La misión de cupido

No soy entrometida, soy observadora emocional

Hay una diferencia enorme entre ser entrometida y ser observadora emocional.

Las entrometidas preguntan cosas que no les incumben.
Las observadoras emocionales, como yo, simplemente notan lo que los demás prefieren ignorar.

Por ejemplo, esta mañana, exactamente a las 8:47, mientras esperaba que la máquina de café decidiera si quería cooperar con la humanidad, observé algo interesante.

Claudia, del departamento de contabilidad, entró a la oficina con una sonrisa sospechosamente luminosa.
No una sonrisa normal.

Una sonrisa de esas que aparecen cuando alguien ha recibido un mensaje a las seis de la mañana que empieza con “Buenos días” y termina con un emoji que definitivamente no es profesional.

Tres minutos después, Ricardo del departamento legal pasó por el pasillo con una energía que podríamos describir como… flotante.

Caminaba más derecho.
Silbaba.
Nadie silba un martes.
Nadie.

Tomé mi café, me apoyé discretamente contra la fotocopiadora y observé la escena como la profesional emocional que soy.

Ricardo levantó la vista.
Claudia también.
Sus miradas se encontraron durante exactamente tres segundos.

Tres.
No dos.
No cuatro.

Tres segundos son el punto exacto donde una mirada deja de ser casual y empieza a ser sospechosa.

Lo sé porque llevo años estudiando estos fenómenos.

—Otra vez estás mirando a la gente como si estuvieras analizando un documental —dijo una voz detrás de mí.

Era Marta, la otra secretaria de la oficina y, según ella misma, “la única persona con sentido común en este lugar”.

—No estoy mirando —respondí con calma—. Estoy observando.

Marta suspiró con la paciencia de alguien que ha tenido esta conversación demasiadas veces.

—Alessandra, la última vez que “observaste” algo, terminamos con dos personas que dejaron de hablarse durante un mes.

—Eso fue un malentendido logístico.

—Le enviaste a uno de ellos una captura de pantalla del mensaje del otro.

—Por accidente.

—Le escribiste: “Mira lo que me dijo sobre ti.”

La miré con dignidad.

—Faltaba contexto.

Marta se frotó la frente.

—Prométeme que hoy no vas a intervenir en nada.

Volví a mirar a Claudia, que ahora fingía revisar unos documentos mientras Ricardo fingía buscar un bolígrafo que claramente tenía en la mano.

Suspiré.

El universo es muy evidente cuando quiere serlo.

—No voy a intervenir —dije.

Y en ese momento tuve una idea brillante.

No iba a intervenir.
Solo iba a… facilitar.

Tomé mi café, caminé tranquilamente hacia el escritorio de Claudia y dejé un pequeño paquete de galletas que alguien había traído a la oficina.

—Ricardo dijo que te las dejara —comenté con naturalidad.

Claudia levantó la mirada.

—¿Ricardo?

Sonreí con la tranquilidad de una mujer que entiende perfectamente cómo funcionan las cosas.

—Sí. Dijo que te gustan.

No era una mentira.
Era una posibilidad adelantada.

Mientras me alejaba, escuché a Marta murmurar desde su escritorio:

—Dios nos ayude.

La verdad es que no entiendo por qué la gente se preocupa tanto.

El amor, al final, solo necesita un pequeño empujón.
Y si ese empujón viene acompañado de galletas, mejor todavía.

Lo que no sabía en ese momento…
era que alguien me estaba observando a mí.

Y que, por primera vez, mi impecable sistema de análisis emocional estaba a punto de enfrentarse a un problema nuevo.

Uno que no había previsto.

El nuevo abogado.



#1774 en Otros
#550 en Humor
#5242 en Novela romántica

En el texto hay: humor, drama, amor

Editado: 06.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.