La Meta: Tu Corazón

Capítulo 2: Las Reglas de la Niñera

Mía

Tratar con atletas con egos inflados era mi especialidad, pero Axel Vance era una categoría completamente nueva de dolor de cabeza.

A las 5:55 de la mañana, estaba parada junto al autobús del equipo en el estacionamiento del hotel, con un vaso de café negro en la mano y mi tablet perfectamente sincronizada. El aire matutino era helado, pero mi paciencia lo era aún más.

A las 5:59, el sonido seco de unos pasos flojos sobre el asfalto me hizo levantar la vista.

Ahí venía él. Llevaba una sudadera negra demasiado holgada, los pantalones de chándal caídos de forma ridículamente calculada, gafas de sol oscuras a pesar de que el sol ni siquiera había salido, y el cabello castaño hecho un desastre irresistible. Traía una mochila colgada de un hombro y caminaba como si el mundo le debiera una reverencia.

—Llegas un minuto temprano, Sterling —murmuró con voz ronca por el sueño, pasándome por el lado sin detenerse—. ¿No tienes un trofeo que pulirme o algo?

—Técnicamente faltan cuarenta segundos, Vance —respondí, girando sobre mis talones para seguirlo hacia el interior del autobús—. Y tus trofeos no son mi problema. Tu boca, en cambio, sí.

El interior del vehículo era amplio, equipado con asientos de piel, pantallas y una zona de descanso al fondo. Axel se tiró en el sofá principal con la gracia de un felino cansado, estirando sus largas piernas sobre la mesa de centro.

—Aclaremos algo antes de que empiece el viaje —dijo él, quitándose las gafas de sol para clavarme sus ojos avellana, brillantes y llenos de una arrogancia desafiante—. Este es mi autobús. Es mi equipo. Tú solo eres un mal necesario que la directiva me impuso para salvar las apariencias. Así que te sugiero que te póngas cómoda, te quedes en tu rincón y no me abraces mucho la paciencia.

Me acerqué a la mesa, le di un golpe seco a sus pies con mi libreta para que los bajara y me senté justo enfrente de él.

—Aclaremos algo tú y yo, campeón —dije, inclinándome hacia adelante, obligándolo a sostener la mirada—. No estoy aquí para hacerte compañía ni para ser tu fan. Estoy aquí porque tu último arrebato de inmadurez casi le cuesta diez millones de dólares a la marca. Si tú caes, no me afecta; yo consigo otro cliente. Pero si yo fallo, mi reputación sufre. Y no voy a permitir que un chico con complejo de Dios en dos ruedas arruine mi carrera.

Axel ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa lenta y perezosa que tenía como objetivo obvio ponerme nerviosa. No le di el gusto.

—Me gusta cuando te pones autoritaria, Mía —provocó, bajando el tono de voz a un susurro rasposo que resonó en el autobús vacío—. Lástima que en la pista no sirvan las palabras bonitas ni los trajes elegantes. Ahí afuera manda la velocidad. Y yo soy el que tiene el control.

—En la pista mandas tú —admití suavemente, sacando un documento impreso y deslizándolo por la mesa hacia él—. Pero fuera de ella, a partir de hoy, yo soy la dueña de tu agenda, de tus redes sociales y de tus entrevistas.

Axel miró el papel con el ceño fruncido.

—¿Qué es esto?

—Tu nuevo reglamento —sonreí con frialdad—. Regla número uno: cero declaraciones sin mi aprobación previa. Regla número dos: cero fiestas nocturnas antes de una carrera. Regla número tres... si me vuelves a hablar con ese tono de 'galán de pacotilla', te haré correr la próxima ronda con un traje rosa neón que combine con mi temperamento.

Axel soltó una risotada genuina, tirando la cabeza hacia atrás.

—¿Estás amenazándome? ¿A mí?

—Es una promesa —corregí—. Firma el documento.

Se quedó mirándome durante un largo segundo. Había una chispa peligrosa en sus ojos, una mezcla de irritación y una curiosidad evidente que intentaba disfrazar de desdén. Cogió el bolígrafo, pero en lugar de firmar la hoja, se inclinó bruscamente sobre la mesa, reduciendo la distancia entre nuestros rostros a solo unos pocos centímetros.

Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el suave olor a su loción con notas de madera y cuero. Mi respiración se aceleró un milímetro, pero mantuve la expresión neutra.

—Lo voy a firmar solo porque me divierte ver cómo intentas tener el control —murmuró él, mirándome fijamente los labios antes de subir a mis ojos—. Pero ten cuidado, Sterling. Si vas a jugar con fuego en mi terreno... más te vale no tener miedo a quemarte.

Firmó el papel con un trazo rápido y desprolijo, me lanzó el bolígrafo y se echó hacia atrás, cruzando los brazos detrás de la cabeza con suficiencia.

—Ahora, si me disculpas, la estrella necesita su sueño de belleza. La primera parada es la rueda de prensa de esta tarde, ¿verdad?

—Así es —dije, guardando el papel firmado en mi carpeta con satisfacción—. Y vas a ensayar cada respuesta conmigo antes de que toques un solo micrófono.

Axel cerró los ojos, pero la comisura de su boca se elevó en una sonrisa maliciosa.

—Cuenta con eso, jefa. Cuenta con eso.




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