Hay momentos en los que una persona debería quedarse callada.
Ese no es uno de mis talentos naturales.
Ricardo seguía apoyado en mi escritorio, mirándome con esa expresión tranquila de alguien que cree haber descubierto algo importante.
—Creo que estás intentando emparejar personas —repitió.
—Eso sería una acusación muy seria —respondí.
—No parece que te moleste.
—Porque es absurda.
Ricardo sonrió ligeramente.
—Entonces las galletas fueron… ¿casuales?
—Totalmente.
—¿Y el mensaje?
—Un error técnico.
Detrás de mí, Marta dejó escapar una risa muy breve que intentó disimular como tos.
Ricardo no apartaba la mirada.
No era una mirada incómoda.
Era una mirada curiosa.
Analítica.
Como si estuviera leyendo un libro interesante.
—Déjame adivinar —dijo—. ¿También tienes teorías sobre las miradas?
Me quedé quieta un segundo.
Dos.
Tres.
—Tal vez.
—Interesante.
Ricardo miró el reloj de su muñeca.
Luego volvió a mirarme.
—Entonces hagamos algo.
Marta levantó la cabeza de golpe.
—No —susurró.
Ricardo continuó como si no la hubiera escuchado.
—Tomemos un café.
Parpadeé.
—¿Para qué?
—Para que me expliques tus teorías.
—No tengo teorías.
—Las de las miradas, por ejemplo.
Eso fue… sospechoso.
—¿Me estás invitando a café para investigarme?
Ricardo sonrió.
—Digamos que tengo curiosidad.
Lo observé con atención.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Había algo extraño en toda la situación.
Normalmente yo era quien empujaba las conversaciones en esa dirección.
No al revés.
—No es una cita —aclaró él.
—Por supuesto que no.
—Solo café.
—Solo café.
Marta se inclinó hacia mí y murmuró:
—Alessandra… creo que Cupido acaba de recibir su primera flecha. 💘
Editado: 06.03.2026