El almuerzo de oficina no es solo comida. Es política. Es estrategia. Y, para alguien como yo, es una oportunidad de intervención emocional cuidadosamente calculada.
Ese miércoles, había decidido actuar con discreción… o al menos, eso intenté.
Claudia estaba sentada sola en la mesa del comedor, revisando su teléfono.
Ricardo apareció minutos después, caminando con calma y tomando su bandeja como si no hubiera un plan maestro detrás de todo.
Un vistazo rápido a Marta me confirmó que estaba conteniendo el aliento.
—No mires —susurró—. Solo observa.
Perfecto.
Eso era exactamente lo que haría un Cupido profesional.
Me acerqué con mi bandeja, fingiendo buscar salsa para mi ensalada.
—Hola, chicos —dije casualmente—. ¿Les molesta si me siento?
—Claro que no —respondió Ricardo, con una sonrisa que delataba que él ya había notado la tensión.
—Perfecto —contesté, sentándome en el extremo que dejaba a Claudia y Ricardo uno frente al otro.
Mientras yo organizaba mentalmente el menú, dejé caer comentarios sutiles sobre sus intereses comunes: una serie que ambos seguían, un café que ambos amaban, un proyecto del trabajo que había hecho que coincidieran en tareas.
Claudia rió ante un comentario mío.
Ricardo levantó la mirada y sonrió también.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Señales claras de química.
Marta se inclinó hacia mí y murmuró:
—¿Vas a sentarte ahí todos los días?
—Solo cuando el destino lo requiera —respondí con calma científica—. Y hoy, lo requiere.
Mientras comían, yo anotaba mentalmente cada gesto, cada risa, cada mirada de tres segundos.
Porque, aunque pareciera un simple almuerzo, en realidad era un laboratorio improvisado.
Y al final, cada bocado compartido acercaba más a Claudia y Ricardo… aunque ellos todavía no lo supieran.
Editado: 18.03.2026