Toda gran misión necesita un comienzo oficial.
En mi caso, ese comienzo ocurrió un martes a las 10:12 de la mañana, cuando Claudia recibió las galletas “de parte de Ricardo”.
Desde mi escritorio, observé el desarrollo del experimento con la calma de una científica responsable.
Claudia miró el paquete.
Luego miró a Ricardo.
Ricardo estaba en su escritorio fingiendo trabajar, pero con la postura rígida de alguien que sabe que está siendo observado por el destino.
O por mí.
Claudia se levantó lentamente y caminó hacia él.
Marta dejó de escribir en su computadora.
—No —murmuró.
—Sí —respondí.
Claudia llegó al escritorio de Ricardo.
—Gracias por las galletas —dijo.
Ricardo levantó la cabeza con confusión genuina.
—¿Qué galletas?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Claudia levantó el paquete.
—Estas.
Ricardo miró las galletas como si acabaran de aparecer por arte de magia.
—Yo… no…
Ah.
Un pequeño obstáculo.
Nada que una mente ágil no pudiera resolver.
Me levanté de mi silla con naturalidad y caminé hacia ellos.
—Ah, ahí están —dije con una sonrisa tranquila—. Pensé que ya las habías entregado.
Ricardo me miró como si intentara entender qué estaba pasando.
—¿Entregado?
—Sí —continué—. Me dijiste que se las dejara a Claudia porque sabías que le gustaban.
Claudia lo miró con una mezcla interesante de sorpresa y curiosidad.
Ricardo abrió la boca.
La cerró.
Y luego, sorprendentemente, sonrió.
—Sí —dijo finalmente—. Claro.
Tomó una galleta del paquete.
—Pensé que te gustarían.
Claudia sonrió también.
Marta dejó caer la cabeza sobre su escritorio.
—No puedo creer que esto esté funcionando —susurró.
Yo tampoco podía creerlo.
Pero ahí estaba.
Mi primer emparejamiento oficial del día avanzaba perfectamente.
Lo que no sabía todavía…
era que alguien más había presenciado toda la escena.
Al otro lado de la oficina.
El nuevo abogado.
Y estaba sonriendo.
Pero no de la forma en que sonríe alguien que cree en el amor.
Sino de la forma en que sonríe alguien que acaba de descubrir un misterio interesante.
Editado: 06.03.2026