La oficina tenía reglas no escritas: no mirar demasiado a los demás, no intervenir en conversaciones ajenas y, sobre todo, no cuestionar mi autoridad como observadora emocional.
Todo eso cambió el día que apareció el nuevo abogado.
Alto, impecable, con una expresión tranquila que ocultaba algo… y ojos que parecían analizar todo como si fuera un caso de juicio.
Ese día, estaba revisando papeles cuando noté que me observaba.
No de forma casual. No. Con atención. Con curiosidad.
—Marta —susurré—, creo que tenemos un nuevo jugador.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, sin levantar la vista.
—Ese nuevo abogado… observa demasiado.
Marta suspiró.
—No me digas que te preocupa que alguien más vea tus… experimentos.
—Exactamente —dije con un toque dramático—. Hasta ahora, yo era la única que interpretaba señales, leía miradas y controlaba situaciones. Ahora… alguien más podría notar patrones.
Desde mi escritorio, lo vi acercarse a la fotocopiadora, justo cuando Claudia y Ricardo pasaban cerca.
Observaba cada gesto, cada sonrisa, como si estuviera anotando en su mente un mapa del corazón de todos.
—No es posible —susurré—. Nadie debería tener esta habilidad natural…
Marta arqueó una ceja.
—¿Y qué vas a hacer?
—Observarlo a él —respondí—. Si alguien va a desafiar mi dominio del destino, necesito saber exactamente cómo piensa.
Porque aunque todavía no lo sabía…
este nuevo abogado no solo estaba observando demasiado.
Estaba a punto de cambiar las reglas del juego.
Editado: 18.03.2026