Después del desastre del correo electrónico, la oficina tenía una energía… diferente.
No era tensión exactamente.
Era algo peor.
Curiosidad colectiva.
Cada vez que pasaba por un escritorio, alguien levantaba la mirada demasiado rápido.
Alguien más sonreía.
Y dos personas definitivamente estaban leyendo el correo otra vez.
—Marta —susurré—. Creo que la situación se salió un poco de control.
—¿Un poco? —respondió ella—. Alessandra, enviaste un análisis romántico de la oficina entera.
—No de la oficina entera.
—De suficientes personas.
Suspiré.
En ese momento, la puerta del despacho principal se abrió.
Ricardo salió.
Con el teléfono en la mano.
Y una sonrisa peligrosa.
Caminó directamente hacia mi escritorio.
—Hola, Alessandra.
—Hola.
Silencio breve.
Levantó el teléfono.
—Leí tu… informe.
—No era un informe.
—¿Un estudio sociológico?
—Algo así.
Ricardo apoyó una mano en mi escritorio.
—Entonces déjame confirmar algo.
—Adelante.
—¿Estás analizando las relaciones de toda la oficina?
Respiré con calma.
—Eso sería una interpretación exagerada.
—¿Ah sí?
—Yo solo observo comportamientos humanos.
Ricardo inclinó la cabeza.
—Y escribes informes sobre ellos.
—Documentación privada.
—Que accidentalmente llega a todo el departamento.
Marta dejó caer su bolígrafo.
Yo mantuve la sonrisa.
—Errores técnicos ocurren.
Ricardo me miró unos segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
Luego soltó una pequeña risa.
—Sabes algo, Alessandra.
—¿Qué cosa?
—Eres muy interesante.
Sentí una pequeña alarma emocional.
—¿Interesante?
—Sí.
Guardó el teléfono en su bolsillo.
—Pero creo que todavía no sé exactamente qué estás haciendo.
Se dio la vuelta y caminó hacia su oficina.
Marta se inclinó hacia mí lentamente.
—Estuviste a punto de ser descubierta.
Suspiré.
Porque por primera vez…
alguien estaba muy cerca de entender mi sistema completo.
Y eso era peligroso.
Especialmente cuando ese alguien… parecía disfrutar el juego.
Editado: 18.03.2026