Si alguien alguna vez dudó de mi brillantez como Cupido no oficial, mi hija Sofía estaba ahí para recordármelo.
—Mamá —dijo mientras revisaba su mochila—, ¿alguna vez has pensado en ir a terapia?
Me congelé en medio de mi ritual de organización de papeles.
—¿Terapia? —pregunté, intentando sonar sorprendida.
—Sí —dijo ella—. Con todo lo que haces metiéndote en la vida de los demás… tal vez necesites que alguien te diga que no todo el mundo quiere que lo arreglen.
Suspiré dramáticamente, como corresponde.
—Sofía, hija mía, no estoy arreglando a nadie. Solo… estoy facilitando el destino.
—Destino, dice —repitió con un tono sarcástico—. Mamá, la última vez que “facilitaron” el destino, Ricardo y Claudia terminaron discutiendo por un maldito paquete de galletas.
—Detalles menores —respondí con elegancia—. El amor requiere precisión.
Sofía me miró como si estuviera evaluando si debía llamar a un psicólogo inmediatamente.
—Mamá… creo que eres un peligro público emocional —dijo, muy seria.
—No es peligro —dije—. Es intervención estratégica.
—Ah, claro. Estratégica —murmuró ella, mientras se alejaba—. Solo asegúrate de no enamorarte tú misma de tus “experimentos”.
Me quedé mirando la puerta cerrarse, pensativa.
Tal vez tenía razón.
O tal vez Sofía necesitaba aprender que cuando eres Cupido, la flecha nunca apunta hacia donde tú esperas… y a veces termina muy cerca de tu propio corazón.
Editado: 06.03.2026