Axel
El rugido del motor entre mis piernas es mejor que cualquier droga.
A sesenta kilómetros por hora, la rampa de despegue se ve ridículamente pequeña, pero cuando tu moto se despega del suelo y quedas flotando a quince metros de altura sobre un estadio repleto de cuarenta mil personas gritando tu nombre... ahí es donde soy el jodido rey del mundo.
Solté el manillar en pleno aire, abrí los brazos como si estuviera cruzando la playa y volví a sujetar la moto una millonísima de segundo antes de tocar tierra. La recepción fue perfecta. Neumático trasero, neumático delantero, una nube de polvo y el estruendo sordo de la afición enloqueciendo.
Quité el casco, dejando que la brisa nocturna me despeinara, y le guiñé un ojo a la cámara de transmisión en vivo mientras lanzaba mis guantes al público.
—¡Eso es de lo que hablo! —grité para el micrófono que un reportero agitado me puso en la cara—. ¿Querían un show? ¡Tienen al mejor!
Dos horas más tarde, estaba en la zona VIP del evento, con la chaqueta de cuero entreabierta, una cerveza helada en la mano y rodeado de patrocinadores que no paraban de darme palmaditas en la espalda. La vida era sencilla: corrías rápido, saltabas alto, te llevabas el trofeo y dejabas que el mundo adorara tu talento.
Hasta que mi agente, Roberto, apareció entre la multitud con la cara del color de un tomate maduro. Y no de la buena manera.
—Axel. Al camerino. Ahora —murmuró entre dientes, arrastrándome literalmente por la manga.
—Tranquilo, viejo. Si es por el trofeo, ya le pedí a alguien que lo suba al autobús —dije, dándole un trago a mi cerveza mientras caminábamos por el pasillo.
—No es por el trofeo, imbécil. Es por la entrevista —dijo Roberto, abriendo de un golpe la puerta del camerino—. ¿Se puede saber por qué le dijiste a la televisión nacional que la junta directiva de tu patrocinador principal parecía 'un grupo de ancianos jubilados jugando a los carritos'?
Me encogí de hombros, esbozando mi sonrisa más descarada.
—Solo fui honesto. No aguantan el estilo freestyle. Además, las ventas de sus bebidas suben un veinte por ciento cada vez que gano. Les estoy haciendo un favor.
—Pues a tu "favor" le acaba de salir un freno de mano —dijo una voz femenina, firme y helada, desde el rincón de la sala.
Parpadeé, sorprendido. Apoyada contra el escritorio del camerino había una mujer que definitivamente no pertenecía al ambiente del motocross. Llevaba una libreta digital en la mano, una postura impecable y una mirada de absoluta indiferencia que chocaba brutalmente con mi ego. Tenía esos ojos que parecen estar analizándote y encontrándote defectuoso en cuestión de segundos.
—¿Y tú eres...? —pregunté, recorriéndola de arriba abajo con una sonrisa de suficiencia—. ¿Una fan que se coló por la puerta trasera? Si quieres un autógrato, preciosa, vas a tener que hacer fila.
La mujer ni siquiera parpadeó. Dio dos pasos hacia adelante, el tacón de sus zapatos resonando con fuerza en el piso.
—Soy Mía Sterling, la Directora de Gestión de Crisis asignada por la marca —dijo, con un tono tan profesional que rozaba lo insultante—. Y no, no quiero un autógrafo. De hecho, mi trabajo durante los próximos seis meses es asegurarme de que no vuelvas a abrir la boca sin mi permiso.
Solté una carcajada, mirando a Roberto para ver si era una broma. Mi agente no se estaba riendo.
—¿Tu permiso? —repetí, acercándome a ella hasta quedar a solo unos centímetros. Me gustaba intimidar a la gente con mi estatura y mi presencia, pero Mía ni se inmutó. Mantuvo la barbilla en alto, mirándome directamente a los ojos—. Escúchame bien, Mía. Nadie me dice qué hacer. Soy la estrella de este equipo.
—Eras la estrella —corrigió ella, mostrando una sonrisa tan falsa como perfecta—. Ahora mismo eres un riesgo financiero con casco. Y si no sigues cada una de mis instrucciones a partir de este segundo, tu contrato multimillonario se cancela mañana a las ocho de la mañana.
Su cercanía olía a un perfume caro, dulce y adictivo, una combinación peligrosa con la tensión que acaba de estallar en la habitación. Mi sonrisa se congeló un poco.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer si me me niego? —provoqué, bajando la voz para hacerla sonar intencionadamente íntima.
Mía echó un vistazo a su libreta, luego volvió a mirarme a la cara sin un solo destello de duda.
—Hacer que te dejen en banca, retirarte los vehículos y obligarte a hacer servicio comunitario vestido de mascota publicitaria —respondió suavemente—. Y créeme, Axel Vance, el traje de conejo no te va a favorecer tanto como crees.
Se dio la vuelta con absoluta elegancia y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se giró apenas un milímetro.
—El autobús sale a las seis de la mañana hacia la siguiente pista. Si llegas un minuto tarde, te llevo arrastrando. Buenas noches, campeón.
La puerta se cerró tras ella. Me quedé parado en medio del camerino, con la cerveza a medio tomar y el ego amordazado.
—Me cae mal —declaré en voz alta.
—Te va a salvar la carrera, que es distinto —suspiró Roberto.
Apreté los dientes, pero una sonrisa inevitable y oscura se me escapó. Esto iba a ser una guerra, y si Mía Sterling pensaba que podía domarme tan fácil, no tenía idea de la clase de circuito en el que se acaba de meter.
¿Qué tal se siente este primer encontronazo entre el ego de Axel y la compostura de Mía?
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Editado: 07.08.2026