. Nunca estaban.

—Pasa —dijo, señalando la sala.

Entré. Me senté en el sofá. Daniel se sentó a mi lado. Demasiado cerca.

—Te extrañé —dijo.

—Solo pasó una semana.

—Una semana es mucho tiempo cuando no te veo.

—Me viste todos los días.

—No es lo mismo. Verte en el campus no es lo mismo que tenerte aquí.

Su mano encontró la mía. La apretó.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó.

—No sé.

—Podemos ver una película.

—Está bien.

—¿O podemos hacer otras cosas?

El corazón se me aceleró. El miedo recorrió mi espalda. Recordé la última vez. Sus manos. Su peso. Mi incapacidad de moverme.

—Una película —dije rápido.

Daniel me miró. Sus ojos claros se volvieron duros. Pero no dijo nada. Solo puso la película.

Nos quedamos en silencio. Sus manos no se apartaban de mí. En el hombro. En la cintura. En la rodilla.

Cada roce era un recordatorio de lo que había pasado la última vez. De lo que podía volver a pasar.

No quiero estar aquí. No quiero que me toque. No quiero que vuelva a hacer eso.

El pensamiento se repitió en mi cabeza una y otra vez. Como un disco rayado. Como una canción de terror que no podía parar.

—¿Estás bien? —preguntó Daniel.

—Sí.

—Tiemblas.

—Hace frío.

—No hace frío.

—Para mí sí.

Me miró. Sus ojos claros me perforaron.

—¿Me tienes miedo? —preguntó.

—No.

—Mientes.

—No te tengo miedo, Daniel. Solo…

—¿Solo qué?

—Solo que no quiero que me toques.

El silencio se volvió eterno.

—¿Por qué? —preguntó, con la voz fría.

—Porque no quiero.

—Desde cuándo no quieres que te toque.

—Desde siempre.

—No es verdad. Antes te gustaba.

—Antes no sabía lo que era que me hicieran daño.

—¿Te hago daño?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando me tratas como si fuera tuya. Cuando no me preguntas. Cuando haces lo que quieres sin importarte si yo quiero.

—Siempre me importas.

—No. Te importa lo que quieres. No lo que yo siento.

La mano de Daniel apretó mi rodilla. Fuerte.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No es verdad.

—Daniel, me duele.

—¿Qué te duele?

—La rodilla. La mano. Todo.

—No te estoy haciendo daño.

—Sí. Me estás haciendo daño. Y sabes que sí.

Me soltó. Se levantó del sofá. Dio un paso atrás.

—¿Qué te pasa? —preguntó, con la voz ronca—. ¿Por qué eres así?

—¿Así cómo?

—Fría. Distante. Como si no quisieras estar conmigo.

—No quiero.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

El silencio fue peor que cualquier grito.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Dije que no quiero estar aquí. No quiero estar contigo. No quiero que me toques. No quiero nada de esto.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé. Desde hace tiempo. Desde antes.

—¿Desde cuándo, Lucía?

—No lo sé.

—¿Desde que conociste a Adrián?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.