Axel
El autobús avanzaba por la autopista a velocidad constante, pero la verdadera batalla se estaba librando en el área común.
—No, Axel. Otra vez —dijo Mía, cruzándose de brazos y mirándome desde el otro lado de la mesa con la severidad de un juez de tribunal—. Te preguntan por la caída de la última ronda y tú respondes: "El equipo hizo un trabajo formidable ajustando la suspensión y la pista estaba exigente". No dices: "El trazado era una porquería y mis mecánicos ablandaron de más los amortiguadores".
—Pero es que la suspensión estaba demasiado suave —protesté, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sillón—. Si voy a entrar a noventa kilómetros por hora a una sección de whoops y la moto rebota como un trampolín, el golpe me lo llevo yo, no ellos.
—Se llama diplomacia, Vance. Si culpas públicamente a tus mecánicos por la puesta a punto frente a las cámaras, los patrocinadores ven a un deportista inmaduro que no sabe asumir su responsabilidad —Mía se puso de pie y caminó un par de pasos por el pasillo del autobús, revisando unas notas en su tablet. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones oscuros ajustados que, muy a mi pesar, me resultaba bastante difícil ignorar—. Vamos de nuevo. Pregunta de la prensa: "Axel, ¿crees que tu actitud fuera de la pista está afectando tu rendimiento en el campeonato de motocross?"
Me acomodé en el asiento, clavando la mirada en ella. La tentación de romper su fachada de profesional perfecta era demasiado grande como para dejarla pasar.
—¿Mi respuesta oficial o la verdad, Sterling? —pregunté, bajando la voz y dejando que un tono perezoso y divertido se apoderara de mis palabras.
Mía suspiró, girando la cabeza para mirarme.
—La respuesta que no nos haga perder el contrato con la marca de bebidas energéticas, por favor.
—La verdad es que fuera de la pista me aburro —dije, poniéndome de pie despacio y dando dos pasos hacia ella. Mía no retrocedió, aunque vi cómo sus ojos me seguían atentamente cada movimiento—. A menos que tenga a alguien enfrente que intente darme órdenes todo el día. Eso lo hace... bastante más interesante.
—Qué lástima. Yo no vine a entretenerte —respondió ella sin pestañear, aunque el ritmo de su respiración cambió sutilmente cuando quedé a solo un paso de distancia.
—¿Ah, no? —Sonreí, inclinándome levemente hacia ella. Podía sentir el perfume dulce y profesional que llevaba, una combinación peligrosa con la tensión eléctrica que flotaba entre los dos—. Porque juraría que te estás divirtiendo un poco tratando de adiestrarme.
Mía levantó la mano y, usando la punta de su bolígrafo, me presionó suavemente en el pecho para marcar distancia.
—Lo que estoy haciendo es salvar tu contrato millonario, Vance. Ahora, regresa a tu asiento y repite la respuesta correcta antes de que se me acabe la paciencia y le diga a la prensa que tu pasatiempo favorito es actuar como un crío malcriado.
Solté una carcajada corta. La mujer tenía agallas, eso no se lo podía negar. Pocas personas en mi entorno se atrevían a hablarme así, y mucho menos a sostener la mirada sin ceder ni un milímetro.
—Está bien, jefa —dije, retrocediendo dos pasos con las manos en alto en señal de falsa rendición—. "El equipo ha trabajado duro en la puesta a punto de la moto y confío en la estrategia para dominar el circuito hoy". ¿Contenta?
Mía guardó el bolígrafo en el libreto y me miró de arriba abajo, evaluando mi tono.
—Un ochenta por ciento más convincente que tu primer intento. Es un avance.
El autobús comenzó a reducir la velocidad, señal de que estábamos entrando al complejo deportivo. Por las ventanas ya se podía ver la entrada del estadio, las montañas de tierra preparadas para el circuito y la marea de fanáticos con camisetas con mi número.
—Llegamos —anunció Mía, consultando su reloj—. La rueda de prensa empieza en cuarenta minutos. Te cambias, te pones la chaqueta oficial del patrocinador —remarcó esa última palabra mirándome fijamente— y nos vemos en la sala de prensa. Sin salirte del guion, Axel.
—Tranquila, Sterling —dije, pasándole por el lado mientras rozaba disimuladamente su hombro con el mío al dirigirme a la cabina trasera para cambiarme—. Voy a ser un angelito. Pero si la rueda de prensa sale bien... vas a tener que invitarme a celebrar.
—Sigue soñando, campeón —se oyó su respuesta desde la estancia principal, tan rápida y afilada como de costumbre.
Sonreí para mis adentros mientras abría mi armario.
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Editado: 07.08.2026