La misión de cupido

Prólogo

Nunca quise ser Cupido.

Primero, porque no tengo alas.
Segundo, porque no tengo puntería.
Y tercero, porque nadie en su sano juicio debería asumir la responsabilidad emocional de personas que apenas saben elegir qué van a almorzar.

Y, sin embargo, aquí estoy.

No porque me guste meterme en la vida de los demás —eso sería una acusación injusta y ligeramente exagerada— sino porque hay cosas que simplemente se notan. Miradas que duran medio segundo más de lo necesario. Silencios incómodos que gritan. Personas que claramente deberían besarse… y no lo hacen por razones que ofenden el sentido común.

Yo solo intervengo cuando el universo está siendo negligente.

El problema es que el universo, al parecer, no necesitaba mi ayuda.

Porque desde que decidí “facilitar el destino” de algunas personas con buenas intenciones y excelente lógica, han ocurrido pequeñas consecuencias imprevistas:

Rupturas innecesarias.
Celos inexistentes.
Confesiones al destinatario equivocado.
Y una reunión laboral que terminó con alguien llorando en el baño.

Detalles menores.

Nada que no se pueda justificar con el argumento correcto.

Hasta que llegó él.

El nuevo abogado.
El que observa demasiado.
El que parece haber unido puntos que nadie debía unir.

Y ahora, por primera vez, siento algo que jamás había sentido en toda mi impecable carrera como Cupido no oficial:

Sospecho que alguien está a punto de dispararme mi propia flecha.



#1774 en Otros
#550 en Humor
#5242 en Novela romántica

En el texto hay: humor, drama, amor

Editado: 06.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.