Existe una línea muy delgada entre provocar una reacción emocional saludable… y provocar celos innecesarios.
Esa línea, aparentemente, la había cruzado sin darme cuenta.
Todo comenzó cuando la mujer de la máquina de café volvió a aparecer.
Se llamaba Andrea, del departamento de marketing. Alta, simpática y con la peligrosa habilidad de reírse de todo lo que Ricardo decía.
Demasiado.
Yo estaba revisando unos documentos cuando los vi conversando otra vez.
Risa.
Contacto visual.
Postura relajada.
Claudia también los vio.
Le bastó medio segundo.
Frunció el ceño y volvió a su computadora con más fuerza de la necesaria.
Me incliné hacia Marta.
—Tenemos una reacción emocional.
—No digas “tenemos” —respondió—. Esto es completamente tuyo.
—No provoqué nada.
—Le dijiste a media oficina que Claudia y Ricardo estaban interesados.
—Solo comenté una posibilidad.
Marta me miró con incredulidad.
—Y ahora Claudia piensa que él está coqueteando con otra.
Observé la escena otra vez.
Andrea se tocó el cabello mientras hablaba.
Ricardo sonrió.
Claudia dejó caer su bolígrafo con fuerza sobre el escritorio.
Interesante.
—Eso es celos —dije.
—Eso es incomodidad —corrigió Marta.
—Es una emoción fuerte.
—Alessandra…
Sonreí ligeramente.
Porque, desde un punto de vista estrictamente emocional, los celos no siempre son una mala señal.
A veces significan que alguien acaba de darse cuenta de algo importante.
En ese momento, Claudia se levantó de su silla.
Caminó directo hacia la máquina de café.
Exactamente donde estaban Ricardo y Andrea.
Marta me miró.
—Esto va a ser un desastre.
Observé con atención científica.
—O un progreso inesperado.
Porque el amor, como cualquier experimento serio…
a veces necesita un poco de presión para revelar la verdad.
Editado: 18.03.2026