El problema con ayudar al destino es que el destino nunca tiene horario de oficina.
Después del desastre de la reunión, la oficina quedó en un silencio incómodo. Claudia evitaba mirar a Ricardo y Ricardo evitaba mirar a todo el mundo.
Marta, en cambio, me miraba a mí.
—¿Estás feliz? —preguntó.
—No estoy feliz —respondí con dignidad—. Estoy analizando.
—¿Analizando qué?
—La situación.
Marta cruzó los brazos.
—La situación es que provocaste una ruptura antes de que siquiera existiera una relación.
—Técnicamente no fue una ruptura —aclaré—. Fue… una interrupción prematura del proceso romántico.
Marta me miró como si estuviera considerando seriamente renunciar.
—Prométeme algo, Alessandra.
—¿Qué cosa?
—Que vas a dejar esto tranquilo por un tiempo.
Miré alrededor de la oficina.
Claudia estaba escribiendo en su computadora con energía agresiva.
Ricardo estaba revisando documentos que claramente no estaba leyendo.
La tensión era evidente.
Suspiré.
—Está bien —dije—. No voy a intervenir.
Marta entrecerró los ojos.
—¿En serio?
—En serio.
Porque la verdad era que a veces el destino necesitaba espacio para reorganizarse.
A veces había que dejar que las personas pensaran.
Que respiraran.
Que se calmaran.
Exactamente treinta segundos después, noté algo interesante.
Ricardo estaba hablando con alguien en la máquina de café.
Una mujer que no trabajaba en nuestro departamento.
Alta.
Sonrisa fácil.
Conversación animada.
Claudia levantó la mirada.
Los vio.
Y frunció ligeramente el ceño.
Apoyé los codos en mi escritorio.
—Marta…
—No.
—Creo que tenemos una situación emergente.
—No.
—Si Claudia piensa que Ricardo está interesado en alguien más, eso podría generar una reacción emocional importante.
Marta cerró los ojos.
—Alessandra…
Sonreí.
—No te preocupes.
—Esa frase me asusta.
—Esta vez no voy a intervenir.
Marta respiró aliviada.
Me levanté de mi silla.
—Solo voy a… observar un poco más de cerca.
Porque después de todo, hay una verdad universal que nadie puede negar.
Cupido…
nunca descansa. 💘
Editado: 18.03.2026